“La labor humanitaria en casos de emergencia a causa de desastres debería dejar de ser paternalista y asistencialista”, a juicio de Celina de Sola, una centroamericana experta en el campo y con una trayectoria en la materia de cerca de 11 años. “En su lugar, debe empoderarse a la población afectada para que ella misma salga adelante con el apoyo necesario”, sentencia.
Escuchar a Celina es una experiencia de aprendizaje de lo más enriquecedora. Desde su especialidad, ella pone en perspectiva uno de los emergentes más preocupantes del momento para la comunidad internacional: los desastres humanitarios, como consecuencias de catástrofes naturales, políticas o sanitarias.
Su voz agradable y cercana deja entrever un poco del acento salvadoreño, entremezclado y atenuado con otros sonsonetes extranjeros, debido a los años de viajes, estudio y trabajo fuera del terruño.
Celina es una salvadoreña que ha dedicado más de una década de su vida personal y profesional a lo que pudiera llamarse la administración de recursos orientados a las reconstrucciones tras desastres naturales, políticos, sociales, de violencia, en fin de todo tipo que conlleven dolor, tristeza y desesperanza en diversas latitudes del planeta.
Con una maestría en Salud Pública, de Harvard, y otros estudios en Trabajo Social y Ciencias Políticas, en la Universidad de Pennsylvania, Celina ha visto el dolor muy de cerca en Afganistán, Darfur, Liberia y Sudán, entre otras regiones conflictivas. Pero, lejos de decir que se dedica a este campo social por altruismo, asegura que lo hace porque le gusta su trabajo, porque abarca muchas áreas y deja un impacto positivo en la gente, en los países y en ella misma.
La profesional, de 33 años, regresó a El Salvador hace aproximadamente tres años. Su nueva meta de trabajo es crear conciencia, sistemas y políticas que permitan revertir lo que denomina “una tendencia natural a victimizar aún más a los afectados de las catástrofes”. A su juicio, es necesario “accionar humanitariamente para explorar los potenciales de éstos (las víctimas) y ponerlos a trabajar para salir adelante, por sus propios talentos, capacidades y aptitudes”.
Celina ve en El Salvador y en toda la región centroamericana un enorme potencial para actuar bajo esta filosofía y hace énfasis en “tomar partido de las fortalezas y no de las debilidades y vacíos”. Para ella, un buen ejemplo de esto es la enorme capacidad de los Cuerpos de Socorro del país centroamericano, con los que trabaja en la actualidad, desde Glasswing International, sede El Salvador.
Según explica de Sola, ningún país está preparado para una catástrofe y el mejor ejemplo fue Estados Unidos con el impacto del huracán Katrina. “Lamentablemente, los fenómenos de cualquier tipo, cada vez más, están superando la realidad o lo que se creía usual”, señala.
Sin embargo, es de la idea que hay que trabajar por hacer de la prevención de desastres “una política de Estado, sin importar la orientación ideológica de los diferentes sectores que forman la sociedad”. La prevención, dice, debe estar siempre en el radar de toda la sociedad.
En Centroamérica, Celina reconoce que aunque hay buenos esfuerzos de parte de la empresa privada, falta trabajo por hacer a efectos de articular esos esfuerzos con el resto de actores de la realidad: comunidad, gobiernos locales y nacionales, Organizaciones No Gubernamentales (ONG), etc.
Sobre estos y otros temas que forman parte de su universo como “manager de reconstrucciones”, dialogó con Estrategia & Negocios.
Como especialista en la materia, ¿qué grado de vulnerabilidad diría que tiene la región ante catástrofes humanitarias (sea como consecuencia de desastres naturales, sanitarios o político-sociales)?
Si nos enfocamos en el tema de las emergencias -que es un tema de interés personal y profesional para mí- en el caso de El Salvador, existen fenómenos de emergencia de muy diferente índole. Por ejemplo, estamos viviendo una emergencia por el tema de la violencia, que es un tema catastrófico. Tenemos una de las tasas de homicidios más alta en el mundo; no estamos acostumbrados a verlo así, pero es una emergencia y así lo ve la Organización Mundial de la Salud.
Otro tipo de emergencia, en la que estamos más acostumbrados a enfocarnos, es la que se produce por desastres naturales. El Salvador también es uno de los países con más incidencia de catástrofes naturales en el mundo, por su ubicación, tamaño, topografía, etc.. Entonces, aunque no tengamos siempre un terremoto como el del 2001 o un escenario como el de Haití, sí tenemos grandes deslaves, tormentas… en fin lo que acabamos de tener con las tormentas Ida y Ágatha, que son emergencias catastróficas en determinadas zonas geográficas del país. Con cada una de esas tormentas colapsa el sistema.
Ahora bien, nosotros trabajamos con base en fortalezas; vemos una situación y decimos qué base hay para trabajar, en lugar de solo enfocarnos en carencias, necesidades, debilidades o vulnerabilidades.
Cuando yo regresé al país, hace unos tres años, una de las principales oportunidades que vi en el área de unidades de emergencia es que hay Cuerpos de Socorro preparados y dispuestos. La mayoría de las personas que los conforman son voluntarios, y lo interesante es que se encuentran en medio de Protección Civil, dependencia del Ministerio de Gobernación y del área de Salud.
Dada esa disposición, vimos la posibilidad de fortalecer su capacidad de respuesta, pues cuando se tiene una emergencia es vital esa característica.
Si uno observa los niveles de respuesta ante catástrofes naturales que han tenido países desarrollados como Estados Unidos o Chile, la sensación que queda es que nadie está hoy a salvo ni en capacidad de reaccionar adecuadamente. ¿Es así y por qué?
Estados Unidos, con Katrina, fue un completo desastre de grandes proporciones. Sin embargo, creo que no debemos ser muy duros con nosotros mismos, debemos ser más propositivos y ver las oportunidades de hacer mejor las cosas en materia de emergencias en desastres naturales.
La verdad es que nadie está preparado para un desastre implícitamente; cuando ocurre te sorprende y nunca vas a estar suficientemente listo. Lo que sí se puede hacer es fortalecer las bases. ¿Cómo? Por ejemplo, en materia de construcción se debe edificar bajo ciertas leyes y reglamentos estrictos para no poner en riesgo a las personas a la hora de catástrofes naturales. Nosotros, que trabajamos con infraestructura escolar, vemos que en El Salvador las autoridades son estrictas con las reglas, si van a hacer un aula se aseguran de que sea una obra antisísmica.
En otro ámbito, una gran fortaleza de base es contar con buenos socorristas. Sería óptimo que en cada comunidad existiera un cuerpo de gente capacitada de forma básica que en caso de emergencias pudiera decidir qué casos remitir al hospital de inmediato por helicóptero y qué casos no, por solo dar un ejemplo.
Ahora mismo vengo de una reunión con el Ministerio de Salud (en El Salvador), por una nueva estrategia que va a estar fortaleciendo la capacidad a nivel comunitario en el tema de salud. Entonces yo creo que el reto es la coordinación de esfuerzos, porque el deseo de hacer bien las cosas está ahí.
El reto de la adaptación
En línea con lo expresado por Celina de Sola, tanto las autoridades de Obras Públicas como de Medio Ambiente en El Salvador, han comenzado, inclusive, a mover los estándares de altura de los puentes, ya que Ida y Ágatha superaron por mucho el parámetro que se tenía por décadas para el caudal de los ríos.
Solo en el caso de Medio Ambiente, su titular, Herman Rosa Chávez, confirmó recientemente que su cartera de Estado estará invirtiendo en los próximos meses alrededor de US$24 millones en reducciones de riesgos y se incorporará, por ley, la evaluación de riesgos en el diseño de las obras de construcción.
“El reto ante el cambio climático es el reto de la adaptación”, dijo el ministro Rosa Chávez, al referirse a los cambios que han traído los fenómenos climatológicos en el tema de emergencias.
¿El diagnóstico que hace de lo que se está dando en la región, es consecuencia de la falta de recursos, de medidas estructurales (obras de infraestructura, políticas sanitarias, etc.) o de personal capacitado?
En el caso de El Salvador, hay gente capacitada, hay muy buena capacitación en primera respuesta, y además muy avanzada. Sin embargo, hay ausencia de recursos financieros y falta de equipos. Si tomamos en cuenta que hay hasta 11 muertes diarias por violencia y hasta tres por accidentes viales, se advierte que éstas son emergencias que consumen personal de atención y requieren de equipo.
Aquí está clara la existencia de una oportunidad para invertir en esto, y percibo que hay una alternativa en esto para la empresa privada, de involucrarse un poco más.
Si no ocurre una tragedia como la de Haití o un huracán Ida, nadie está pensando en invertir en la emergencia o en un plan de contingencia. Sin embargo, es preciso hacerlo. A veces, dentro de nuestras empresas tenemos un plan de evacuación, pero no vemos más allá. A su vez, a nivel nación, tenemos planes de emergencia, pero no nos dedicamos a ver cómo podemos hacer para mejorar el plan de respuesta. Y ello si bien tiene que ver con el sector público, también depende de una labor intersectorial muy fuerte.
Si hay oportunidad de apoyar en un área, pues hay que tomarla, hay que actuar, pues los beneficios son para todos. Por ejemplo: si una patrulla policial encuentra un accidente, traslada a los heridos sin importar que la unidad sea tan siquiera de Tránsito; ahí es donde vemos que la capacidad y la reacción de los socorristas está, por lo que hay que apoyarlos.
Coincidentemente con de Sola, para el ministro de Obras Públicas salvadoreño, Gerson Martínez, es importante una gestión estratégica del riesgo. Desde Chile hasta Haití, dijo Martínez, todas las iniciativas de manejo de emergencias en caso de desastres han demostrado que solo se ha ejecutado una gestión reactiva, pero nunca preventiva. “Hay que realizar una gestión preventiva en el caso de la preparación ante desastres y debe ser, además, algo rutinario, que no solo tiene que ver con iniciativas del gobierno, sino también con la responsabilidad social de la empresa privada”, expresó Martínez, en el marco del foro sobre Construcción Sostenible, organizado por la Cámara Salvadoreña de la Industria de la Construcción (Casalco).
¿En qué países reconoce se han dado respuestas positivas de las cuales aprender y bajo qué tipo de programas?
De lugares ejemplares es muy difícil ubicar alguno, no se me viene ninguno a la cabeza, pero creo que lo que si es de provecho es el intercambio de experiencias. Se descubre que hay mucho más que aprender internamente de cómo se ha actuado en emergencias.
Por ejemplo, desde mi punto de vista, sería provechoso si se pudiera sacar un caso de estudio del terremoto que sufrimos en el 2001. Si entonces hubo personas que vivían en una quebrada y se produjo un derrumbe, pues tomar el hecho como caso testigo para erradicar a las personas que ahora habitan zonas de riesgo.
Es cierto que es difícil sacar a las personas de donde han vivido por años, aún cuando haya peligro evidente, pero esa es una tarea que debe llevarse a cabo para poner a resguardo sus vidas.
En lo personal creo que, para superar estas actitudes naturales de la gente, se deben fortalecer los sistemas de coordinación y comunicación en casos de emergencia y desastres. Sí considero que se estamos yendo en esa dirección. Sé, concretamente, que ahora Protección Civil y Salud (en El Salvador) están apostándole fuertemente al tema de emergencias.
No sé si solo es percepción de la publicidad que está haciendo el gobierno (salvadoreño), pero resulta apreciable que ante la emergencia de Ágatha se reaccionó mejor que con Ida ¿Es así?
Yo creo que sí aprendimos bastante con Ida. En esa emergencia cometimos muchos errores. De Ida a Ágatha se produjo una gran diferencia, sobre todo en la labor de evacuar de forma temprana. Muchas veces buscamos afuera, y tenemos lecciones aprendidas internamente de las que no tomamos partido.
Tenemos que valorar que El Salvador es un país con un territorio pequeño, en el que hay buena infraestructura y con excelentes sistemas de comunicación para evacuación y otras necesidades que se presenten; además de que tenemos la capacidad instalada para respuesta rápida y de buena calidad.
¿Cuál es la clave a la hora de gestionar eficazmente una catástrofe? De acuerdo con su experiencia, ¿por dónde se empieza? Dado que todo es urgente, ¿cómo se establecen prioridades?
Es difícil precisarlo, pero la gran pregunta es quién determina los niveles de alerta. Es importante para la población no causar histeria, pero sí tener oportunamente informado al público; informar, por ejemplo, si está inundada una carretera y buscar rutas alternas.
Es importante trabajar en el tema de evacuaciones y simulacros. En caso de una determinada emergencia, es importante saber a quién debe hacer caso la población para evacuar de forma ordenada y coordinada.
Es importante la información oportuna por televisión, pero ante la posibilidad de que no todos tienen acceso a un televisor, también es importante tomar otros medios de información.
En ciertos países del norte, cuando se sabe que va a hacer frío extremo, cada persona tiene un árbol o esquema de llamadas y cada uno de estos esquemas, su propio árbol de llamadas, multiplicándose así la cantidad de ciudadanos a los que les llega la información.
En caso de emergencias, es importante el esfuerzo conjunto y organizado de parte de la población civil, el gobierno local y nacional, las instituciones y la empresa privada.
Todos tenemos que apoyar este tema, como un tema de nación, sin importar la línea ideológica de todos los que participen del esfuerzo.
E&N la definiría como una “Manager de Reconstrucciones” ¿Cómo se define usted misma?
No sé, quizá como una facilitadora o catalizadora, nada más, de recursos. Al principio me llamó la atención el tema por lo amplio del trabajo académico y a medida fui avanzando, ya trabajando en organismos internacionales, comenzaron a enviarme a diferentes misiones a países con desastres a raíz de conflictos políticos o a consecuencia de fenómenos naturales. Quizá porque no aparentaba ser estadounidense.
¿Por qué eligió hacer esto? ¿Por qué lo sigue eligiendo cada día?
Porque me gusta, porque lo disfruto y no lo veo como algo altruista, es estimulante para mí, pues es un trabajo en el que se aprende, una se enriquece, es una experiencia de vida.
El trabajo humanitario debe dejar de victimizar a los afectados y comenzar a aprovechar los recursos y riqueza de la gente, enfocándose en la capacidad local para salir adelante de los desastres.
¿Quiénes fueron sus grandes profesores, personalidades del mundo que hayan marcado su camino y por qué? ¿A quién admira y por qué ideas?
Aunque si tuve grandes maestros, recuerdo más a la gente sencilla y real que conocí en situaciones difíciles o en países que atravesaban graves conflictos. Recuerdo con cariño y admiración a un doctor en Liberia que con su especial entrega a su trabajo hacía una labor humanitaria impresionante, tanto con combatientes como con enemigos, tuvo la oportunidad de salir de su país, pero decidió quedarse para ayudar; igual el caso de una niñita en Chad, quien era refugiada de Sudán, cuando le dije lo lindo que era su collar, no dudó y me lo obsequió, ¿cómo puede haber tanto desapego y amistad tan pura en personas que atraviesan por situaciones tan impactantes y trágicas?
Al igual, admiré a muchas personas en Afganistán, el país que quizá más disfruté, personas tan orgullosas de su nación. Eso admiro, la sinceridad y la transparencia de la gente normal, de hecho, por esas cualidades, El Principito es mi libro favorito.