Los efectos del cambio climático, más visibles que nunca en Centroamérica, son un motivo para que la región aplique medidas a favor del desarrollo sustentable, aunque debe recorrer una larga vía para llegar a ese objetivo.
A pesar de que el istmo genera bajas emisiones de gases contaminantes, responsables del aumento de la temperatura del planeta, está expuesto a las consecuencias del fenómeno, como tormentas más devastadoras, sequías intensas y el posible elevamiento del nivel del mar.
“Se trata de devolver el patrón de desarrollo a un sendero más sostenible. Centroamérica tiene varias oportunidades generales y todavía hay buenos signos, como ser fuente de biodiversidad o tener a segmentos de la población viviendo en los bosques”, dijo la canadiense Julie Lennox, coordinadora del proyecto “La economía del cambio climático en Centroamérica”, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).
En su informe “Objetivos de desarrollo del milenio. Avances en la sostenibilidad ambiental del desarrollo en América Latina y el Caribe”, la Cepal –adscrita a la Organización de Naciones Unidas (ONU)– expresó que la región ha mostrado avances en temas como el aumento del tamaño de las áreas naturales protegidas y la cobertura de acceso a agua potable y saneamiento, en cumplimiento del séptimo Objetivo de Desarrollo del Milenio (ODM), referido a la sostenibilidad ambiental.
En contraste, los países de Mesoamérica, región que se extiende desde México hasta Panamá, no han podido reducir las emisiones de gases contaminantes ni la deforestación.
Los ocho ODM, adoptados por los Estados miembros de las Naciones Unidas en el 2000 para ser alcanzados antes del 2015, a partir de los niveles registrados en 1990, proponen reducir a la mitad la pobreza extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad de género, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir el virus de inmunodeficiencia humana y otras enfermedades, garantizar la sostenibilidad ambiental y fomentar una alianza mundial para el desarrollo.
Las metas concretas del séptimo objetivo son aplicar los principios del desarrollo sostenible en las políticas nacionales, revertir la pérdida de recursos naturales, disminuir el deterioro de la biodiversidad, lograr el acceso a agua potable y servicios de alcantarillado y mejorar la vida de los habitantes de tugurios, definidos como sitios no aptos para el hábitat humano.
Mesoamérica perdió un 10,35% de su superficie boscosa entre 1990 y el 2005, año en el cual solo había 22.411 hectáreas en América Central (menos que en el 2000), según el reporte de la Cepal.
Cada año, México ve taladas más de 500.000 hectáreas, mientras que en Guatemala esa cifra supera las 70.000. La deforestación y el cambio de uso de suelo están detrás de esa reducción. En América Latina, ese país centroamericano presenta la mayor proporción de suelo degradado con respecto al total del territorio nacional (51,3%).
Una de las variantes aplicadas para la protección de los ecosistemas es el mecanismo de pago por servicios ambientales, en el cual los habitantes de un bosque lo aprovechan de forma sostenible y reciben un beneficio económico por parte del Estado.
En México, 1,2 millones de hectáreas se encuentran bajo dicha modalidad, en tanto que la meta para el 2012 es contar con 25 millones de hectáreas protegidos de esta manera. Otro caso es el de Belice, país que ha incrementado los incentivos para la forestación.
“El cambio climático requerirá esfuerzos mayores que los desplegados hasta ahora para lograr muchos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio en Centroamérica. En esta región, como en muchas otras, la población más afectada por el cambio climático será también la que afronte con más desventajas los retos de los ODM. Ante tal situación, es urgente tomar en cuenta el fenómeno climático en el esfuerzo por lograr tales objetivos”, menciona el reporte “La economía del cambio climático en Centroamérica”, presentado por la Cepal a finales del 2009.
El documento alerta que “el patrón generalizado de desarrollo y las debilidades en la gestión de riesgo han generado un círculo vicioso de empobrecimiento humano y debilitamiento del medio ambiente”, panorama que se agravará con el avance del cambio climático.
Para Centroamérica, los costos del fenómeno ascenderán a US$103.000 millones para el 2100 –equivalente al 70% del Producto Interno Bruto (PIB)–, mientras que para México serían de US$60.000 millones (6%).
Ese cálculo se refiere a las esferas agropecuarias, recursos hídricos, biodiversidad y sucesos climáticos como huracanes y tormentas tropicales.
“Los sucesos climáticos extremos aumentarán la carga política y financiera de la respuesta a los desastres, pues se espera que los gobiernos mantengan el régimen legal, protejan a los ciudadanos y lleven a cabo la entrega segura de los suministros de ayuda humanitaria mientras se recupera la comunidad”, concluye el informe “Impactos relacionados con el clima en la seguridad nacional en México y Centroamérica”, elaborado por el británico Instituto Real de Servicios Unidos (RUSI)
Ese proyecto, a cargo de Silo Fetzek, contó con la colaboración de la Fundación para el Ecodesarrollo y la Conservación de Guatemala, la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo (CCAD) de El Salvador y el Centro Comunitario de Cambio Climático del Caribe de Belice.
Para Lennox, cuyo primer contacto directo con la realidad centroamericana ocurrió en Guatemala a finales de los años 80, las comunidades pobres cuyos niveles de consumo son bajos pueden ayudar a transitar hacia una economía baja en carbono.
En septiembre próximo, los miembros de la ONU sostendrán una cumbre en Nueva York para analizar la marcha de los ODM y definir una estrategia que facilite el cumplimiento de esas metas en el 2015.
El día después de mañana
El informe de la Cepal sobre el séptimo ODM indica que la región aumentó en un 127,19% la proporción de las áreas terrestres y marinas protegidas.
Además, presenta la experiencia de Panamá, país que ha desarrollado un índice de efectividad de manejo de las áreas protegidas que proporciona información cualitativa y cuantitativa para mejorar la planificación y orientar la toma de decisiones.
Entre el 2001 y el 2008, esa nación reveló el grado de efectividad de la gestión de 36 áreas protegidas de un total de 95. El manejo de las áreas protegidas ha ido mejorando, aunque en el periodo 2001-2007 se mantuvo en un nivel regular y en el 2008 pasó a ser aceptable.
El istmo alberga un 7% de la biodiversidad mundial y la pérdida promedio de ese patrimonio ecológico sería de un 38% en el 2080 a causa del cambio climático. Los países más perjudicados serían Nicaragua, El Salvador y Honduras.
La experta de la Comisión consideró que el tema de la sostenibilidad ha suscitado mayor preocupación y se está convirtiendo en prioritario.
En el 2008, los gobernantes centroamericanos realizaron una cumbre en San Pedro Sula sobre el cambio climático. De ese encuentro emanó la Estrategia Regional Agroambiental y de Salud (ERAS), cuyo objetivo general es “promover un mecanismo intersectorial para la gestión agroambiental, con énfasis en el manejo sostenible de tierras, biodiversidad, variabilidad y cambio climático, negocios agroambientales, espacios y estilos de vida saludables, de manera que contribuya al desarrollo humano sostenible”.
Para Lennox, uno de los retos se relaciona con el manejo del agua, dadas las amenazas que pesan sobre el líquido, especialmente en torno a los niveles de precipitación pluvial y el aprovisionamiento proveniente de los mantos naturales.
La mayoría de informes alerta sobre la ocurrencia de ciclones poderosos y sequías intensas, así como su posible impacto en la producción agrícola, vital para el istmo.
Entre 1930 y el 2008, en Centroamérica tuvieron lugar 248 sucesos asociados a los fenómenos climáticos, como inundaciones, tormentas, deslizamientos, aluviones y sequías.
“México, Guatemala y El Salvador tendrán que lidiar con condiciones de más sequía y precipitaciones más intensas debido a una mayor exposición a estos fenómenos”, prevé el estudio de la Cepal sobre la sostenibilidad, el cual no adelanta si la región cumplirá con las metas del séptimo Objetivo del Milenio.
Los análisis socioeconómicos de los desastres ocurridos durante la temporada de huracanes 2004-2005 indican que estos eventos de naturaleza extrema se superponen a las condiciones sociales previas de vulnerabilidad, como sucedió en Guatemala y El Salvador, según ese documento.
“Los sistemas de administración del agua estarán sometidos a mayor tensión conforme el cambio climático intensifica las tendencias hacia la sequía, lo que provocará una mayor competencia y tensión entre los usuarios del agua a escala nacional y transnacional”, anticipa el análisis de RUSI, organismo no gubernamental especializado en temas de seguridad y cuyo lenguaje pareciera surgir del guión de alguna película futurista al estilo de “El día después de mañana”.
Según el informe, en el sector norte (Belice, Guatemala y Honduras, con la zona de transición a través de Costa Rica) las proyecciones a corto plazo indican que la lluvia disminuirá hasta un 5,5% entre ahora y el 2020. “Una mayor disminución de hasta un 20% se espera antes del 2100. Estos cambios en la precipitación pueden esperarse para la mayoría de los meses del año”, prosigue.
Mientras, en la franja sur de la región –Nicaragua, Costa Rica y Panamá– se espera un aumento de hasta el 10% en lluvias para siete de los 12 meses del año.
La Cepal estima un incremento en la demanda de agua de 12 por ciento para el año 2050 y de 19 por ciento en 2100.
“Además de la presión que ejercerán la expansión urbana y el crecimiento económico, el aumento de la temperatura y la variación de los niveles de precipitación impactarán la demanda y el suministro del líquido”, previene el informe sobre la economía del cambio climático en el istmo, en el cual Guatemala, Honduras y Nicaragua serían los más presionados.
En Mesoamérica, la proporción de la población con acceso a agua potable se incrementó un 16,01%, mientras que la tasa de acceso a servicios de saneamiento saltó un 37,89%, según el reporte de sostenibilidad ambiental de la Cepal.
Las consecuencias del cambio climático obligan a América Central a definir sus propias medidas de mitigación y adaptación al fenómeno.
Un plato más vacío
Uno de los impactos citados especialmente por Lennox y los documentos se vincula a la producción agrícola, específicamente los cultivos de maíz y frijol –básicos en la dieta centroamericana–, en una región castigada recientemente por las alzas en los precios de los alimentos.
“Es una amenaza para la seguridad alimentaria de la región, para los pequeños productores que consumen una parte y venden el excedente”, indicó Lennox.
El estudio de la Cepal sobre el cambio climático indica que el índice agropecuario registraría una merma de aproximadamente un 9% al 2100, en tanto que el rubro pecuario arrojaría una caída del 13%.
Las variaciones en los patrones de las lluvias derivarían en cambios en la cantidad de tierras de cultivo y adecuadas para sembrar alimentos básicos sin irrigación, según el informe de RUSI, que estima bajas de un 10 a un 40% en la producción de arroz, frijol negro y maíz.
“La escasez de alimento en la región, exacerbada por el cambio climático, afectará la salud, la educación y la participación social a escala nacional. En el campo internacional aumentará la competencia entre países que quieran comprar alimento en los mercados mundiales”, cita ese texto.
El 70% de la población y la mayoría de actividades productivas se concentran en la costa del Pacífico centroamericano –tendiente a padecer cada vez más de sequías–, por lo cual esa vertiente quedaría expuesta a una presión mayor.
Mientras, la zona atlántica no experimentaría dificultades en recursos hídricos, pero tendría otras vicisitudes como el elevamiento del nivel del mar, que inundaría varias ciudades.
La situación de las cuencas puede arrojar datos importantes para definir políticas frente a los fenómenos climáticos. Por eso, la Cepal lleva a cabo dos estudios sobre los ríos Lempa y Chixoy, que estarán listos en el transcurso del año.
Los programas de ordenamiento territorial y manejo de zonas costeras despiertan dudas frente a los posibles efectos del cambio climático, pues no se ha frenado la construcción de complejos turísticos en las costas.
Las huellas en las zonas costeras redundarán en incrementos en las inundaciones, erosión de las costas y pérdida de las playas con arena, la salinización de acuíferos y la destrucción de la infraestructura en esas zonas, de acuerdo con el documento de RUSI.
Serían afectadas locaciones como San Pedro Ambergris Caye, Corozal, Dangriga y Placencia, en Belice; Tela, en la costa norte de Honduras; San Salvador, en El Salvador, y Limón, en Costa Rica.
“Centroamérica debe buscar la adaptación sustentable, pero debe enfrentar este tipo de retos. Hay que seguir en la búsqueda de una inversión en las personas de bajos ingresos. Hay que decidir políticas que favorezcan cambios en los sistemas productivos”, recomendó Lennox.
El estudio sobre la economía del cambio climático enfatiza en que “se debe limitar la presión sobre los ecosistemas naturales para mejorar su adaptación, reducir el impacto de los eventos extremos, tomar medidas previsoras de política fiscal, fortalecer los sistemas de ciencia, innovación y desarrollo de tecnología” y enfilar progresivamente hacia una economía baja en carbono.
Las naciones del istmo emiten menos de un 0,5% de las emanaciones mundiales de gases contaminantes. En el periodo 1990-2005, las emisiones de dióxido de carbono (CO2) avanzaron un 19,06%, aunque la tasa per cápita disminuyó un 7,85%.
En ese lapso, Nicaragua fue el país centroamericano con mayor tasa de crecimiento de emisiones, con un 6,59%, seguido por Costa Rica –6,30%– y El Salvador –5,81%–.
Los costos del cambio climático confirman “la importancia de lograr una reducción sustantiva de las emisiones globales a corto plazo para evitar mayores costos”, según la Cepal, que construyó nueve escenarios basados en la subida o bajada del lanzamiento de gases contaminantes a la atmósfera.
“Si no se reducen las emisiones, el panorama será catastrófico. Tarde o temprano, van a tener que bajar”, concluyó la experta canadiense.