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Fecha de publicación: 2012-07-28
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Maneja con su garrobo tren que viaja a terminal de San Pedro Sula

<p>Pololo es un señor garrobo capaz de comerse de una sola sentada media libra de habichuelas.</p>

Los ojos amarillos de Pololo brillan como lentejuelas cuando atisban el horizonte mientras va como “copiloto” de la locomotora conducida por su amo, de la vieja estación del tren de San Pedro Sula a la terminal metropolitana de buses.

“Es como mi hijo”, dice el maquinista Ovidio Mancía mientras acaricia la cresta espinosa del garrobo de más de dos metros de largo con el que convive desde hace siete años.

Se lo regaló su compañera de hogar, Yolanda Ferrera, cuando la piel del animalito era todavía verdecita y cabía en la palma de su mano. Ahora es un señor garrobo de 12 libras, capaz de comerse de una sola sentada media libra de habichuelas crudas.

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Pololo se ha hecho popular tanto en la vecindad del barrio Medina, donde vive la familia Mancía, como entre los asiduos viajeros que van y vienen de la terminal de buses en los remozados vagones del llamado “Tren de la alegría y la esperanza”, que maneja Ovidio. Quienes conocen al saurio no le temen, más bien tratan de acariciarlo, pues saben que está bien domesticado. Carolina, una sobrinita de Ovidio, incluso le besa en la boca, ante lo cual la mascota responde con un inofensivo lengüetazo.

Cuando está en la casa, Pololo descansa sobre el respaldo del sofá o va a pasear por el patio, incluso sale fuera de la casa pero luego regresa. Los vecinos no se asustan al verlo pasar porque todos ya lo conocen, dice Ovidio.

A los que causa asombro ver al garrobo en el hombro de su dueño es a los transeúntes, cuando hombre y mascota van rumbo a su hogar. “Me cuesta llegar a la casa cuando lo ando en la calle porque la gente me detiene para verlo o hacerme preguntas”.

No, no es agresivo ni muerde, pero sí tiene unas garras bien afiladas para agarrarse, las que puede enterrar en la piel sin mala intención si la persona no lo sabe agarrar, explica.

A Ovidio ya lo ha parado la Policía porque es prohibido que personas tengan en su poder estos animales en peligro de extinción, pero inmediatamente el maquinista saca el permiso que le otorgó la Unidad del Medio Ambiente en base a los cuidados que le brinda al animal.

Está mejor con Ovidio que si estuviera en su hábitat natural. “Nunca se ha enfermado, será porque recibe todos los días dos horas de sol y lo tenemos bien alimentado”. Además de habichuelas tiernas come lechuga, manzanas y uvas.

El maquinista se declara más bien un protector de estos animalitos. Dice que le duele ver cómo los maltratan personas inescrupulosas que se dedican a comercializarlos. “He visto cómo les costuran la boca para que no muerdan a las personas que quieren comprarlos”.

Por eso cuando tiene oportunidad de recuperarlos, a veces pagando por ellos, los va a soltar a una zona boscosa del sector de Búfalo en Chamelecón, de donde él es originario.

Del monte a la ciudad

Pololo nació en el sector de Río Blanquito, del municipio de Choloma, donde fue cazado por encargo de la señora Yolanda Ferrera para obsequiarlo a su marido, porque sabía que siempre había querido tener un garrobo como mascota.

En casa de los Mancía el animalito fue cambiando su piel verde limón por una de color parduzco y escamosa con fajas más oscuras en su cola. También crecía su cresta como para parecerse más a sus antepasados los dinosaurios. No falta quien le ofrezca comprarle a Ovidio el animalito, talvez con fines gastronómicos, pero él responde con un rotundo “no”. Nunca ha imaginado a su mascota hirviendo en una olla convertida en un tapado de coco.

Un aficionado del Marathón le propuso darle 20 mil lempiras por el garrobo domesticado, no para comérselo sino para llevarlo al estadio y que le sirviera como símbolo viviente de su equipo al que llaman el Monstruo. “Un hijo no tiene precio”, es la respuesta que suele dar.

Da la casualidad que Ovidio es gran olimpista y tomando en cuenta que al equipo España le dicen la Máquina y al Marathón, el Monstruo, para sus compañeros resulta inaudito que “un olimpista controle al Monstruo y a la Máquina a la vez”, según la broma que le hacen cuando lo ven conduciendo con su mascota al lado.

Como si el viaje lo cansara, a las seis de la tarde por lo general Pololo ya está dormido con sus manitas hacia atrás, de panza sobre la lavadora de la cocina. Si hace frío, su dueño le echa una colchita como si de un niño se tratara.

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