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2022-03-29

El coste psicológico de tener que combatir en la guerra

Sin lugar a duda, una misión de combate es el desafío más difícil al que se puede enfrentar un soldado. Requiere no solo entrenamiento físico y táctico completo, sino también una preparación psicológica acorde.

Por José Ignacio Robles Sánchez, Universidad Complutense de Madrid

Entrar en combate implica la exposición a un gran número de factores estresantes. Además de la lucha por la supervivencia, tienen que afrontar una serie de factores situacionales. Por ejemplo, las variaciones de temperaturas, desde muy altas a varios grados bajo cero, ruidos constantes, explosiones frecuentes y luces deslumbrantes.

También a situaciones de inmovilidad, permanecer durante horas o días dentro de un vehículo acorazado y ser testigos de muertes alrededor. Estas situaciones llevan al límite, superando en muchas ocasiones el punto de fractura psíquica de la persona. Se convierten así en una fuente de estrés crónico.

¿Qué hemos aprendido de guerras anteriores?

Durante la Segunda Guerra Mundial se utilizaron términos como “fatiga de batalla” o “reacción de estrés de combate” para describir una variedad de comportamientos resultantes del estrés de la batalla. Los síntomas más comunes fueron la fatiga, el alargamiento de los tiempos de reacción, indecisión, desconexión con el entorno, incapacidad para priorizar y, en algunas ocasiones, “bloqueo de la acción”.

Por eso, se habla de tres trastornos mentales principales: trastorno de estrés postraumático (TEPT), depresión y lesión cerebral traumática. Existen mecanismos obvios que vinculan cada una de estas condiciones con experiencias específicas en la guerra. Desafortunadamente, estos trastornos son a menudo invisibles a los ojos de los demás.

Sin embargo, en las últimas tres décadas, ha habido un importante esfuerzo de investigación para comprender los costes generales del servicio militar en combate. A menudo en respuesta a la presión de la comunidad de veteranos de guerra en las naciones occidentales.

Los temores sobre las consecuencias para la salud por exposiciones a armas químicas, nucleares y biológicas (después de la primera Guerra del Golfo Pérsico, por ejemplo) han sido impulsores significativos de estos programas de investigación.

Estos estudios a largo plazo de los veteranos también han demostrado que hay una frecuencia en el patrón de TEPT de inicio tardío, lo que confirma la realidad del riesgo prolongado derivado de la exposición al combate.

Asimismo, tras revisar varias investigaciones se ha detectado la aparición de una gran variedad de síntomas y síndromes psicológicos en las poblaciones en situaciones de conflicto.

Sin embargo, esas investigaciones también proporcionan evidencia sobre la resiliencia de más de la mitad de la población frente al trauma en situaciones de guerra.

Vulnerabilidad y resiliencia

Junto con el acontecimiento en sí mismo (la guerra), interaccionan una serie de factores tanto personales como contextuales que pueden tener una doble vertiente. Por un lado, factores de riesgo para favorecer la vulnerabilidad para el desarrollo de diversos trastornos psicológicos. Por otro, factores que estimulan la resiliencia y potencian el crecimiento personal.

Entre los factores personales se pueden considerar el género (las mujeres parecen ser más vulnerables), la edad (se ven más afectados los niños, adolescentes y las personas mayores), la acumulación de experiencias traumáticas previas, tener antecedentes de trastornos mentales, etc.

Por su parte, la motivación puede tener efecto amortiguador del estrés de combate y servir para aumentar la resiliencia y la fe en la victoria.

Entre los factores contextuales, además de los ya citados como la temperaturas extremas, ropas o armamentos pesados, se puede considerar alguno de especial trascendencia: considerar que es una guerra justa, si es que alguna guerra lo es, y recibir apoyo nacional e internacional a la causa.

¿Querían combatir los civiles ucranianos?

Si los soldados profesionales supuestamente seleccionados y preparados para afrontar las exigencias del combate están expuestos a todos estos estresores, ¿qué puede suceder cuando alguien que no tiene esa preparación física y psíquica que se le exige al soldado profesional se ve impelido por las circunstancias a empuñar las armas?

Nos centraremos en el caso concreto de la actual invasión de Rusia a Ucrania. El pasado 1 de marzo, la organización Rating Sociological Group entrevistó telefónicamente a 1 200 personas mayores de 18 años en todas las regiones controladas por el gobierno. Los resultados mostraron que la gran mayoría de los ucranianos (el 88 %) cree que Ucrania podría defenderse del ataque de la Federación Rusa. La nota de prensa correspondiente indicaba que casi todos los días esta cifra crecía.

Por otro lado, alrededor del 98 % de los encuestados apoyaba las actividades de las Fuerzas Armadas de Ucrania, el 93 % apoyaba las actividades del presidente y el 84 % apoyaba las acciones de los funcionarios locales. Asimismo, alrededor del 80 % de los encuestados señalaron que estaban dispuestos a defender la integridad territorial de Ucrania con las armas en la mano, mientras que en el este del país esta cifra es menor, pero llega casi al 60 %.

En términos de género, el 90 % de los hombres y el 70 % de las mujeres expresaron su disposición a luchar con las armas por Ucrania. Un 90 % de los encuestados hace dos años, pensando en la situación del país, expresaba esperanza. Solo el 5 % de estaba decepcionado. En comparación con la época anterior a la guerra, el número de aspirantes se ha triplicado. En casi todas las regiones, hay un nivel máximo de sentimiento de esperanza.

Es decir, nos encontramos con un pueblo que ha sido agredido externamente y con conciencia de defensa nacional de su integridad territorial. Tienen fe en la victoria y están dispuestos a luchar por ella, entregando su vida si fuese preciso. Si además es un pueblo con un fuerte sentimiento religioso, con toda probabilidad estas variables serán potenciadoras de su resiliencia y amortiguarán el estrés provocado por los diferentes escenarios creados por la guerra.

No obstante, el actual conflicto bélico entre Rusia y Ucrania tendrá efectos sobre la salud mental a medio y largo plazo. Si nos atenemos a los registros de conflictos anteriores en todo el mundo, hasta el 30 % podrían verse afectados por Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).

No hay duda de que las poblaciones en situaciones de guerra y conflicto deben recibir atención de salud mental como parte del socorro total, rehabilitación y procesos de reconstrucción. Así sucedió en la primera mitad del siglo XX, cuando la guerra dio un gran impulso a la salud mental. The Conversation

José Ignacio Robles Sánchez, Teniente Coronel Psicólogo (Retirado). Director Ejecutivo de la Revista de Sanidad de las Fuerzas Armadas de España “Sanidad Militar”. Profesor de la Facultad de Medicina, Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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