Opinion
Fecha de publicación: 2019-04-05

Opinión: Reforma Electoral en Honduras: ¿Qué es lo importante?

Por Guillermo Peña Panting, Presidente Fundación Eléutera

Honduras lleva tres procesos de elección presidencial altamente complicados, cargados de desconfianza en el sistema y enojo en amplios sectores de la población por el resultado. A pesar de que tras el proceso electoral de noviembre 2017 se abrió un diálogo de las partes involucradas, dirigido por las Naciones Unidas, y otra mesa de discusión tutelada por la Organización de Estados Americanos para mejorar las reglas del sistema electoral, las propuestas están lejos de llegar al punto de satisfacción para el electorado.

En las últimas semanas han trascendido las reformas electorales conocidas como Ley para la Participación Política Electoral y Ley Procesal Electoral. Aunque ambas presentan avances en el proceso de resolución de conflictos electorales, no están atacando la razón por la cual los conflictos están ocurriendo en relación con la boleta presidencial: falta de legitimidad en el resultado del día de las elecciones. Para enfrentar este problema, lo más importante es instalar un proceso en el cual el electorado entienda las reglas del día de las elecciones. Lo necesario es que estas reglas hagan que el ganador de la contienda tenga suficientes puntos de diferencia con el siguiente, de forma que hasta con reclamos de fraude de 1-3 puntos, sería difícil refutar el resultado. Por el contrario, las leyes presentadas vienen a solventar los problemas ocasionados después de la disputa electoral, y no a establecer las condiciones claras para el gane.

La segunda vuelta

En Honduras hoy tenemos un sistema pluralista, dónde tres o más compiten por la presidencia en elecciones generales (Presidencial, Legislativo, y Municipal el mismo día), y sin la presencia de un umbral mínimo de puntos porcentuales de separación, ni de un mínimo porcentaje en el voto adquirido.

Los sistemas electorales en América Latina, desde la salida de gobiernos militares, han demostrado que la Segunda Vuelta Condicionada, es una herramienta que ayuda a eliminar, o como mínimo reducir, los cantos de fraude en la primera vuelta o de no reconocimiento del resultado, pudiendo así pasar a sistemas más complejos y tecnificados de elección. En los países donde no existe la segunda vuelta, en casos de márgenes muy cercanos en primera vuelta, como ha ocurrido en elecciones recientes en Honduras (Hernández 2017) y en México (Calderón 2006), ha quedado un sabor amargo y división tanto en la población local, como en la comunidad internacional.

La Segunda Vuelta, o Balotaje, viene a solventar parte del proceso y aunque no lo resuelve del todo, sí ayuda con uno de los temas más importantes en un proceso electoral: la percepción pública. Puede haber muchas medidas complementarias al problema de credibilidad electoral, pero en un sistema donde la confianza en la administración pública es escasa, la segunda vuelta, condicionada a umbrales mínimos del 40-45% y una separación de +8-10 puntos, es una salida “barata para el problema”.

Las discusiones sobre separar las elecciones legislativas y municipales de la presidencia, los distritos electorales, o la posibilidad de alianzas pre electorales, son para después. Lo primero que tenemos que arreglar en Honduras es la implementación de la Segunda Vuelta Condicionada. Para aclarar, una segunda vuelta bajo estas condiciones, es exactamente la situación que se vivió hace tan sólo un mes en El Salvador con el gane del Sr. Nayib Bukele, cuando el ahora presidente electo obtuvo un porcentaje de votos superior al umbral mínimo, y con una mayor diferencia del mínimo establecido, por lo que no hubo necesidad de realizar una segunda vuelta.

La segunda vuelta también tiene lados negativos, especialmente cuando no hay umbrales. Algunos de éstos son la displicencia del electorado en la primera o en la segunda vuelta (dependiendo de la circunstancia), el gasto de una segunda vuelta y el cansancio del ciclo electoral. Pero, se gana credibilidad en el sistema, aceptación de la derrota, estabilidad política, capacidad de negociar coaliciones electorales y se reduce el enojo en la población con el ingreso de la nueva administración.

Otro problema es que cuando existe la segunda vuelta electoral, si el candidato revierte el resultado que obtuvo en la primera, muchas veces gobierna con coaliciones débiles o sin apoyo legislativo, por lo que su rango de acción desde el Ejecutivo queda limitado. En la región, esto ocurrió con Carlos Alvarado en Costa Rica y Pedro Pablo Kuczynski, en Perú.

Ganar en la primera vuelta logrando sobrepasar los umbrales, pero sin tener coaliciones partidarias o legislativas fuertes, también es un problema frecuente. Este fue el caso de Dilma Rousseff en Brasil o el primer período de Sebastián Piñera en Chile, un hecho que puede detener los planes reformistas de la campaña electoral o el financiamiento de los presupuestos. También la eficiencia y legitimidad de una administración puede fácilmente perderse al iniciar la administración o justo antes de salir, como Mel Zelaya en Honduras o Juan Manuel Santos en Colombia. La segunda vuelta no arregla todo, pero arregla la posibilidad de un mejor inicio para la administración entrante.

El sistema de segunda vuelta debe condicionar el comportamiento de los candidatos principales a ganar con la contundencia necesaria en la primera vuelta, para evitar las rupturas con el legislativo al no tener control del congreso, y para eliminar la posibilidad de una remontada en la segunda vuelta.

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