Claves Del Día
Fecha de publicación: 2021-12-27

La migración hacia EE.UU. tiene ahora rostro de mujer

Ellas están tomando la titularidad de la ruta migratoria, afrontando múltiples riesgos y enfrentando una realidad en la que, incluso, su cuerpo es moneda de cambio, advierten expertas.

Por Gabriela Origlia, E&N

Los procesos migratorios de Centroamérica se están feminizando a medida que pasan los años. Proceden del Triángulo Norte -Guatemala, Honduras y El Salvador- las mayoritarias, pero eso no significa que no salgan de todos los países de la región. Abandonan sus lugares de origen como resultado de los altos niveles de pobreza, violencia y desigualdad económica y social.

El fenómeno ha ido “cambiando”, dice a E&N Mercy Ayala, socióloga experta en Estudios Urbanos y Migraciones Internacionales, quien trabaja en radio Progreso. Comenta que, en el contexto de la pandemia, muchos problemas se profundizaron. “A los muros físicamente presentes se le sumaron los legales que cada vez son más, los culturales por la estigmatización y ahora también los sanitarios que restringen la movilidad humana por el coronavirus”, describe. A su entender, focalizar el fenómeno solo en el Triángulo Norte es “segmentar” la realidad centroamericana, cuando toda es “compleja” y lo más conveniente sería no “fragmentar” la narrativa.

Úrsula Roldán, directora de Instituto de Investigación y Proyección sobre dinámicas globales y territoriales de la Universidad Rafael Landívar de Guatemala, enfatiza que Centroamérica vive una crisis política y económica que alcanza a todos los países, salvo a Costa Rica y a Panamá.

“Hay dictadura en Nicaragua; Estados de cooptación en Honduras y Guatemala; en El Salvador un liderazgo más populista -plantea-. Llevamos décadas de migración; en los ’90 las razones eran más económicas; hoy son mixtas, incluidas las crisis climáticas que afectan las vidas de las poblaciones”.

Una de las modificaciones que apunta la experta es el crecimiento de la migración familiar y de mujeres solas con sus hijos. No sólo hay movimiento hacia México y Estados Unidos, sino que están los internos como es el caso de Nicaragua a Costa Rica.

El último informe de la Oficina Regional para Centroamérica, Norteamérica y el Caribe de ONU Migraciones, da cuenta que al avanzar en la ruta a través del istmo centroamericano, los migrantes que se dirigen hacia México entran al país por Tapachula (ciudad fronteriza con Guatemala), la que es considerada una zona de tránsito y de estancia temporal para estos flujos.

Para el período enero-septiembre del presente año, el flujo creció 28% respecto a 2019 y 120% respecto a 2020. Haití y Cuba figuran como las nacionalidades con los más altos registros junto con Honduras, que los supera. Ayala -quien trabaja en territorio con el Grupo Protección Pastoral de Movilidad Humana y con la Cruz Roja- señala que en las zonas donde llegan los migrantes y son frenados por los controles, “no siempre hay contención” y cada vez es más frecuente la “deportación exprés”. Insiste en que la respuesta a la migración creciente es la “militarización”.

“Mucha gente queda desprotegida cuando solicita refugio; hay quienes están viviendo en la frontera desde hace meses, muchísimas mujeres -agrega-. Las organizaciones de derechos humanos están identificando situaciones irregulares; la migración por goteo siempre estuvo y se fueron haciendo más los retornos forzados y engañosos”.

Sobre ese último punto, cuenta sobre los casos de poblaciones entrando a horas de la noche en la frontera entre Honduras y Guatemala, que no quedan “registradas oficialmente” en ninguno de los dos países.

“Oficialmente son personas que no existen; se multiplican los rostros de mujeres, de familias jóvenes que han hecho todo el proceso con ‘coyotes’ que los entregan a Migración de Estados Unidos, quienes les hacen documentos y les dicen ‘móntese en ese avión’. Piensan que van al destino, pero llegan a México y desde ahí los trasladan en buses a Centroamérica. Salen entre cuatro y una docena de buses diarios, con 40 a 60 personas”.
El reporte de ONU Migraciones indica que por el co- ronavirus hubo una baja significativa de migrantes centroamericanos en la primera mitad del 2020, pero en el arranque del 2021 se empezó a notar un aumento progre- sivo en los registros de entradas.

Entre enero y junio últimos, alrededor del 65% de los centroamericanos que intentaban ingresar por la frontera sur de los Estados Unidos, eran adultos viajando solos; el 30% familias y el resto, menores. En ese período fueron 174.000 hondureños; 151.000 guatemaltecos y 50.000 salvadoreños.

Se enfrentan a una “ruta masculinizada”

Roldán coincide con Ayala en que las detenciones y deportaciones ya no se ocultan, “se muestran porque quieren lanzar el mensaje ‘no vengan’”. Las mujeres -consensuan las especialistas consultadas- son cada vez más, ya no salen de sus países en con- dición de acompañantes de sus parejas o para reunificar familias; se multiplican las jóvenes que se van porque tiene a cargo su familia.

“Está tomando la titularidad de la ruta migratoria, afrontando múltiples riesgos y enfrentando una realidad en la que, incluso, su cuerpo es moneda de cambio por mantener la vida o lograr el objetivo. Psicológicamente viven la presión de enfrentarse a una ruta masculinizada”, acota Ayala.

“La pasan peor porque son más vulnerables; ya antes vivían el abuso sexual y se llegó a una normalización a tal punto que llevaban anticonceptivos en sus bolsillos -acota Roldán-. Las redes de tráfico se fueron complejizando, se sumaron los secuestros, hay tratantes de personas vín- culados con redes de narcotráfico en México, hay separa- ción de madres e hijos”.

Las cuestiones políticas se mezclan con las económicas para impulsar a la migración; Ayala sostiene que los procesos de “despojo de la tierra, de los bienes comunes” en comunidades de aborígenes y campesinos también motorizan los desplazamientos internos y la migración internacional.

Aun cuando la inserción laboral de las mujeres en los países donde migran no sea equiparable a los naturales, en general es mejor que la que tienen donde estaban. Roldán plantea que hay un sector laboral que atrae esa fuerza de trabajo, pero en vez de “regularizar la migración” se generan “muros de contención con un total irrespeto a la legislación internacional; con sistemas migratorios colapsados”.

Admite que esas situaciones se repiten en Europa y las considera una “contradicción del capitalismo” que afecta a las democracias. Las “observaciones” de los organismos internacionales, señala, quedan “en papel”.

Respecto de las expectativas de una vida mejor por parte de los migrantes -en especial las mujeres-, Roldán sostiene que aun sin tener iguales condiciones que los nativos por sus procesos de regularización, están “mejor” que de donde salieron.

“Tienen una vivienda digna aunque se maten trabajando, con sus ingresos ayudan a sus familias que quedaron, tienen alguna posibilidad de ahorro y, sobre todo, velan por el acceso de sus hijos a una vida mejor. Eso es muy importante. Es verdad que nunca están igual a un ciudadano y por eso la primera meta es regularizarse”.

En ese contexto de una perspectiva de mediano plazo, en la diáspora migrante hay muchos que luchan por tener derecho al voto y quieren participar en política -dice Roldán- con la idea de “ayudar a sus comunidades, contribuir con el lugar que dejaron”.

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