Opinion
Fecha de publicación: 2014-04-29

El Balotaje en América Latina

Modalidades y tendencias

Por: Daniel Zovatto

Director regional IDEA Internacional para América Latina y el Caribe

El balotaje está de moda en América Latina: de las siete elecciones presidenciales previstas para este año, la segunda vuelta está reglamentada en seis de los siete países (la única excepción es Panamá).

El pasado 6 de abril, Costa Rica celebró un balotaje inédito: el candidato oficialista renunció a hacer campaña durante la segunda ronda y sufrió una aplastante derrota. En El Salvador, la segunda vuelta del pasado 9 de marzo fue infartante: la diferencia entre el primer y segundo lugar fue únicamente de 0.22%, lo cual provocó una crisis electoral (ARENA denunció fraude y se negó a aceptar los resultados) que se superó felizmente con el paso de los días.

Casi con seguridad (salvo que haya sorpresa), los resultados de las elecciones presidenciales colombianas del próximo 25 de mayo determinarán la necesidad de celebrar una segunda vuelta para definir si el presidente Santos logra su reelección o habrá un nuevo mandatario. Asimismo, es muy probable que haya balotaje en alguna(s) de las elecciones presidenciales de fin de año: Bolivia (poco probable), Brasil (aún sin un pronóstico claro) y Uruguay (bastante probable).

Origen y modalidades

El balotaje es una institución del derecho constitucional francés, reglamentado por vez primera en 1852 y recuperado de manera definitiva por la Constitución de la V República. Una particularidad (de las varias que existen) de la reglamentación del balotaje en nuestra región es que, a diferencia del modelo francés (en que se utiliza para elegir tanto al Presidente como a los representantes en la Asamblea), en América Latina (salvo en Haití) se lo utiliza únicamente para elegir al titular del Poder Ejecutivo.

La segunda vuelta constituye una de las reformas electorales más comunes en América Latina durante la Tercera Ola Democrática. La tendencia regional predominante para la elección del titular del Poder Ejecutivo fue sustituir el sistema de mayoría relativa con el balotaje o segunda vuelta.

Como consecuencia, hoy en día, 12 de los 18 países (además de Haití, cuyo caso no examinaremos en este artículo) reglamentan el balotaje en diversas modalidades. En ocho de los 12 casos, la mayoría que se exige es de 50% más uno de los votos. Costa Rica en el otro extremo exige un porcentaje inferior: 40% de los votos más uno. En Ecuador y Bolivia: 50% más uno, o bien 40% con una diferencia de más de 10 puntos, y en Argentina: 45% más uno, o bien 40% con una diferencia de más de 10 puntos.

Sólo México, Honduras, Panamá, Paraguay y Venezuela no la contemplan y, desde inicios de 2014, tampoco Nicaragua que acaba de regresar al sistema de mayoría relativa.

Virtudes y debilidades

Los defensores del balotaje argumentan que el sistema tiene dos objetivos principales: 1) garantizar una alta legitimidad de origen del Presidente electo, y 2) fortalecer la gobernabilidad democrática, al promover la formación de coaliciones electorales entre la primera y la segunda vuelta, las cuales podrían transformarse más adelante en coaliciones de gobierno.

Para sus detractores, en cambio, el balotaje difícilmente cumple con estas supuestas virtudes. Señalan que la elevada legitimidad de origen del Presidente puede ser artificial e inestable. Argumentan que genera menores incentivos para el voto estratégico en la primera vuelta, lo cual favorece el incremento del número de partidos. Advierten, asimismo, acerca de la posibilidad de que, indirectamente, promueva problemas de gobernabilidad en lugar de resolverlos ya que, no obstante, las elecciones legislativas y presidenciales son técnicamente simultáneas; las primeras se definen en la primera ronda, lo que genera el riesgo de que el Presidente electo en la segunda vuelta carezca del respaldo legislativo mayoritario.

Un claro ejemplo de este problema es la actual configuración de la Asamblea Legislativa en Costa Rica, caracterizada por un elevado nivel de fragmentación, donde el partido (PAC) del Presidente recientemente electo, Luis Guillermo Solís (elegido por una de las mayorías más amplias de la historia electoral latinoamericana reciente (77.8% a 22.2%) cuenta con sólo 13 de los 57 diputados.

Por su parte, en el caso de El Salvador, el presidente electo Salvador Sánchez Ceren deberá lidiar a lo largo de sus cinco años como titular del Ejecutivo, con tres parlamentos diferentes (sus miembros se eligen cada tres años); diseño institucional que si bien tiene como ventaja evitar juntar a las elecciones presidenciales con las parlamentarias (evitando de esta manera el efecto arrastre de las primeras sobre las segundas) potencialmente complica de manera importante la gobernabilidad del país.

Reversión de resultado y participación electoral

El análisis comparado que hemos hecho de 133 elecciones presidenciales latinoamericanas posteriores a 1978, demuestra que la realización de una segunda vuelta no altera el resultado inicial en aquellos casos en que el ganador de la primera ronda es considerado “el mal menor” por una mayoría de los votantes, aunque no resulte el candidato favorito de todos. Esta regla se cumplió en las dos ocasiones en que Costa Rica debió ir a una segunda vuelta (2002 y 2014), así como en las tres ocasiones en las cuales El Salvador celebró una segunda ronda electoral (1984, 1994 y 2014).

Por el contrario, la reconversión de resultado (RR, en adelante) tiene lugar cuando una mayoría del electorado comparte un “consenso negativo” en contra del candidato ganador en la primera vuelta y vota en la segunda ronda a favor del candidato que, en la primera, se posicionó en segundo lugar.

En estos casos, solamente una segunda vuelta permite al electorado articular una nueva mayoría y prevenir el ascenso a la Presidencia de un candidato altamente impopular que haya resultado triunfador en la primera vuelta.

De las más de 130 elecciones presidenciales que tuvieron lugar entre 1978 y abril de 2014, 76 se celebraron bajo el principio de doble vuelta. En 40 elecciones de estos 76 casos hubo necesidad de ir a una segunda vuelta. Y en 30 de estas 40 elecciones triunfó, en la segunda vuelta, quien había ganado en la primera. Sólo en nueve de estas 40 elecciones, hubo RR, y en un caso (elecciones argentinas de 2003) quien quedó en primer lugar, el ex presidente Carlos Menen, no se presentó a la segunda vuelta, y Néstor Kirchner fue designado Presidente para el periodo 2003-2007.

Como podemos observar, la RR es poco probable pero no imposible, habiendo tenido lugar una vez en Guatemala (1991), Republica Dominicana (1996), Colombia (1998) y Uruguay (1999); dos veces en Perú (1990 y 2006) y tres veces en Ecuador (1984, 1996 y 2006).

Con respecto a la participación electoral, la tendencia regional es que aquélla disminuye en las segundas vueltas. De las 40 elecciones con balotaje, la participación bajó en 23 casos y aumentó en 15 (para las elecciones de 1984 en El Salvador no hay datos disponibles de la participación electoral y en Argentina en 2003 no se llegó a realizar la segunda ronda). En los dos recientes balotajes se dieron ambas tendencias: la participación electoral disminuyó en la segunda vuelta electoral costarricense (del 68.8% al 60.2%) pero en cambio subió en la segunda ronda salvadoreña (del 55.31% al 60.17%).

Mi opinión: la introducción del balotaje en la región ha traído algunos beneficios pero también importantes riesgos y consecuencias negativas o efectos no deseados. El injerto institucional modificado del modelo original francés a nuestras realidades (sobre todo limitando el balotaje a la elección presidencial y aplicándolo a un sistema presidencial) y los dudosos resultados logrados en la practica (respecto de sus objetivos principales) en un considerable numero de los países que actualmente lo regulan aconsejan una cuidadosa reflexión sobre la conveniencia de mantener su vigencia y, en su caso, las mejores opciones de reformas disponibles para mejorar su eficacia.