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Fecha de publicación: 2019-11-04

Emprendedores de Silicon Valley encaran a Wall Street

Cotizar en el NASDAQ o en la Bolsa de Nueva York implica disciplina financiera y dedicación total.

Por Expansión

Las extravagancias de Adam Neumann se consideraban exóticas cuando WeWork, la empresa de alquiler de oficinas, se encontraba en sus fases iniciales de levantamiento de capital.

Veteranos inversionistas como el gigante japonés SoftBank no dudaron en destinar entonces hasta US$10.000 millones en la compañía, cegados por su asombrosa capacidad de crecimiento y pasando por alto actuaciones dudosas, como que Neumann recibía dinero de su propia compañía por el uso de la marca WeWork.

Los inversionistas están ávidos de nuevas empresas a las que dirigir su capital, pero no a cualquier precio. Antes de empezar a cotizar, las tecnológicas se someten a un intenso proceso de entrenamiento, necesario para cruzar el alto y nada poroso muro de Wall Street.

A veces, como en el caso de WeWork, la resistencia es demasiado alta y la compañía se queda en la costa oeste. En otros casos, como en el de Uber, sólo se consigue con la renuncia de su fundador a mantener las riendas ejecutivas.

Cotizar en el NASDAQ o en la Bolsa de Nueva York implica cumplir con intensos requisitos de gobernanza y, sobre todo, estar dispuesto a una dedicación casi absoluta para satisfacer las expectativas trimestrales del mercado. Educar a díscolos directores ejecutivos no entra en los planes de los fondos que mueven los hilos de Wall Street.

La difusa composición en el accionariado de las nuevas tecnológicas es también motivo de suspicacia en el epicentro financiero. Las acciones de las startups suelen contar con diferentes derechos de voto que tratan de garantizar que los fundadores mantienen el control, incluso cuando la compañía comienza a cotizar.

Este escenario provoca reticencias entre los inversionistas, que temen un exceso de poder por parte de los rebeldes de Silicon Valley.

Rebelde

Mark Zuckerberg, de 35 años, fue durante años el clásico emprendedor rebelde de Silicon Valley dispuesto a desafiar las inamovibles reglas de Wall Street.

El estreno de Facebook en Bolsa con mal pie (cayó 40% en los primeros seis meses de cotización) le obligó a acatar la ortodoxia. Sin embargo, siete años después de la OPI de la red social, Zuckerberg sigue chocando con el sistema.

Su proyecto de lanzamiento de la moneda virtual Libra ha contado con una feroz oposición entre los reguladores y le ha obligado a comparecer ante el Congreso.

Por su parte, la personalidad de Elon Musk, de 48 años, es tan arrolladora que casi siempre se le olvida que se encuentra bajo el escrutinio constante de reguladores e inversionistas.

La verborrea de Musk en Twitter, donde anunció sin pasar por la SEC que planeaba la retirada del mercado de Tesla Motors le valió la apertura de una investigación criminal. El proceso se saldó con la renuncia de Musk a la presidencia de la compañía durante tres años y casi le costó el puesto de presidente ejecutivo. Su pugna con el regulador de los mercados es constante.

Renuncia

Uber se encontraba preparando la salida a Bolsa cuando cinco inversores de la compañía exigieron a su fundador, Travis Kalanick, su dimisión. El directivo de 43 años había revolucionado el sector del taxi en todo el mundo, pero era demasiado controvertido.

Entre otras cosas, Kalanick se vio afectado por una investigación interna de la cultura corporativa de la compañía motivada por denuncias de acoso sexual y discriminación en la empresa. La renuncia de Kalanick no fue suficiente para garantizar el éxito de Uber en Bolsa.

Pudo haberse atajado a tiempo, pero la falta de controles antes de la salida a Bolsa le costó a WeWork la operación. La OPI de la empresa de alquiler de oficinas se acogió con frialdad en el mercado, no sólo por las cuantiosas pérdidas, sino por las dudas que generaba que su fundador, Adam Neumann, se mantuviera al frente. Antes de que la operación se diera por fracasada, se limitó el poder del directivo, pero no fue suficiente. Finalmente, Neumann, de 40 años, tuvo que vender acciones y renunciar al consejo para mantener a flote WeWork.

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