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Fecha de publicación: 2021-09-14
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Bicentenario de Centroamérica (1821-2021): ¿200 años de independencia pacífica?

En el Bicentenario de la independencia centroamericana queda claro que el acontecimiento ocurrido en septiembre de 1821 fue un hecho pacífico de naturaleza política, pero carente de una transformación social y de desarrollo económico para las actuales repúblicas de la región. En ese pacifismo sin choque sangriento, subyace la pasividad política de las elites centroamericanas de la época para transformar política y socialmente a las sociedades herederas de esa gesta fundacional.

Por Christian Calderón Cedillos,
Sociólogo y profesor universitario guatemalteco/Colaboración especial para E&N

La independencia que el 15 de septiembre de 1821 inauguraría la etapa republicana de la de las actuales naciones centroamericanas aconteció según coinciden los libros de historia de manera pacífica o “sin choque sangriento”, como afirma un autor guatemalteco en alusión a una de las estrofas del himno nacional de Guatemala. Sin embargo, una aproximación más detallada exige separar el acontecimiento histórico de la simple celebración que este 2021 llevan a cabo los distintos gobiernos de la región.

La independencia centroamericana y sus causas

La independencia centroamericana daría origen primero a los Estados y después a las Repúblicas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica –Panamá sería un caso especial al estar más ligada al proceso independentista de Sudamérica. La llamada Acta de Independencia fue firmada en la ciudad de Guatemala previo a una tarde lluviosa, según las crónicas por algunos representantes de las provincias de la Capitanía General del Reino de Guatemala (el antiguo nombre de la región durante los 300 años de la Colonia). Fue un acto simbólico y político pacífico entre las élites criollas y las autoridades peninsulares para separarse de la corona española, incluso al extremo que Gabino Gaínza el último representante de la monarquía con ese acto simbólico pasó de facto al día siguiente a ser el “jefe político” de las nuevas naciones de Centroamérica.

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En efecto, fue un acto protocolario sin la violencia de las guerras civiles que encabezaron Bolívar y San Martín en América del Sur. La declaración de la independencia muestra que la prevención y tacto político de los firmantes centroamericanos fue muy clara desde el principio: “…para prevenir las consecuencias que serían temibles (sic) en el caso en que la proclamase de hecho el mismo pueblo.” (Artículo primero del Acta de Independencia).

Párrafos como el citado, han sido utilizados desde entonces a la fecha para desatar la polémica entre las visiones del proceso; para unos, la prueba de las intenciones patrióticas de los llamados “próceres de la independencia” -el lírico sin choque sangriento- mientras que para otros es la evidencia de las intenciones de dominación de las “Familias” - con mayúscula- para mantener su dominación política colonial (o poscolonial según algunos). Al final, como sugieren los análisis más rigurosos, la historia siempre es más compleja que las simplificaciones y existen argumentos para ambas tesis. La polémica continúa dos siglos después.

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El Efecto México y eventos previos a la independencia

Como todo acontecimiento de significancia el proceso histórico siempre va más allá de la efeméride. En esa línea, hay que mencionar que unos años antes, entre 1810 y 1813, en el virreinato de Nueva España -antiguo nombre colonial de México-, se vivió una fuerte movilización social encabezada por Miguel Hidalgo y José Morelos que desencadenó matanzas y disturbios que se resolvería militarmente primero y políticamente después por Iturbide con el llamado Plan de Iguala inspirado en la Constitución de Cádiz que expandió el credo liberal desde la península y que declaró la independencia mexicana de España dando origen al efímero imperio mexicano que duró dos años, y del cual Centro América formó parte brevemente durante su existencia.

Es así, como el espejo mexicano y su solución fue adoptada como fórmula política por las elites centroamericanas en ese momento. Algunos eventos previos aunque muy localizados como la conocida Conspiración de Belén de 1813, las revueltas en San Salvador o el levantamiento indígena k‘iche‘ de 1820 liderado por Atanasio Tzul y Lucas Aguilar en Totonicapán en el altiplano guatemalteco, reforzarían esta decisión probablemente. Asimismo, para esas fechas, también la independencia era ya un hecho al sur del continente.

Sin duda, como concluye el historiador costarricense Héctor Pérez Brignoli, uno de los estudiosos más equilibrados en la materia, las causas reales de la independencia centroamericana hacen pesar más el factor externo: “En términos de las fuerzas políticas fue provocada por el triunfo del Plan de Iguala en México; fue pues un resultado de un efecto geopolítico de dominó”.

La independencia, y los conflictos entre las élites centroamericanas

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Otro lugar común y que es válido solo en términos generales es el que asevera cierta interpretación historiográfica muy difundida que sostiene que la independencia centroamericana fue un proceso conducido por la llamada clase criolla contra los españoles únicamente y que asume una unidad política muy definida como grupo social frente al resto de la sociedad colonial.

En primer lugar, entre los llamados criollos (los descendientes de los españoles nacidos en América) habría que distinguir entre las familias nobles de la capital guatemalteca y los criollos de las provincias como El Salvador u Honduras.

En cada caso, aunque la mayoría apoyaron la emancipación de la corona española, para los criollos guatemaltecos representado en familias como los Aycinena, la independencia de 1821 y su posterior anexión a México significaba el cambio político de la dominación española por el dominio exclusivo de su grupo social.

Mientras que para los criollos salvadoreños la independencia representaba liberarse del dominio español y al mismo tiempo del predominio de los criollos de la capital de Guatemala. José Matías Delgado y Manuel José Arce se ubican en este bando. Es decir, los mismos criollos se enfrentaron políticamente respecto al proceso independentista.

También algunos peninsulares se unieron a los centroamericanos como es el caso del capitán general del reino Gaínza, que continuó en el poder. Algunos historiadores guatemaltecos como Julio Pinto Soria o Arturo Taracena han estudiado muy bien estos conflictos entre las elites centroamericanas. En el caso de otros grupos como los criollos nicaragüenses apoyaron a los guatemaltecos mientras la clase alta de Costa Rica se mantuvo a la expectativa. Y en las mismas provincias como es el caso de Guatemala, las elites de la región de Quetzaltenango y de Ciudad Real (hoy Chiapas) optaron de manera autónoma por la separación y anexión al imperio mexicano en desafío a las elites de la capital.

En cuanto a los demás grupos sociales o capas medias ilustradas de la sociedad como los intelectuales, el conservador Pedro Molina y su esposa María Dolores Bedoya o el liberal hondureño José Cecilio del Valle apoyaron a uno y otro bando según sus intereses. A su vez, en sus escritos en los primeros periódicos centroamericanos El Editor Constitucional y El Amigo de la Patria respectivamente, mantuvieron también un debate intenso sobre la coyuntura independentista.

¿Y los movimientos populares frente a la independencia?

En el caso de los grupos populares mestizos o indígenas, la historia fue más singular y oscilante.

Al respecto, su presencia queda muy definida en las Memorias de un futuro presidente liberal guatemalteco: “En cuando a lo de la inmensa muchedumbre, debo decir —y yo tengo buena memoria— que a la novedad de los cohetes que tiraron los que querían reunir pueblo, para dar al movimiento un carácter popular e imponente, me fui a Palacio y no vi a esa inmensa muchedumbre. La verdad es que el pueblo no tomó ninguna parte en aquel movimiento, el cual se mostró verdaderamente indiferente.” (Miguel García Granados, Memorias).

Como conclusión, en el bicentenario del proceso de independencia centroamericana, resulta evidente y tomando la cita de García Granados que el acontecimiento histórico ocurrido en septiembre de 1821 fue un hecho pacífico de naturaleza política pero carente de una transformación social o de desarrollo económico para las provincias centroamericanas que transitaron a naciones para conformar las actuales repúblicas de la región.

La gran transformación política y social: deuda pendiente

En ese quizá y sin duda cierto, pacifismo sin choque sangriento, aspecto tan destacado por la visión más tradicional de la historia centroamericana sobre todo por la historiografía positivista para manuales escolares de desfiles y cohetillos, subyace también la pasividad política de las elites centroamericanas de la época para transformar política y socialmente las sociedades herederas de esa gesta fundacional que sigue con la deuda pendiente de construcción de naciones libres y como proyecto inconcluso a dos siglos de distancia.

A partir de 1825, en la etapa de la República Federal, el escenario centroamericano reproducirá, en las décadas posteriores a la independencia -y aún más en el tiempo-los mismos resultados de conflicto e inestabilidad institucional característicos del resto de América Latina. Es decir, las guerras civiles, el enfrentamiento entre caudillos y facciones y la lucha entre conservadores y liberales. Y el resto, 200 años después es historia conocida.

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