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Fecha de publicación: 2019-03-08
Lilliam Ruiz, madre del periodista Hansel Vásquez, arrestado durante las protestas contra Daniel Ortega.

Nicaragua: Madres encabezan lucha por los detenidos participar en protestas

Casi 800 opositores están encarcelados, según organizaciones y familiares, por haber participado en las protestas que estallaron en abril pasado contra el gobierno de Ortega, al que acusan de instaurar una dictadura marcada por la corrupción.

Por AFP

El encarcelamiento de su hijo llevó a Lylliam Ruiz a dejar su papel de ama de casa para organizarse y luchar junto con otras mujeres nicaragüenses por la liberación de los "presos políticos" del gobierno de Daniel Ortega.

"Es una lucha dura, yo lloro cuando veo la foto de mi hijo, pero tenemos que ser fuertes para que nuestras demandas puedan ser escuchadas y nos entreguen a nuestros hijos", declaró a la AFP esta mujer de 57 años en su modesta vivienda en un polvoriento barrio de estrechas calles en Managua.

Casi 800 opositores están encarcelados, según organizaciones y familiares, por haber participado en las protestas que estallaron en abril pasado contra el gobierno de Ortega, al que acusan de instaurar una dictadura marcada por la corrupción.

Otros 325 murieron y miles se exiliaron en países vecinos tras la violenta represión gubernamental.

Ruiz es una de las dirigentes del Comité Pro libertad de los Presos Políticos, una organización que, dice, se formó "de manera natural" en medio de la represión a las manifestaciones y desde donde mujeres como ella mantienen viva la lucha por exigir la liberación de sus hijos, esposos y hermanos detenidos.

Su hijo Hanssel Vázquez, un periodista de 26 años renunció a su trabajo en una televisora del gobierno y era uno de los líderes del Movimiento 19 de Abril, que encabezó las manifestaciones opositoras.

Fue detenido en julio, pateado y golpeado en la cárcel y tres meses después fue condenado a 17 años de prisión por terrorismo y portación ilegal de armas.

Su madre recuerda que el día de la audiencia fue custodiado por cientos de policías "como si fuese un delincuente o narcotraficante".

"Lo único que había hecho mi hijo es levantar su voz contra una dictadura", reclama Lylliam, una mujer risueña y entusiasta, con un fino rostro que se llena de lágrimas cada vez que habla de su hijo.

"Somos mujeres penconas"

El joven está recluido en una celda que comparte con 130 opositores en la cárcel La Modelo, este de la capital, mientras su madre trabaja en el Comité, que brinda asistencia a familiares de los presos políticos.

"Las mujeres nicaragüenses somos penconas (luchadoras)", dice Lylliam, quien confiesa que fue miembro del gobernante Frente Sandinista, de Ortega, en el poder desde hace 12 años.

Luego de meses de estancamiento, el gobierno y la oposición empezaron el 27 de febrero una negociación para encontrar una salida a la crisis política y económica que originaron las protestas en Nicaragua, uno de los más pobres de América Latina.

"El gobierno tiene que reconocer que el país demanda un cambio", dice Lylliam, al tiempo que espera que "la puertecita" que abrió la reanudación del diálogo ayude a resolver la crisis.

Sin embargo, "no podemos permitir que este diálogo se lleve a cabo con presos políticos", exige esta mujer que dice no dormir esperando la liberación de Hanssel, uno de sus cuatro hijos.

"Me arrancaron el corazón"

Las conversaciones fueron antecedidas por la sorpresiva excarcelación de cien manifestantes, entre ellos, Ana Nicaragua, una menuda estudiante de contabilidad de 25 años, que había sido detenida en septiembre en su casa con extrema violencia por policías y paramilitares.

Mientras cocina en su humilde vivienda, su madre, Juana López, cuenta que ese día le "arrancaron el corazón".

"Se la llevaron casi desnuda", esposada en una patrulla, relata la pequeña mujer, con el rostro marcado a sus 62 años por arrugas y la angustia.

Todos los días rezaba y lloraba por su hija, mientras cuidaba de su esposo Adolfo, de 92 años, sentado en un sillón ajeno al drama que vive la familia debido a un derrame cerebral.

A Ana la condenaron a cuatro años de prisión por portación ilegal de armas y obstruir las vías con barricadas durante las protestas, delitos que, afirma, no cometió.

Tras cinco meses presa le dieron casa por cárcel, y las patrullas de policías pasan a diario vigilando su vivienda en el empobrecido barrio Camilo Chamorro, donde trata de superar los problemas de ansiedad y gastritis que le dejaron el encarcelamiento.

Ana contó a la AFP que se unió a las protestas porque no estaba de acuerdo con la reforma al seguro social que decretó el gobierno en abril pasado, que reducía la pensión de menos de 100 dólares mensuales que recibe su padre.

"Aspiro a una Nicaragua mejor", dice la joven, que lucha por la liberación de los opositores, entre ellas sus compañeras de celda, con quienes pasó largas horas haciendo manualidades con pedazos de plástico para matar el aburrimiento de la reclusión.

"Sigamos en resistencia porque esto pronto va a acabar y Nicaragua va a ser libre", exclama, sentada ahora detrás de las rejas de la puerta de su casa.

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