Opinion
Fecha de publicación: 2018-03-28

Segunda vuelta en Costa Rica: Diario de viaje en un país lluvioso

 Una reflexión personal camino al balotaje que se disputarán en Costa Rica el candidato oficialista Carlos Alvarado (PAC) y el predicador evangélico Fabricio Alvarado, del partido Restauración Nacional (RN)

Por Daniel Bosque*

Haciendo memoria, hace cinco años no conocía Costa Rica, salvo una escala técnica perdida en el tiempo en el aeropuerto Juan Santamaría, de esas que sirven para decir qué verde es esto y aquí debe llover mucho. Pero en el último lustro, por diversas razones, he vuelto una y otra vez a este “paisito” no tan fácil de atravesar, por sus orografías e infraestructuras, pero tan familiar como que su aleph cabría en un pañuelo.

“Costa Rica es tan pequeña que viene a limpiarla una señora dos veces por semana” es la broma que suelo gastar desde mi omni estima pampeana del Sur. Aunque aprendí a compartirla siempre una vez garantida la dosis de confianza, porque los ticos, me advirtieron de entrada, no gustan de ser frontales, prefieren cobrarte su desagrado con la sutil indiferencia.

He pensado en este rictus por estos días, viendo los streamings, podcasts y youtubes de debates electorales. Aquellos acartonados y tiesos, antes de la primera vuelta, cuando se sacaban diplomáticas chispas los candidatos Antonio Álvarez Desanti y Juan Diego Castro, cuya desopilante historia de antagonismo de barrio me recordaba a mi provincia natal. Y en este balotaje, en el que los dos Alvarado se propinan un tacto y tino que evoca otras épocas. “No estoy de acuerdo don Fabricio, para nada comparto lo suyo don Carlos”, se han dicho por radio y TV, como si se tratase de dos viejos carcamanes. Desde dos imaginarios diversos, la cierta modernidad urbana que vende Carlos Alvarado y el Partido Acción Ciudadana (PAC) y la tradición, familia y propiedad que defiende Fabricio Alvarado y Restauración Nacional (RN).

Es curioso, dos semanas antes de la primera elección del 4 de febrero nadie parecía interesado por la elección. Y de cara al balotaje del 1 de Abril parece difícil hablar de otra cosa.

Desde que conocí, a caballo de Waze y Uber, la cuasi caótica San José, y después valles, bosques y playas he vivido momentos intensos. Entre comidas sabrosas y variopintas, hectolitros de café, ferias de agricultores, avistajes de aves, reptiles, insectos y mamíferos, he percibido en este país que rankea entre los campeones de la felicidad y que saluda con su pura vida, la angustia por una época que se fue y otra incierta que está por venir.

Todo tiempo pasado fue mejor, aquí y en todo el planeta. Había mejor medio ambiente, menos gente, más seguridad, menos impuestos, la vida era más barata, no era tan difícil conseguir un empleo.

Hace tiempo que me dicen que, con lamentos coincidentes y recetas diferentes, que esto no da para más. Que con este déficit fiscal y este tamaño del Estado estamos en el horno, que somos caros, que la droga crece, que decayó la educación, que mirá cuanta corrupción.

A pesar de eso, si uno es sólo un viajero y no la tiene que yugar, el país no derrocha lujos, salvo en Escazú y sus satélites, pero es confortable. Pura vida mae, me dicen en el mercado, la gasolinera y en cualquier lugar. Con mucho gusto me responde el del pan y el que me convida ceviche de corvina. Recuerdo haber chocado, por culpa mía y con un carro que alquilé, a un camión, y que su conductor se bajara del vehículo más preocupado por mi salud que por sus raspones. En Buenos Aires, en Sao Paulo o en México otra hubiese sido la historia.

Hoy hay mucha gente azorada por este “hasta donde hemos llegado” y se siente presa del temor de que se pueda caer más bajo. Y están los que se escandalizan de que un audaz como Fabricio esté donde esté, aunque sepan que forma parte de la ola evangélica de las Américas que viene repartiendo biblias y salmos pop a los desencantados, excluidos o no, del sistema.

Sin olvidarme de la zozobra de los homosexuales, un colectivo respetable, que todavía no han conseguido aquí los plenos derechos que les está dando hoy el mundo y a los que Restauración Nacional amenaza con dejarlos más lejos de sus reivindicaciones.

Es imposible que no te agrade Costa Rica y su gente, aún si viniste en octubre y te cayeron todos los baldazos posibles desde el cielo. Y que no te solidarices con ese sentimiento de paraíso perdido que hoy campea en las siete provincias. Tal vez haga falta un poco más de ánimo, decisión y astucia para poder decir a la postre que siempre que llovió, paró.

* Periodista argentino. Dirige actualmente el diario EnerNews. Trabajó y fue editor de economía y política en prensa escrita, radio y TV de Argentina y España. Ha sido responsable de la comunicación corporativa de Telefónica y Gas Natural Fenosa en América Latina.