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Fecha de publicación: 2020-02-04
Blood sample with respiratory coronavirus positive

Pandemias, caldo de cultivo para guerras comerciales

A medida que el coronavirus continúa propagándose fuera de China, es tentador verlo como un problema exclusivo de la modernidad, nacido de la facilidad sin precedentes con la que la información, los bienes y las personas se mueven por el mundo.

Por Bloomberg

En realidad, esos brotes han florecido durante siglos principalmente gracias a un único factor: el comercio internacional, la súper autopista original de las pandemias.

Consideremos por un momento la mayor pandemia en la historia registrada: se propagó por todo Europa desde 1348 y mató a un tercio de la población. Pero ni siquiera entonces había terminado, y regresó en décadas posteriores para varias repeticiones. Aunque los orígenes precisos de la plaga en Asia siguen bajo discusión, los historiadores están de acuerdo en que llegó a través del puerto crimeo de Cafa.

Los mercaderes de Génova se detenían allí cuando regresaban de China con una gran variedad de bienes y, sin querer, Yersinia pestis. Volvían a casa, donde otros mercaderes recogían la plaga y luego la esparcían por todo Europa. Los mercaderes mismos servían como portadores, pero también lo hacían las ubicuas ratas blancas que prosperaban junto a los seres humanos. Las ratas habían llegado de Asia como polizones de viajes comerciales previos.

Esta historia, una de las muchas relatadas por Mark Harrison, historiador de la Universidad de Oxford, resalta el desproporcionado rol del comercio global en la promoción de la pestilencia. También era claro para las personas de la época, pese a su comprensión medieval de los gérmenes, señala Harrison.

A medida que la plaga se convirtió en pandemia, las sospechas cayeron sobre los mercaderes y las ciudades empezaron a restringir sus desplazamientos. Sin embargo, no fue sino hasta 1397 que a las autoridades portuarias de Dubrovnik se les ocurrió una manera de lidiar con los mercaderes de la muerte: mantenerlos abordo hasta que murieran o se mejoraran. Así nació la cuarentena.

Cada vez que la plaga visitaba Europa durante los siglos posteriores, la conexión percibida –y muy real– entre el comercio y la enfermedad se reafirmó cada vez más en las mentes de las personas. Esto, a su vez, alumbró la respuesta de los estados-ciudad y los reinos a los brotes. Para la década de 1580, más de un tercio de los llamados "decretos sobre plagas" se enfocaban en el comercio y la cuarentena de los bienes procedentes del extranjero.

Daniel Defoe, el comerciante inglés más conocido por escribir "Robinson Crusoe", proclamó la esparcida creencia de 1600 de que la plaga había llegado en "bienes traídos desde Holanda, y allí desde Levante", el corazón de Medio Oriente. Una vez más, no estaba lejos de la verdad: es probable que los textiles que dominaban el comercio de larga distancia probablemente escondieran pulgas con la plaga.

No obstante, cada vez más comerciantes se preguntaban si la cura no sería peor que la enfermedad. Empezaron a rechazar las medidas de cuarentena casi tan pronto como eran introducidas. Una petición típica presentada por los comerciantes en Sevilla, España, en 1582 señalaba "daños y perjuicios intolerables". Por supuesto, la plaga es mala, aceptaban los comerciantes; pero, ¿y las consecuencias económicas? ¡Catastróficas!

Esta tensión inevitablemente reaparecía durante las epidemias futuras, los intereses comerciales aconsejaban un enfoque más conservador para dominar la enfermedad y los gobiernos optaban por medidas más estrictas. Pero en el siglo XVI, los líderes políticos se dieron cuenta de que las cuarentenas podrían usarse para otro fin: paralizar a las naciones rivales. Los holandeses, quienes para entonces se habían convertido en una potencia comercial global, lo aprendieron de la manera difícil.

En aquel entonces, los holandeses tenían fama de poner las ganancias por encima de la salud pública. Cuando empezaron los rumores de que la plaga había regresado a Ámsterdam en 1663, los británicos impusieron cuarentenas en los barcos holandeses. La enfermedad por contagio no era nada de qué preocuparse, respondieron los holandeses: las fronteras debían mantenerse abiertas.

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