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Fecha de publicación: 2018-10-16

Jack Ma, el Coeficiente del Amor y la importancia de quererte a ti mismo

En repetidas ocasiones el fundador de Alibaba.com ha definido al Coeficiente de Amor como un factor crucial para el éxito de su negocio. ¿Qué es y cómo lo desarrollamos?

Por Eduardo Scheffler/Entrepreneur.com

Lo último en lo que pensaría al ver a Jack Ma, fundador y dueño de Alibaba, es en el amor.

El hombre que nació en una humilde familia china, el que fue rechazado un par de veces al tratar de ingresar a la universidad, el que se convirtió en maestro porque no le quedó otra opción y tras un lustro de dar clases en su país viajó a Estados Unidos, en donde por primera vez oyó hablar de Internet. El que se dio cuenta de que ahí no había información en torno a China, encontró un nicho y comenzó a desarrollarlo. El que fundó un negocio multimillonario de comercio electrónico valuado hoy en US$420.000 millones.

El exitoso empresario que, además, habla del amor como factor de éxito.

En repetidas ocasiones (la más reciente en el Foro Económico Mundial de Davos 2018) Jack Ma ha remarcado la importancia que el Coeficiente del Amor (LQ por sus siglas en inglés) ha tenido en el éxito de su compañía.

Mientras que el IQ (Coeficiente Intelectual) mide la inteligencia de una persona y el EQ (Inteligencia Emocional) está ligado a la capacidad de un individuo para entender las motivaciones y sentimientos de los otros, el LQ se relaciona con la habilidad de ser amable y compasivo hacia uno mismo y hacia los demás.

Según Jack Ma cuando nuestro Coeficiente del Amor es elevado, trabajamos para encontrar soluciones que resultan benéficas no solo para nosotros, sino que para los demás. Alibaba surgió con la idea de utilizar el Internet como medio para que las empresas pequeñas de China pudieran llegar a sus consumidores potenciales. Su objetivo no era crear una máquina de hacer dinero, sino que ayudar a los demás a triunfar. En el camino se convirtió en un verdadero éxito (la meta del empresario es que para el año 2036 Alibaba sea la quinta economía más grande del mundo, habiendo creado más de 100 millones de empleos y apoyado a 10 millones de negocios a través de su plataforma digital).

Para Jack Ma es fundamental que desarrollemos nuestro LQ; el año pasado en el evento Gateway ’17 celebrado en Toronto dijo: “Si quieres que te respeten, si quieres sobrevivir los siguientes 30 años deberías aprender la ‘Q’ del amor, la ‘Q’ de preocuparte por los demás. Así sobrevivirás…”

El difícil arte de amarte a ti mismo
Desarrollar el LQ no es tan simple como parece. Porque para pensar en los demás primero es necesario amarnos a nosotros mismos. La mayoría de las veces no estamos educados para hacerlo. Culturalmente vemos al amor propio como algo egocéntrico y, por ende, negativo. Además, deploramos los aspectos oscuros de nuestra personalidad. Lo que no nos gusta lo ocultamos, lo disfrazamos, lo negamos. Nos enseñan a amar y a respetar a los demás, pero rara vez a nosotros mismos.

Sin el amor propio nuestro LQ jamás se elevará. Viviremos buscando soluciones egoístas, competiremos eternamente sin comprender que lo importante es sumar fuerzas, nuestra prioridad jamás será buscar soluciones que beneficien a los otros y aunque alcancemos el éxito económico, posiblemente vivamos ensombrecidos por el miedo que nos tenemos a nosotros mismos.

Yo he estado ahí.

Negando o juzgando mis propias sombras, en lugar de abrazarlas. Porque esos aspectos oscuros de mí mismo son los que más amor necesitan. Esos recuerdos vergonzosos que me hicieron dudar y que han permanecido ocultos durante años, erosionando el amor que seguramente alguna vez me tuve. Esos recuerdos que piden a gritos ser ventilados, reconocidos e incluso apreciados.

Todos los tenemos y rara vez dejamos verlos.

Estudié la primaria en el Colegio Alemán. Cuando iba en cuarto año me daba clases de matemáticas un hombre enorme llamado Boris Menrath. Él pedía que cada día un diferente alumno se hiciera cargo de limpiar el pizarrón (sí, aún usábamos gises) y cuando alguien no cumplía con su labor, Herr Menrath se enfadaba.

Yo le tenía miedo.

Pese a eso el día que a mí me tocaba limpiar el pizarrón, olvidé hacerlo. En el último minuto y ante la advertencia de que el profesor se acercaba, alguien preguntó a quién le tocaba la crucial tarea. Asustado por mi omisión corrí y como pude borré lo que ahí estaba escrito. Era uno de esos pizarrones de hojas que se abrían como un libro. La parte exterior estaba limpia, así es que lo cerré esperando que el profesor jamás llegara a abrirlo.

A mitad de la clase sucedió: por fuera el pizarrón estaba lleno. Cuando Herr Menrath lo abrió supe que estaba sentenciado. El pizarrón era un asco. Creo que hubiera sido mejor ni siquiera intentar limpiarlo.

Enfurecido, el profesor preguntó quién era responsable del desastre.

Levanté la mano.

—Scheffler, ¡qué hiciste! ¿Ves esto? —gritaba y golpeaba la superficie con la palma de la mano una y otra vez— Esto es tu futuro, esto es como será tu vida: una porquería.

Lo confieso: me marcó. Por increíble que hoy parezca, el embate se sumó a una serie de dudas que tenía a los once años. Fue un duro golpe al amor que me tenía a mí mismo.

¿Por qué lo escribo?

Porque el Coeficiente del Amor de Jack Ma me hizo pensar en ello. Porque sé que no estoy solo: todos arrastramos recuerdos, dolores, errores y sombras que ponen en riesgo la confianza que tenemos en nosotros mismos. Todos somos absolutamente imperfectos. Y así debemos de aceptarnos, de perdonarnos, de abrazarnos.

En la medida en que estemos bien con nosotros mismos, estaremos bien con los demás, con nuestro trabajo, con nuestro emprendimiento. Porque sin importar lo sucio que pueda estar, un pizarrón jamás definirá cómo será nuestro destino.

Ese lo define únicamente lo que decidamos creer de nosotros mismos...

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