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Fecha de publicación: 2019-11-04
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Crisis Migrante: Los mil pedazos del sueño (centro) americano rotos en EE.UU. y México

A un año del inicio de las caravanas migrantes de Honduras y Centroamérica rumbo a Estados Unidos, el sueño se diluye.

Por Genoveva Flores Quintero, desde Tijuana, México
Fotos: Alejandro Gutiérrez

Miles de centroamericanos permanecen en la frontera norte de México en espera de una incierta y cada vez más lejana posibilidad de asilo en Estados Unidos. Otros miles, quedaron varados en la frontera sur de México, mientras las fronteras de Honduras, El Salvador y Guatemala se cierran a nuevas incursiones masivas de migrantes y las deportaciones crecen. En Tijuana, expertos y líderes sociales que apoyan a los migrantes centroamericanos describen un panorama desesperanzador. Los sueños de obtener asilo se estrellan frente a largos procesos y una larga espera que deben cumplir en México, y en un futuro en los países centroamericanos con los que EE.UU. ha firmado acuerdos de terceros países seguros. Entre los que llegaron al norte de México muchos conservan la esperanza, pero la política de Estados Unidos está hecha para que la gente desista, opinan los expertos y activistas.

Hace un año, a mediados de noviembre de 2018, los primeros integrantes de la Caravana Migrante que había salido un mes antes de San Pedro Sula, Honduras llegaron a Tijuana. Miles más -hondureños, guatemaltecos, salvadoreños, mexicanos- arribarían en los siguientes meses.
A un año de distancia, el sueño americano terminó para muchos. En Tijuana, coordinadores de los principales albergues de la ciudad, investigadores del Colegio de la Frontera Norte, directivos de Organizaciones Internacionales y funcionarios municipales, que han gestionado los flujos extraordinarios de migrantes centroamericanos describen como desesperanzador el panorama. Trabajan en generar condiciones dignas y en que los cansados migrantes “pongan los pies en la tierra”.

“El golpe de realidad que tienen los migrantes cuando pasan a Estados Unidos es tremendo. Algunos creían que con sólo poner un pie allá y llevar niños sería suficiente para que les concedieran el asilo; ahora cuando les dicen que es un proceso largo y que su próxima cita es en tres o cuatro meses, saben que no es fácil”, explica Claudia Portela, coordinadora del Desayunador Salesiano Padre Chava, un albergue para varones con 90 camas.

En opinión de Gilberto Martínez Anaya, quien administra la Casa del Migrante, un albergue con capacidad para 150 personas, la política de Estados Unidos está hecha para que la gente desista “después de su primera cita se quedan en el limbo, no hay audiencia, sólo les piden el nombre y le avisan que la segunda cita es meses más adelante.”

Al principios de 2019 la marea migrante rebasó la capacidad de gestión de los aproximadamente 20 albergues en Tijuana, incluso surgieron algunos nuevos con cierto grado de informalidad. Pero actualmente el panorama para los migrantes centroamericanos ha cambiado radicalmente y poco a poco los albergues se han vaciado, sin dejar de ser un punto de contacto fundamental para sobrevivir en Tijuana y obtener ayuda para seguir con su petición de asilo en EE.UU.

La lista y las audiencias

A los migrantes centroamericanos en Tijuana, abogados de Estados Unidos, fundamentalmente de San Diego, les dan pláticas para explicar la naturaleza de su petición de asilo a Estados Unidos y el proceso legal; las autoridades locales mexicanas regularizan su situación migratoria para facilitar una CURP (Código Único de Registro de Población) de extranjeros, que les abre las puertas a escuelas y servicios de salud. Algunos empresarios han comenzado a ofertar trabajo legal, y los retornados, que esperan sus nuevas citas, se dispersan por la ciudad para vivir con su pobreza a cuestas.

Una solicitud de trámite comienza con un número, en realidad un turno de entrada a territorio de EE. UU. contenido en una lista que al principio fue una libreta autoadministrada por quienes se formaban a lo largo del muro fronterizo. Ahora, por algún camino desconocido, la lista se maneja a través de una página web que nadie sabe bien a bien quién administra; aunque es fiable para saber a quien le toca entrar. Los turnos pueden ser colectivos y hoy pueden abrir las puertas para 30, mañana para 80, o para ninguno, eso nunca se sabe.

“Las que más paciencia han mostrado son las familias. Una vez que regresan de su primera cita procuran arreglar su situación migratoria en México, el padre o la madre buscan un empleo, consiguen un lugar para rentar y comienzan a adecuarse”, describe Noé Martínez director regional de World Vision, organización internacional que trabaja en el desarrollo de comunidades y grupos vulnerables.

“Para los jóvenes es más complicado, permanecen en los albergues para no gastar y así poder ahorrar para comprarse algo, pero no se puede saber cuál va a ser su siguiente paso”, relata Valeria Ruiz, coordinadora nacional de los albergues para migrantes de la ONG Young Men´s Christian Association (YMCA). Explica “el Grupo Beta, les dice que no pueden anotarse en la lista si no están presentes sus tutores”. Así que estos adolescentes recurren a medios más informales y peligrosos para cruzar o esperan la mayoría de edad.

Aunque mucho más disperso ahora, el flujo de migrantes centroamericanos no se ha interrumpido, pero si ha disminuido, por el despliegue de la Guardia Nacional en la frontera sur de México. Los responsables de los albergues entrevistados coinciden en señalar que la mayoría de sus albergados actuales son mexicanos, y una buena proporción, deportados, mientras que los centroamericanos se han ido a construir viviendas precarias o a rentar espacios mínimos en las orillas de Tijuana.

Vivir de segunda mano

“Aquí le reciclamos todo a Estados Unidos, me puedo comprar un pantalón por 20 pesos (1 dólar) unos zapatos por 50 pesos (2,5 dólares). Se vende todo en tianguis (mercadillos ambulantes): Electrodomésticos, muebles, comida caducada a muy bajo costo. Los migrantes se van a la periferia de la ciudad, donde nadie vigila y allí están viviendo en casuchas que hicieron con cuatro palos”, refiere, con un dejo de amargura, Gilberto Martínez, de la Casa del Migrante”.

Con cada oleada de migrantes Tijuana ha ganado población. El más reciente asentamiento es “La pequeña Haití”, a donde se establecieron uno mil haitianos que pretendían ingresar a EU, al abrigo de la iglesia Embajadores de Jesús. Algunos construyen viviendas en un terreno donado y otros viven en barrancas. No es así como se están estableciendo los migrantes de Honduras, El Salvador y Guatemala. Ellos están apostando por pasar desapercibidos “somos de aquí” dicen, pero el acento los delata.

“La migración debe verse desde la óptica del capital humano que se gana, cuando llegaron los haitianos venían de Brasil, de construir estadios, mano de obra calificada. Los deportados te dicen: soy losetero, o roffetero. Son especializados, vienen de trabajar para la industria de la construcción en Estados Unidos. Hoy nos toca ver qué aportan los centroamericanos que se están quedando”, puntualiza Gilberto Martínez.

“En Tijuana la industria maquiladora está solicitando trabajadores. Los centroamericanos están llegando a vivir a zonas cercanas a la maquila, para no gastar mucho y llegar caminando. Inicialmente esperan, su cita, su audiencia, pero hay quienes (quedarse) ya lo ven como una opción”, confirma Noé Martínez de World Vision.

La primera cita y el acompañamiento de los abogados son fundamentales para las decisiones de las familias migrantes, se reportan casos de quienes no esperan en Tijuana sino que viajan al sur para traer más evidencias de sus casos. Otros desisten de cruzar la frontera. se acogen a los programas gratuitos de retorno voluntario y vuelan a Tegucigalpa.

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HISTORIAS DE VIDA EN TIJUANA

Son las ocho de la mañana en el centro de Tijuana, cientos de residentes llegan a sus trabajos en camionetas de transporte colectivo al centro lujosamente urbanizado y cuidado. Sus preocupaciones: cómo se divertirán cuando pasen a un parque temático de San Diego el siguiente fin de semana, según se advierte de la plática por un teléfono móvil. Pero un kilómetro más adelante, más cerca de la línea fronteriza, la realidad de los recién llegados y de quienes viven en las calles, huele a pobreza, habla de las dificultades de la vida, y sin
embargo, de la dignidad de las personas.

Una fila ordenada compuesta de familias, muchos hombres pobres y algunas mujeres –pocas- solitarias, se extiende por la acera de la calle Melchor Ocampo donde está el Desayunador Salesiano Padre Chava.

Adentro una veintena de jóvenes voluntarios –numerosos para lo usual- y migrantes ya con algunos meses de estancia, se aprestan a servir unos 1.000 desayunos. Para algunos de los acogidos, será la única comida del día. De momento no hay servicio de regaderas, pero al terminar pueden cambiar sus ropas por limpias y salir de nuevo a sobrevivir a las calles. Hay reglas de convivencia clara y los saludos personalizados hablan de lo consuetudinario de sus visitas.

“Los centroamericanos van muy ilusionados a la primera audiencia y nos preguntan: si me regresan ¿me puedo volver a quedar? Claro, les contestamos. Si nosotros no les ofrecemos ayuda, el crimen organizado lo hace, es su manera de reclutar. Seguimos siendo su punto de apoyo y queremos serlo, es nuestra misión histórica. Nos importan mucho los jóvenes vulnerables”, comenta Claudia Portela, la maestra paraguaya que ya es de Tijuana y administra el albergue.

La historia de Gabriel (los nombres reales se reservan) es la de la esperanza que mantiene a muchos por acá. Vino en el tiempo de las Caravanas, fue de los primeros que pasó a pedir asilo, su segunda corte fue en mayo. Pasó de nuevo en agosto y en septiembre regresó al albergue Padre Chava con la ilusión renovada “me fue bien”. Tiene su tercera corte en noviembre y mientras no le digan un no definitivo conserva la esperanza.

Otros tienen preparación, como Juan, es técnico en informática, pero no ha podido regularizar su situación migratoria en México y sus certificados se quedaron en su país, así que aquí es albañil, un trabajo común para quienes vienen llegando a Tijuana.

Rafael y su primo José tienen empleos informales para sobrevivir mientras esperan en Tijuana, caminan para ahorrar todo lo posible y poder mandar no más de 50 dólares a San Salvador, su ciudad de origen. Todos los días salen de madrugada de su estrecha vivienda. Ambos terminaron la educación secundaria, pero aquí uno limpia pisos en un centro comercial y el otro lava platos.

Estados Unidos ha endurecido los requisitos para aprobar el ingreso a extranjeros no visitantes, les pide demostrar que no serán una carga para el erario, o bien solicitar su asilo desde un Tercer País Seguro; pero ellos están en Tijuana y no desean regresar. Por eso los Calderón decidieron regresar a San Pedro Sula, ayudados por ACNUR. El hijo de 7 años, reconoció al personal de World Vision en el albergue Hermanos de Jesús. Había participado de sus programas en su comunidad de origen. Su padre (29) y él habían cruzado a Texas meses atrás. La detención los separó y fueron retornados por Tijuana.

Allí se rompieron sus sueños. Encontrar la salida de un retorno asistido y la nostalgia por sus otros dos hijos y esposa, así como el ofrecimiento de ayuda de la ONG, los hizo optar por volver.

PELIGRO: NUEVAS RUTAS DE CRUCE

El escenario más rudo es de quienes se preparan para el cruce ilegal, el cotidiano y peligroso brinco. Casi siempre los que se arriesgan son hombres y jóvenes, pero aún las mujeres con fuerza o engañadas por los polleros, se juegan la vida. En la colindancia urbana hay un doble muro, alambradas, sensores de movimiento, cámaras, drones y el constante patrullar de oficiales armados estadounidenses. Imposible burlar la vigilancia.

Las nuevas rutas están a dos o tres días caminando por el desierto sólo para entrar a territorio de EE.UU. “Siempre a mayor restricción en Estados Unidos, mayores son los riesgos que corren los migrantes en el cruce con polleros”, explica el doctor Alonso Hernández, investigador del Colegio de la Frontera Norte y añade “eso no va a cambiar, es el discurso de Donald Trump para lograr su reelección, es un discurso de odio”.

“La mayoría de los que llegaron a Tijuana no pueden ni comenzar el trámite de petición de asilo porque no cuentan con abogado. De hecho los están regresando en la segunda audiencia para que regresen con uno”, puntualiza el investigador.

“En Estados Unidos está elgrupo Ángeles de la Frontera, que encabeza Enrique Morones. Ponen agua en el desierto para que los migrantes no mueran de sed en el trayecto; pero las rutas están cambiando y ahora no van a encontrar agua”, explica Noé Martínez de World Visión.
Con todo, la frontera más peligrosa no es Tijuana sino Nuevo Laredo: “en Tamaulipas el gobierno no protege a los retornados (los migrantes que regresan a Estados Unidos por la frontera mexicana), de hecho es el estado más peligroso. Se quedan a su suerte y vulnerables al crimen organizado.
La devolución está siendo masiva, calculamos que en toda la frontera norte de México han retornado a unos 40.000, detalla el doctor Alonso Hernández.

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Una opinión similar expresa César Palencia, director municipal de Atención al Migrante “sabemos que el gobierno de Tamaulipas ni siquiera tiene contemplado crear albergues, su gran preocupación es que los retornados salgan lo más pronto posible de su territorio”.

“Son increíbles las condiciones de inseguridad en Nuevo Laredo. Visité nuestro albergue en aquella ciudad y me explicaron que en una pequeña calle, en una distancia de no más de 20 metros, los retornados son secuestrados por el crimen organizado. A apenas un centenar de pasos de donde los devuelven y donde salen los camiones. Ves a lo largo de la ribera, de tramo en tramo, un vigilante, para que nadie se arriesgue a cruzar el río sin antes pagar su cuota a los criminales”, refiere Valeria Ruiz de la YMCA.

Los menores no acompañados

De entre los grupos varados en Tijuana, los menores de edad están en un riesgo mayor. Las familias que migraron con pequeños a finales de 2018 pretendían incrementar sus posibilidades de asilo; pero ya no es así: “la política migratoria de Estados Unidos es muy severa. No se tocan el corazón ahora, no importa que sean familias con niños o jóvenes adolescentes” aclara Hernández.

Valeria Ruiz Griego, Coordinadora de Casas YMCA para Menores Migrantes, advierte sobre la creencia de que con infantes será más fácil el cruce: “es al contrario, en Estados Unidos no tienen espacio para mantener familias. Son a los primeros que regresan”. Añade que no siempre son familias reales, sino de costumbres, porque así vivían en sus comunidades. “Eso complica las cosas porque legalmente, por los derechos de los menores debe velar un tutor y no está presente”.

Además señala que es difícil seguirles el rastro porque muchos de ellos entran al territorio nacional de manera ilegal, sin embargo apunta “se estima que un 5 % de los deportados por la autoridad estadounidense son menores, pero si la familia manda al menor con el coyote, no tiene las mismas rutas que un adulto y no sabemos dónde están. Tenemos subregistros de esa población”.

El albergue de Tijuana de la YMCA se especializa en acoger a menores de edad. En lo que va del año han registrado un aproximado de 700 jóvenes y niños, un 70 por ciento son mexicanos y se los remite el DIF local; el resto son extranjeros, la mayoría centroamericanos y llegan allí por las autoridades de Migración, según Valeria Ruiz.

De estas familias “en espera” para presentar su caso o darle seguimiento en Estados Unidos, los infantes ya están asistiendo a las escuelas de Tijuana; pero los jóvenes entre 15 y 17 años, que son los más numerosos entre los menores, no están interesados en este camino, así que la YMCA tiene un programa de capacitación para el empleo.

Políticas migratorias, giro opaco

A cada uno de los que ofrecieron su opinión sobre la actual situación de los migrantes les queda claro la incapacidad del gobierno federal mexicano para administrar la crisis migrante, y aún ahora para recibir a los retornados centroamericanos y a una cada vez mayor marea de deportados que con pocos o muchos años llegan desorientados a un país que no reconocen.

Las cifras ofrecidas por el gobierno federal no están contenidas en documentos, informes, o evaluaciones, se trata de información parcial difundida en redes sociales, medios informales y carente de profundidad. Lo único que queda claro de las cifras ofrecidas por el gobierno federal es el esfuerzo que ha hecho el gobierno mexicano por reducir el flujo de ingreso de migración por su frontera sur.

El mayor flujo migratorio se presentó en mayo (2019, medido en la frontera sur) con 144 mil 278 personas, un mes después el gobierno de Donald Trump dejó firme su amenaza de incrementar los aranceles si esa corriente de migrantes no disminuía.

El gobierno mexicano dio marcha a tras a su política de apertura que caracterizó el inicio
del actual presidente y para julio ya había reducido el flujo a 81.950.

El despliegue de la Guardia Nacional en la frontera sur, ha dado resultado y para agosto se tenían contabilizado ingresos de 63.755 personas. La mayoría de ellos migrantes hondureños (25.265), salvadoreños (7 .371), cubanos (6 .100), venezolanos (5.467), haitianos (3 .777) y guatemaltecos (2 .733). México no ha aceptado convertirse en un Tercer país seguro. Pero si ha sido obligado a la contención.

César Palencia Chávez, director municipal de atención a migrantes, dice que la mayoría de quienes llegaron en las caravanas ya han regresado; pero no hay cifras certeras. Los albergues siguen apoyando a las familias con niños para que acudan al colegio, para conseguir trabajo, o asesoramiento de un abogado para su petición de asilo.

Se ha retrasado la instalación de un albergue que pueda acoger a los 7.000 retornados y deportados que se calcula están por llegar a Tijuana, porque nadie quiere repetir la experiencia de mala gestión de los albergues Benito Juárez o el Barretal que registraron, en su miseria y hacinamiento, los medios de comunicación a principio de 2019.

Queda claro que una buena parte de los migrantes centroamericanos están echando raíces en Tijuana, porque no tienen posibilidad de regresar a la violencia que los expulsó, porque aún no les han dado un no definitivo, porque son resilientes y tienen la capacidad de iniciar una nueva vida, con la carga perene de su gran pobreza.

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