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Fecha de publicación: 2021-10-19
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Jorge Bueso: Banquero visionario con alma integracionista

Pocas personalidades en Centroamérica han sabido dejar tras de sí una huella tan indeleble como lo ha hecho el Pionero de la banca hondureña, Jorge Bueso Arias, fundador del Banco de Occidente.

Por Gloria Rodríguez, E&N

Don Jorge, como le llaman sus empleados y allegados, ha sido protagonista de importantes momentos históricos de Honduras y Centroamérica, tanto en el ámbito privado como público. También fue ministro de Economía de Economía de Honduras (1959-1963), apostando por la integración económica regional.

Don Jorge cree que aunque hemos mejorado “un poco social y económicamente, tanto como país y región, hemos ido muy despacio, demasiado despacio, a excepción de Costa Rica”, debido a las malas dirigencias políticas, la corrupción y últimamente el narcotráfico. “Tampoco hemos dado importancia a la educación como factor y sí le hemos dado mucha importancia a las Fuerzas Armadas”. Bueso sueña con una Centroamérica unida no sólo comercialmente, sino también políticamente. “Pero es un sueño, tal vez después de varias generaciones en un futuro lejano, se cumpla”.

Él mismo nos cuenta cómo empezó:

“Cuando me gradué de Licenciado en Administración de Negocios en la Universidad de Louisiana (LSU) en 1941, regresé a Santa Rosa de Copán, y empecé a trabajar con mi padre, en comercial Casa Bueso. El primer trabajo que me encomendaron fue levantar un inventario de los árboles de guayacán que habían en una propiedad de mi madre y
hermanas, en el Valle de Comayagua, y cuya madera tenía una alta demanda porque la usaban como chumaceras en los barcos que se estaban construyendo urgentemente por la II Guerra Mundial.

Cuando el Japón atacó a Pearl Harbor en las Islas Hawái, Casa Bueso tenía mucha mercadería japonesa, especialmente textiles, que subieron de precio y Casa Bueso obtuvo una buena utilidad, porque además en octubre de ese año, por mis gestiones había comprado toda la mercadería de una tienda vecina, que cerró, y la mayoría era de origen japonés.

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Quiero aquí aclarar que cuando nos graduamos con mi hermano Héctor (Q.D.D.G), el gerente general de EI Ahorro Hondureño, con sede en Tegucigalpa, el Ingeniero Manuel Zelaya (Q.D.D.G.), había llegado a LSU a visitar a su hijo Roberto, que también estudiaba allí, y en la noche de nuestra graduación nos invitó a cenar a todos los hondureños. A mí me pidió que me sentara a su lado. En cierto momento me preguntó si me gustaría trabajar en El Ahorro, como le llamaban a su compañía, le dije que “tal vez”.

En abril de 1942 recibí un telegrama de él ofreciéndome un puesto de cajero. Después de pensarlo, le dije a mi padre: “Mirá, papá, aquí todo se me hace fácil porque soy “hijo de don Melo”, como le llamaba todo el mundo, “déjame ir a probar suerte a Tegucigalpa, donde nadie me conoce”. Él comprendió y me dio el permiso de irme.

Así empecé el 15 de mayo de 1942 como cajero en la Compañía de El Ahorro Hondureño, con un sueldo mensual de 200 lempiras, equivalente a US$100,00. Yo pagaba 110 lempiras por mes por hospedaje, alimentación y lavado de ropa en el Hotel Honduras, donde, decía yo, mi familia me había depositado, bajo la vigilancia de doña Lupe de Membreño, que era dueña del hotel. Así empezó mi vida como banquero, bajo la dirección y enseñanza de una persona muy honesta y muy sabia, como lo era el Ingeniero Zelaya, a quien agradezco lo que me enseñó y ayudó a forjar mi carácter.

Como no disponía de mucho dinero para gastar en otras cosas que no fueran de vestimenta y cuestiones de cuidado personal, pues me había hecho la promesa de no pedirle ayuda financiera a mi familia, cuando en la tarde terminaba mis obligaciones, generalmente entre 4:30 y 5:00 p.m., después de platicar con los compañeros de trabajo, me dedicaba a estudiar en la magnífica biblioteca que El Ahorro tenía. Cuando don Manolo (como llamaban al Ingeniero Zelaya) vio mi afán por estudiar en las tardes, me autorizó que comprara todos los libros que yo quisiera para enriquecer la biblioteca.

Así fuí ganándome, creo yo, la confianza de don Manolo y de la Junta Directiva de El Ahorro, hasta ser nombrado subgerente de la misma. En noviembre de 1943, el Gobierno del General Carías había puesto preso a varios jóvenes militares, incluyendo al Teniente René Zelaya, hijo de don Manolo; en julio de 1944 hubo varias protestas contra la dictadura, en las cuales participamos muchos hombres y mujeres jóvenes -entre ellos muy activamente otro hijo del Ingeniero Zelaya—Raúl— que por el peligro huyó a Nicaragua-. Estas situaciones le causaron una crisis nerviosa a don Manolo, por lo que pidió permiso a la Junta Directiva para retirarse por unos seis meses y recomendó que en su ausencia me encargaran a mí la gerencia. Ya se imaginan mi sorpresa cuando una tarde me llama la Junta Directiva para comunicarme lo decidido, sólo tenía 25 años, pero todos los compañeros en El Ahorro lo aceptaron. Eso sí, por ese período me aumentaron el sueldo.

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En febrero de 1950 contraje nupcias con la señorita Mercedes Callejas Bonilla y después de la luna de miel, regresé a mi cargo de subgerente. En febrero de ese año mis padres me informaron que deseaban ir a Francia a visitar a una hermana de mi madre que vivía en Burdeos y me pidieron ir a Santa Rosa a manejar los negocios de la familia. Después de consultar con mi señora y pedir permiso a don Manolo para ausentarme temporalmente, en marzo de 1951 nos trasladamos a Santa Rosa.

Como a los dos meses pude apreciar que en la zona occidental del país hacía una gran falta los servicios de una institución financiera, por lo que después de hablar con miembros de algunas familias de Copán, con mis hermanos, mis padres y el abogado Roberto Ramírez, Presidente del BCH, decidimos fundar el Banco de Occidente, con sede en Santa Rosa.

La escritura de constitución la firmamos a fines de julio y el Banco inició operaciones, el primero de septiembre, siendo mi padre presidente de la Junta Directiva, integrada por distinguidas personas de Santa Rosa, agricultores y comerciantes, y yo como gerente general. La idea era dar un buen servicio y ganarnos la confianza de la población, que si así lo hacíamos, esperábamos que las ganancias vendrían después, como así sucedió, pues somos uno de los cuatro bancos más grandes de Honduras. Lo principal, repito, era dar un buen servicio.

Desde el banco, por mi recomendación, se concedió el primer préstamo a una empresa camaronera en Honduras, ya que ningún otro banco quería financiarlo, por desconocer el negocio. Esto dio inicio a la fuerte industria de camarón que existe en el país. También apoyamos la siembra de tabaco tipo habano y dimos financiamiento a las primeras fábricas de puros para exportación, que dieron origen a una fuerte fuente de divisas para el país. Éstos son dos ejemplos donde decidimos tomar riesgos en actividades que eran nuevas en Honduras.

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