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Fecha de publicación: 2021-11-16

Alejandra Mora: 'La paridad es una distribución del poder, no es transitoria: es permanente'

La representación de las mujeres no puede limitarse a obtener cuotas de participación, la verdadera transformacióndebe instalarse en lo profundo de los sistemas democráticos, con un caracter permanente, plantea Alejandra Mora, secretaria ejecutiva de la CIM/OEA.


Por Gabriela Origlia, E&N

Alejandra Mora Mora es la mujer centroamericana que más alto cargo llegó a ocupar en organismos internacionales. Desde hace poco más de un año es la secretaria ejecutiva de la Comisión Interamericana de Mujeres de la Organización de Estados Americanos (CIM/OEA). Jurista, de larga militancia como activista por los derechos humanos de las mujeres, fue Ministra de la Condición de la Mujer en Costa Rica, su país. Es autora de un libro y números artículos con eje en las mujeres.

En diálogo con E&N admite que a las mujeres les cuesta “tanto avanzar”. Alcanzar el puesto que ocupa se explica, por un lado, gracias a su deseo de “triunfo personal” y, por el otro, su visión de convertirse en un “referente para que otras también puedan estar estratégicamente ocupando espacios similares”. “Se puede. Es cuestión de abrir los espacios —continúa Mora —. Ninguna mujer debería pensar que no puede; estos espacios en la multilateralidad son estratégicos y claves para la defensa de una agenda de género”.

¿Cuáles son los puntos claves de esa agenda para las mujeres?

Empezaría por dónde estamos. Estamos sobrerepresentadas en la pobreza, en los impactos diferenciados que el COVID-19 tuvo, en la violencia, en las brechas de acceso económico y estamos subrepresentadas en los espacios de poder. De esa situación deriva una agenda muy poderosa en la región que, en la representación política, pasa por un concepto maravilloso como es el de la paridad, que no es solo tener la mitad de algo, sino de todos los espacios.

Ese concepto tampoco se restringe a una cuestión numérica; somos la mitad y tenemos derechos. Hay dos componentes en este campo, es estratégico tener presencia, llegar y es crucial permanecer. Las condiciones para ejercer el poder enfrentan la violencia política, que es un mecanismo de disciplina como lo es la violencia familiar. Es la pretensión de devolvernos al lugar privado. Muchas mujeres ven mediatizados los ejercicios de sus poderes porque si suben mucho el tono, se les aplica este esquema disciplinador.

El mismo modelo que se usaba en la casa, pero ahora, públicamente...

Hay una feminista que sigo con mucho interés, Amelia Valcárcel, quien habla de la “ley del agrado” en el sentido de que toda mujer es educada para complacer y lo hace aun inconscientemente porque sino la pena es el ajuste. La violencia política es un continuo, es parte de la dinámica. Es el interpelarnos, el discutir pero no solo las ideas sino a las personas, a las mujeres por ser mujeres. Hay que entender a la violencia política de esa manera y no creer que es parte del proceso, que debe ser así.

Alguna vez dijo que las mujeres son más “culposas” en el ejercicio del poder. ¿Sigue pensándolo?

Es uno de los elementos del liderazgo que estamos tratando de posicionar desde la CIM, el no ser tan duras con nosotras mismas. Somos nuestras principales interpeladoras porque se espera mucho de nosotras. No tenemos que negar la realidad, si algo sale mal tenemos que revisar qué fue lo que pasó. Así se ha construido el mundo, no es un fracaso, es una oportunidad de mejora. Crecer y estar en el mundo de lo público significa una inversión de tiempo enorme y existe la interpretación de que entonces se es una mala mujer en otros campos, en las dimensiones de madre, esposa, hija de adulto mayor. Esa sensación de culpa es algo que hay que trabajar en algún momento porque nuestras pretensiones y rutas están constantemente cuestionadas y no puede ser así. Somos cuidadoras exclusivas y está la impresión de que si no estamos ahí algo pasará. Hay que entender que esto es un arte y juego de calidad.

Ha tenido diferentes cargos en su trayectoria, ¿siguen siendo necesarias las leyes de “discriminación positiva” que fijan cuotas de representación?

La paridad es un concepto que supera con creces las cuotas que nos sirvieron hace diez años para llegar. Los parlamentos se transformaron por esas cuotas, si hubiera sido por la evolución natural probablemente estarían nada más cuatro mujeres en las bancas. Esas acciones tenían por objetivo equilibrar y eran transitorias. La paridad es una distribución del poder, no es transitoria: es permanente. Lo que estamos diciendo es que tenemos que estar representadas, las cuotas fueron un antecedente que dieron luz a un concepto más transformador, más completo, que se instala en democracia representativa. La paridad está en el mainstream de la democracia; como modelo de construcción electoral es muy importante.

Habló de “liderazgo femenino”, ¿tiene características particulares, existen esos caracteres diferenciadores?

Estoy absolutamente segura de que sí. Los años de socialización en el mundo privado nos dieron herramientas, habilidades, construidas y hay que aprender a trasladarlas al mundo del liderazgo público que apuntamos a tener.

Andar siempre negociando para que no estalle la crisis nos convierte en mediadoras naturales, en buscar el punto de equilibrio, eso es clave para administrar las crisis y el mundo de la gestión pública está plagado de crisis.

Otra habilidad es la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro que está asociada al cuidado, tiene que ver con la posibilidad de cuidar entendiendo cuáles son las necesidades, entender qué le pasa a la gente sobre la que se decide es básico. El mundo requiere de los cuidados, del medio ambiente, de la madre tierra, de las personas. Debemos hacer que esto se extienda, que sea un elemento de gestión de lo público y de la ética política. Todas tenemos estas habilidades, tenemos que trasladarlas a los hombres, deben cotizarse y no que tenga una penalidad de género; hay que resignificarlas, colocarlas en el mundo del público, darle una valoración positiva.

¿La agenda de género de Centroamérica tiene aspectos particulares respecto a Latinoamérica?

Hay dos elementos claves que tiene la región; el COVID-19 transformó a todos, pero los Estados más pobres tienen menos habilidades y recursos para poder salir del proceso tan complejo en que quedamos, para distribuir y universalizar las ayudas. Las mujeres son las que más cuestionan porque tienen menos beneficios, son más pobres, tienen menos trabajo y menos remuneración.

Hay una necesidad de fortalecimiento de la institucionalidad de género y de la arquitectura de género con recursos, con liderazgos políticos. Eso debe ser transversal a todos los espacios del Estado, esa es la apuesta porque si no la transformación se cae. Cuando no se tienen tantas mujeres en cargos nuestra agenda no está presente. En Centroamérica también hay anotar las diferencias entre los países. En los del Triángulo Norte además hay más debilidades por los procesos de migración complejos, por la inseguridad, por las mafias organizadas.

En general, las leyes promujer registran avances, ¿Su aplicación avanzó en la misma medida?

Esa es la distinción que siempre permanece: la de tener la ley y la de su aplicación e interpretación. Por eso la importancia del fortalecimiento institucional. Hay debilidades en la formulación, en la instrumentación jurídica. Por ejemplo, son importantes las sanciones por incumplimientos. Si no la hay por no inscribir mujeres en listas electorales, sigue todo igual; si solo es económica, los par- tidos prefieren pagar, pero si es de calidad —no se anotan las listas—, todos tienen que poner atención.

Otro punto crucial a destacar en los liderazgos interregionales, es la potencia de las jóvenes mujeres. Las feministas en Chile son las que lograron impulsar la Convención Constituyente, están las Me Too...Las jóvenes han liderado un proceso en toda América que hay que catapultarlo y no mediatizarlo con estructuras formales. Centroamérica debe posicionarse en esto.

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