Opinion
Fecha de publicación: 2019-02-15

Futuro empeñado

La realidad es que nuestro sistema (y liderazgo) no responde a las necesidades del siglo XXI. De acuerdo con el estudio de Brechas de Talento de Fundesa, no contamos con una mano de obra calificada para cubrir la demanda laboral y hay una ausencia de capacitación técnica.

Por Salvador Paiz

A finales de enero, Joviel Acevedo y miembros del Steg, celebraban la firma de un nuevo e inercial pacto colectivo. Un par de semanas después, la Dirección General de Evaluación e Investigación Educativa (Digeduca) publicó los pobres resultados generales de la evaluación educativa a graduandos de 2018. Este contraste de escenarios deja mucho en que pensar.

Digeduca evaluó a cerca de 150 mil estudiantes de un poco más de 4 mil establecimientos del país. En 2018, los graduandos tuvieron un logro en lectura del 34.8 por ciento y un logro en matemática de 11.4 por ciento. En mi época, pasábamos los exámenes con 60 puntos. Estos resultados denotan que los graduandos no pasan la prueba de lectura ni la de matemática. No obstante, hubo un cambio positivo respecto a los resultados de 2017, 1.8 puntos en matemática y de 2.48 en lectura. Desde hace algunos años es posible ver una tendencia de mejora y claro que debemos de celebrar esos pequeños logros. Sin embargo, el ritmo de cambio es insuficiente.

Estos resultados no nos sorprendieron a muchos. De hecho, la evaluación internacional Pisa-D ya nos había mostrado que el rendimiento de los jóvenes aún no da la talla. Según los hallazgos de esta última, nueve de cada diez jóvenes guatemaltecos no alcanzan el nivel básico de competencias. No podemos continuar así. No podemos seguir desperdiciando el potencial de millones y millones de jóvenes chapines.

La realidad es que nuestro sistema (y liderazgo) no responde a las necesidades del siglo XXI. De acuerdo con el estudio de Brechas de Talento de Fundesa, no contamos con una mano de obra calificada para cubrir la demanda laboral y hay una ausencia de capacitación técnica. Sin una educación adecuada, muchos jóvenes optan por migrar o, en el peor de los casos, delinquir. De esta manera, se sigue propiciando el círculo vicioso de la pobreza que parece no preocupar a nuestras autoridades.

Buscamos educar a nuestros hijos porque creemos que eso les garantiza un mejor futuro. Sin embargo, para que esa "garantía" sea realidad se deben de cumplir algunos supuestos. El objetivo principal de la educación es generar aprendizajes de valor. Ese aprendizaje supone el alcance de una serie de competencias específicas que son valoradas en el mundo laboral. Las competencias de valor permiten acceso a un trabajo digno lo cual mejora la calidad de vida. Pero la realidad de nuestro país es otra. Las pruebas del Digeduca demuestran que, aunque les estamos entregando un título que los certifica como bachilleres, los jóvenes graduandos no están alcanzando las competencias mínimas en lectura y matemática.

Es imperativo que transformemos el sistema educativo con sentido de urgencia. Parte de esa aceleración del cambio es el aprovechamiento de la tecnología, tanto a nivel de alumnos como docentes, empoderar a los maestros y ayudarlos a convertirse en verdaderos mentores y, sobretodo, mejorar nuestra calidad de gasto. El pacto colectivo recientemente aprobado supone un aumento de más de Q961 millones, sin compromiso adicional alguno con la calidad ni con el desempeño. Esto canibaliza los recursos que podrían ser invertidos en calidad educativa, mayor cobertura, tecnología, etc.

Urge una reforma educativa que vele por un aprendizaje efectivo. Muchos países pioneros en educación, como China, utilizan la información de las pruebas para decidir en qué deben mejorar y cómo pueden hacerlo. Ojalá en Guatemala utilicemos la información que esta, y otras, nos dan, para tomar decisiones acertadas en la búsqueda de una Guatemala mejor y más educada. No podemos seguir empeñando el futuro de nuestra nación.

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