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Fecha de publicación: 2021-02-15
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Opinión: El camino de la Serendipia, una bitácora para llegar a la innovación a través de ella

Como todo comienzo de año, hacemos promesas, y aunque esta columna falta precisamente a ser la del mes enero, como me lo había prometido, la escribo y envío al menos en vísperas del nuevo año chino. Y con ello buenos augurios de una gran parte de la humanidad se renuevan.

Por Oscar D. Rojas Morillo
https://www.linkedin.com/in/oscarrojasmorillo/

Nada de esto es indiferente a las empresa y organizaciones. Luego del año más anormal que hemos vivido y en la que le hemos confiado todo a la tecnología y la ciencia para permanecer conectados, por un lado, y apostarle todo a una vacuna por otro, los deseos -y la necesidad- de crecer ante tanta incertidumbre se comienzan a multiplicar. El instinto de ver el vaso medio lleno empieza a ser una visión compartida, como si de alguna manera el mundo, al albor de tantas noticias que comienzan a sonar bien, se hubiera vestido de optimismo y se desafía a si mismo con el propósito de recuperar lo antes posible el tiempo y terreno confinado.

Ambos factores (tecnología y ciencia) nos han hecho creer en que la innovación, como lo recuerda Rita McGrath, es aquello que nos da ventajas sustentables más allá de las competitivas temporales. Yo me aventuro, voy más allá, y planteo que este factor largamente diferenciador, debería ser contemplado como algo cotidiano, sistemático. Tenemos las formas de cómo hacerlo. Como a fin de cada mes en todas las empresas se revisan los ratios financieros, se proyectan ventas, se prospectan clientes, se revisan redes, y, si utilizan BSC u OKRs, se chequea la ubicación de donde se piensa que estarían. También con esa misma fuerza, frecuencia y disciplina se debería saber que tan cerca o lejos se está de generar innovación y trabajar sobre ello: desde la mejora de un proceso; a conseguir más valor percibido hasta inventar sus propios KPIs. De crear en definitiva.

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Buscar innovación no solo requiere de neuronas como todos imaginamos y sabemos. Demanda un grado de disciplina, una sabiduría compartida en forma de cultura, mucha apertura, resistencia al fallo, claramente de liderazgo, y un ingrediente que nunca aparece en los libros: la serendipia.

Los preconceptos y el rasgo que ciega

Para encontrar algo, por muy obvio que suene y luzca, nada mejor que ponerse a buscar. Hay un patrón en la innovación que recurre constantemente a esa actitud: buscar sin parar. Muchas veces es como esa pieza del rompecabezas que no termina de aparecer, que nos pone al limite de nuestra paciencia, pero que sabemos perfectamente que está sobre la mesa, aguardando a ser encontrada para cumplir con su función y darle sentido al armado de cuadro. Es perseverando y no contemplando el vuelo de los pájaros migrantes, sino indagando, haciendo, dándole la vuelta a la pieza hasta que calce y anide perfecta es que se logra la innovación en su versión orgánica. Es pensando, probando y proponiendo que se cumple con ese postulado. Todo en gerundio.

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Desde luego, es la cultura, aquella que rige las leyes de la gravedad y a la vez la cuántica en las organizaciones, la responsable de que estas acciones sucedan, que las personas accionen, se muevan o por el contrario se conviertan en ornitólogos contemplativos. Decía Virgilio en la Eneida audentes fortuna iuvat, y para que efectivamente la fortuna favorezca a los valientes (personas, empresas) necesitamos llegar al primer rasgo que una organización debe romper: los dogmas. Ello para que podamos liberarnos de los grilletes del statu quo reinante y abrir nuevos escenarios.

Puntualicemos un momento sobre ello: Hay cosas que bien sabemos que no deberían ser como son, pero de manera individual o colectiva no reaccionamos. Quizá comodidad, quizá falta de rebeldía o fuerza, tal vez una trampa mental que nos dispensa nuestro cerebro siempre en plan ahorrador. De una forma u otra, dar o asumir la inexpugnabilidad de todo lo que nos rodea, y sobre todo de lo que pensamos, nos ha hecho y hará mucho daño en términos de encontrar nuevos escenarios y/u océanos donde nadar. La innovación en si misma es romper dogmas.

Hagamos el siguiente ejercicio y usted me ayuda amable lector a fijar esta idea: A medida que vaya leyendo las siguientes sentencias repare en cómo mueve la cabeza de manera inconsciente (afirmando o negando ante los postulados que les presento a continuación), luego le cuento por qué:

  1. Los lentes tienen que ser probados en la tienda para poder comprarlos. Eso es así desde siempre.
  2. Los estrenos de películas son y serán en una sala de cine.
  3. Hay que tomar jugo de naranja en las mañanas.

Puedo seguir con más, pero estos me ayudan a llegar a donde quiero ir. Veamos el nivel de preconcepto que tenemos:

  1. Dogma. Warby Parker lo rompió y con ello posiblemente a una parte del mercado. Generó la innovación (precio, canal de distribución, oferta de valor, producto… todo un masterclass) que en su momento hizo zappos.com con algo aun más difícil de comprar. Y les va de maravilla.
  2. Statu quo perfecto. Nombrar a Netflix es trillado (ups, ya lo hice), pero ¿qué me dicen de las estrategias de Disney+ y Warner Bros de estrenar en simultáneo en cines y streaming sus películas? (dado la baja notoria y lógica de ir al cine). Es como tener un banco de pruebas enorme para re-visitar el estado del arte del negocio, y de estresarlo a ver qué pasa o directamente romperlo.
  3. Lo del jugo tiene retranca: no fue hasta hace más o menos 100 años atrás que comenzamos a tomar jugo como parte fundamental de todo desayuno que se precie de serlo. Esto debido a una campaña orquestada, y no por recomendaciones de un nutricionista de la época, de la asociación de agricultores de Florida y del genio de Edward Bernays (sobrino de Sigmund Freud y que aplicaba las teorías de la pulsión humana de su tío para la publicidad) para aumentar la demanda de esta fruta. Ni más ni menos: nos enseñaron a tomar jugo. En este caso Bernays se inventó un dogma, que viene a ser como hacer el triple doble de Simone Biles en la innovación.

Pero todos son doctrinarios. Y todos susceptibles a ser al menos pensados y rebatidos. ¿Quiere que su organización avance y busque serendipia en vez de estar viendo desde lejos el vuelo de halcones peregrinos? Pregúntese cuales son los dogmas de su entorno… y vea si es posible romperlos o al menos cuestionarlos. Aún cuando no lo consiga (hay mil razones para que eso suceda, pero ninguna tan poderosa como para no intentarlo), en el camino se puede encontrar cosas muy interesantes.

A la fortuna (y no la suerte) le gusta los que lo intentan.

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La apertura y compartir hasta la pena. El rasgo dos

Aquellos que se arriesgan en el camino con la actitud necesaria y apoyo solidario son los que normalmente encuentran cosas. Puntos con lo que después se pueden unir y conseguir las piezas del rompecabezas que está sobre la mesa. ¿Nos le ha sucedido que buscando una pieza o una esquina (o una palabra en el crucigrama) consiguen otra que no estaban buscando pero que igual sirve o ayuda en el proceso de terminar con la misión? Así funciona una organización que se enfoca en muchos frentes y busca respuestas y soluciones, que se adentra y cuestiona dogmas.

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He aquí el Segundo rasgo por abolir: La pataleta que la innovación es mía y únicamente mía (o de la organización) y no se la presto a nadie.

Nos han enseñado a compartir desde niños. A contar nuestras experiencias buenas, pero sobre todo las malas para intentar que los demás no las cometan. Crecimos en una sociedad con tendencia a la solidaridad. Es bien vista y humana. Si es así, ¿por qué no le damos espacio a la vetusta pero siempre fresca innovación abierta?, a esa que comparte la experiencia, el éxito y el fallo, que resulta colectiva. Esa, que de la selva de conceptos y clasificaciones es la más amigable de todas y que nos ayuda a crecer juntando ideas, técnicas, tecnología de aquí y de allá, la misma que hace de la disrupción algo digno de sorpresa. La que quizá dio pie a la serendipia al toparse con soluciones a problemas que no queríamos resolver a priori.

Buscando soluciones fue que se dio con Viagra, que no era precisamente para lo que se usa hoy, pero no se hubiera encontrado si no se hubiese estado experimentando con sildenafilo para la angina de pecho. El caso de los Post It de Art Fry es archiconocido por la innovación abierta y por el chiripazo que fue; las papas fritas en chips fueron una venganza en 1853 del chef George “Crum” Speck contra un cliente que vivía quejándose de lo largo de los bastones de papas fritas, y este, harto de los reclamos cortó e hizo papas fritas del espesor de una hoja de papel con mucha sal… cosa que le encantó al cliente que lejos de sentirse agraviado se lo agradeció y fue un éxito claramente en el tiempo. Años más tarde un viajante de nombre Herman Lay (si, ese mismo, el fundador de Frito-Lay) las probó y fundó una empresa en base a esta curiosa arma de venganza. Lo demás es historia y snacks.

Pero también hay serendipia en los errores que generan hallazgos inesperados e innovadores: por un fallo de producción de Astra-Zeneca en la producción de su vacuna contra Covid-19 se dieron cuenta que la mitad de la segunda dosis genera mayor protección que si se aplica una completa. Esto ayuda en el titánico esfuerzo del mundo por inmunizar lo más que se pueda y genera economías de escalas (un proceso de innovación en si) para lograr ese cometido.

Si la serendipia es abierta, seámoslo nosotros también y compartamos lo que encontramos en el camino (así no sea lo que buscábamos, a alguien le servirá).

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El riesgo de las 24 permutaciones y el tercer rasgo

Las empresas que quieren innovar o ya lo hacen y se han visto beneficiadas de cerca por el fenómeno de la serendipia tienen rasgos que para mí son muy claros: Mas alérgicas al melodrama que al polen y a señalar culpables que en ver la valentía por intentarlo. Estas empresas que le trasmiten a sus personas lo que significa ser ágiles, exploradores y rápidos se hermanan (sin importar el tipo de empresa, de donde vienen ni qué hacen) por tener una cultura y ambiente de trabajo que es una cruzada a muerte contra las siguientes torturadoras laborales (y aquí está el tercer rasgo a romper):

  1. El anonimato o ninguneo de las personas. Es mortal no reconocer a quien lo hace bien y es peor aún solo recordar las limitaciones e incompetencia en otras, pero eso es nada comparado con el agujero negro que puede ser una empresa que hace de sus personas algo totalmente invisible.
  2. La sensación de irrelevancia. No saber nuestro lugar en el universo es una duda existencial, metafísica y filosófica, pero ¿no saber para qué estamos en una organización o en qué contribuimos? Agonía laboral, levedad del ser.
  3. No medir nada. ¿Cómo sabemos hacia dónde nos movemos si el giroscopio está averiado? ¿Qué tanto hemos avanzado si navegamos a oscuras? Nada crece ni se mejora si vamos sin pilotos.
  4. Matar la curiosidad. Contra la rutina debe ser ley en las empresas movernos y hacer circular la inteligencia colectiva. Preguntar, animar, involucrar, liderar la revuelta para no caer en lo que en medicina se llama estasis: la disminución del flujo sanguíneo en los procesos vitales. La falta de oxigeno. La cianosis creativa.

Estas 4 variables se pueden agregar al café en las mañanas, mezclar a la conversación de la tarde, incluir en la agenda del Zoom de los lunes. Pueden estar en todas partes. Y claro, el riesgo de vernos atrapados en esta fuerza centrípeta es elevadísimo y el daño aun mayor. Hay 24 permutas para ser o estar en ese lugar. De hecho, podemos estar en una organización que llegue a coleccionar despropósitos como estos, y hacer del trabajo algo genuinamente miserable. Bien dice Patrick Lencioni, incluso podemos llegar a hacer de la futilidad nuestra razón de ser. Y claro, no avanzar, no buscar y morir de tedio. Quizá da para reptar y sobrevivir, pero nunca para caminar erguidos. ¿Y la innovación? Un sueño alquímico.

Los 3 príncipes de Serendip

La serendipia, el eje de este articulo, viene del nombre de un lugar que antiguamente era Ceylan, hoy Sri Lanka y en donde se escribió un cuento narrando las aventuras de los tres hijos del rey Giaffer de Serendip. El cuento narra básicamente como estos chicos lograban resolver situaciones o conseguir mejoras o hallazgos a partir de su intrepidez, inteligencia, la más pura coincidencia y muchas veces con más suerte que otra cosa. El libro que recoge su versión original persa data del 1302 y el término en si se acuñó tal como lo conocemos hoy desde el inglés en 1754.

Este fenómeno es sin duda la llave de mucha innovación, de la fundación de empresas, de una cultura en si. De encuentros afortunados y compartidos entre muchos que buscaban en su mesa la sección que le faltaba para terminar su rompecabezas y la encontraban de carambola en otra persona que había dado con la pieza ella sin siquiera saber el impacto de esta. Esto ultimo fue más o menos lo que le sucedió a la húngara y bioquímica Katalin Karikó (la cara visible de la tecnología que lleva las vacunas de Pfizer/BioNtech y la de Moderna) en 1997 cuando conoció en una impresora al inmunólogo Drew Weissman y juntos comenzaron a trabajar en lo que hoy se conoce como las técnicas de ARN mensajero, la tecnología para inmunizarnos no solo contra COVID-19 sino la que abre la puerta a una verdadera revolución a nivel médica para tratamientos de todo tipo.

Los tres príncipes de Serendip que deben vivir en las empresas modernas son los rasgos que hay que romper una y otra vez contra los dogmas, el egoísmo y una cultura viciada. Son los que propician la buena suerte, el azar positivo. Son el vigor y el entusiasmo por ver qué sucede cuando estamos en este estado.

La serendipia alienta a nuestra gente a trabajar e ilusionarse con moverse y buscar, asociarse y tender puentes para unir puntos. Es creer en la magia y en la música que suena cuando se encuentra algo nuevo. No olvidemos que la curiosidad también puede ser un hábito y que el método científico se puede inculcar como paladín contra el axioma.

Más serendipia podría ser un buen propósito de año. Al menos ya sabemos lo que no debemos hacer y debemos romper.

Pueden comunicarse con Oscar para comentar esta o cualquiera de sus columnas a su correo electrónico oscarrojasmorillo@gmail.com

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