Opinion
Fecha de publicación: 2018-03-05

La imperiosa necesidad de cambiar siempre (o cómo darle la razón a Heráclito)

Creemos por lo general entonces que todo el ayer es mejor al hoy, y esa es la razón por la que no cambiamos ni como queremos ni como debemos (en la dimensión espacio-tiempo).

Por Oscar David Rojas Morillo*

Cambia, todo cambia. ¿Cuántas veces hemos oído esa expresión? ¿O mejor aún aquello de que lo único constante es el cambio para ilustrar que nada es igual que antes? y cuidado que eso no lo dijo Einstein, que Albert era realmente muy bueno en muchas cosas pero ni de cerca apicultor, ni filosofo ni psiquiatra ni especialista en cambio ni el responsable de haber dicho cuanta frase peregrina, idea o autoayuda que no ayuda existente en internet y que hay quien las cita con aire intelectualoide atribuyéndole un merito ajeno. La verdad fue Heráclito y su idea de un río que cambia constantemente de donde viene la frase (hace más de 2000 años y desde Grecia).

Pero es cierto, todo cambia y nada es como antes, pero si les pregunto cómo era el antes que ustedes imaginan, casi como un acto reflejo muchos pensarán y responderán que ese antes era mejor que ahora. Y no pretendo discutir en esta columna las razones por las que discrepo de ese pensamiento para no desviarme del tema, pero estoy seguro que el hoy y mañana son y serán mejores que el antes de nuestras vidas (hablo en términos globales amén que me podrían acusar de optimismo crónico). Pero este punto, aunque no profundice, me sirve para revisar la razón de si nosotros aceptamos o al contrario nos resignamos a cambiar ante los estímulos, léase oportunidades o muchas veces amenazas, de un mundo que nos arrastra como si fuera el río que proponía Heráclito.

Luke I`m your father. Creemos por lo general entonces que todo el ayer es mejor al hoy, y esa es la razón por la que no cambiamos ni como queremos ni como debemos (en la dimensión espacio-tiempo). Hay un hecho curioso que nos pasa mucho y no lo sabemos: imaginamos cosas del pasado que no sucedieron nunca, pero hace que ese antes sea más espléndido de lo que realmente fue. Ese fenómeno se conoce como efecto Mandela, que valga la explicación, no lo enunció Nelson Mandela. Este efecto vive en nuestra memoria colectiva y nos hace creer cosas que nunca sucedieron, por ejemplo, aun hoy si se le pregunta a James Earl Jones, la voz detrás de la mascara de Darth Vader si el nombró a Luke para decirle que el malo mas malo del mundo del cine era su padre, le diría bajo juramento perfectamente que sí… como todos nosotros lo pensamos y mas aun, lo recordamos… pero eso no sucedió, él nunca dijo eso, solo dijo I`m your father.¿No me creen? Vean el clip. Así funciona nuestra mente, recompone el pasado y muchas veces para mejor de lo que realmente era. Tener mas recuerdos tristes que alegres deprime sin duda. Por eso los abuelos cuentan la parte buena de las cosas… muchas veces más buenas de lo que eran. ¿Ahora me siguen la idea?

Entre aceptar y resignar. La actitud es una de esas extrañas cosas que somos capaces de detectar con los ojos cerrados en la voz de alguien, incluso si no conocemos a esa persona. La actitud que percibimos inclusive en el andar de alguien nos enseña quién es esa persona, solo caminando muchas veces, como lo hacía en el universo creado por Rubén Blades, Pedro Navaja y su tumba’o que tienen los guapos al caminar en las calles de un Nueva York decadente. Pura actitud. Es química, es física, es feeling, es ángel, es ese no-se-qué que desprende(mos) cuando se está de una manera u otra. La evolución depende de eso, de actitud. Cambiar, que es el primer paso de todo, dependerá abiertamente de si aceptamos (actitud positiva) o nos resignamos (actitud negativa) a ser otros siendo los mismos. Y esta metamorfosis personal suele ser dolorosa pero enriquecedora. Ya lo esbozó Nietzche (y no Conan el bárbaro) en el Ocaso de los Ídolos: lo que no mata nos hace más fuerte.

Ejemplos híbridos. ¿Aceptas –porque lo entiendes- cambiar como empresa porque tu entorno está cambiando y en la vida como en el ajedrez, nadie regala ni espera por nada? Fantástico, eres IBM. El ejemplo paradigmático de cambio a fondo es esta empresa. Si les pregunto a qué se dedica hoy IBM, muchísimos me dirían: ¡a fabricar laptops y PCs!. Pero resulta que desde hace mucho tiempo IBM no fabrica terminales al menos para uso personal (las comercializa Lenovo aunque posiblemente en otro ejemplo del efecto Mandela juremos que hemos visto hace poco terminales del gran azul). Una empresa con casi un siglo de existencia, responsable de la revolución informática en el mundo; de las computadoras que teníamos en el escritorio en la década de los 80’s y 90’s del siglo pasado (no hace mucho); la que cuenta la leyenda, hizo multimillonario a un joven con lentes extra large, ícono de lo que sería un nerd (sin ofender), hoy reconvertido en geek llamado William Henry Gates III, Bill Gates para Microsoft y para el mundo; inventor del cajero automático y con una planilla de I+D tan grande y bien presupuestada que ninguna empresa en EEUU tiene más patentes que ellos (que es mucho decir). Esa empresa se dedica hoy a la consultoría y desarrollo de programas y sistemas para empresas gigantes. Aceptó el envite, vendió su división de computadores, esas que la hizo tan famosa entre la gente y se diversificó y aceleró a fondo el cambio. Nunca se negó, y no solo aceptó cambiar, sino que resultó ser en un momento la fuerza de inercia del mercado que mostró cómo moverse a los demás ante tanta competencia, de los primeros que se, permítanme el palabro, desmonopolizó para ser más y no, aunque suene paradójico, menos.

¿Me tengo que resignar a cambiar aunque se que debo hacerlo? ¿Navego a contracorriente desoyendo todas las señales de peligro? ¿Cambiaré, sí, pero no porque quiero sino porque me obligan? Usted es Kodak. Porque: ¿Cómo se hace para tener en su momento el 80% de penetración del mercado estadounidense, 70% de rentabilidad, con el padre de todos los modelos de negocios como lo es el razor&blade que popularizó Gillete y del que viven prácticamente todas las impresoras de casa del mundo, vender los rollos hasta en las farmacias y aun así no ver venir la fotografía digital? Resignación ante el cambio es la idea que está buscando. Esa y timing. Eastman Kodak Co. se acogió a quiebra en un mundo que había ayudado a crear. Se resistió a la fotografía digital en su momento. Resignado, quiso cambiar, y cuando entró de lleno a este mercado (repleto de actores hábiles, pequeños, asiáticos, económicos, que daban lo que sus clientes querían) el timing les falló. Ya la gente no quería necesariamente una cámara digital Kodak, no por la extensa competencia y nichos generados… ahora la competencia estaba en los teléfonos que traían cámaras, que como todos hemos visto, crecen en megapíxeles a la misma velocidad que la capacidad de procesamiento de los cerebros de utilizan. Fue demasiado para ya una maltrecha Kodak que cambió, pero con resistencia y echada quizá a su suerte y al contrario de IBM, intentó en su momento ahondar en su monopolio, para ser más, cuando en realidad ya eran menos.

La reinvención del ser. No, no es un título sacado de una mohosa biblioteca borgiana de filosofía de corte nihilista al estilo del citado Nietzche. Como hoy estoy en plan de preguntas, venga otra: ¿Cómo podemos ser la mejor versión de nosotros mismos desde el lado del que casi nunca se habla pero que admira tanto: la del esfuerzo para modificar y mejorar aristas de nuestra propia vida? la que derechamente no nos gusta o inclusive, y aquí vienen lo interesante del tema: la que no podemos modificar, aquella con la que hay que bailar siempre y que formará parte del decorado de nuestras vidas por mucho que no nos guste y que tenemos que hacerle ganas para ir hacia delante. La premisa: Adaptarse o morir. ¿Les suena conocida la idea?... fue de Darwin, no de Einstein.

La necesidad humana del cambio I: Un salto de espalda para ir hacia delante. A los ojos del mundo en 1968, más concretamente en México y sus olimpiadas sucedió algo realmente novedoso. Un atleta norteamericano promedio sintió la necesidad de cambiar el statu quo del salto de altura para poder destacar, de lo contrario sería uno del montón. Lo que para nosotros es normal ver cómo se encorvan esos atletas para superar el límite de su elasticidad y potencia física con sus centros de gravedad e inercia en esta ultra especializada competencia no lo era hace 50 años en esas olimpiadas. Los deportistas saltaban hacia delante o de formas que hoy nos resultarían francamente curiosas. El que ganó la medalla de oro maravilló al mundo, Dick Fosbury saltó de espaldas en una compleja maniobra de cinética y biomecánica. El Fosbury flop hoy es la norma pero en su momento no era más que una excentricidad. Dik Fosbury no era Sotomayor, no ganó mucho más que esa medalla, que es muchísimo, pero modificó su techo, su arista con el que no estaba cómodo, y cambió para siempre esa disciplina y lo que es mejor, si querías sobrepasar los 2,30 metros tenías que utilizar el Fosbury flop… y los atletas lo hicieron.


La necesidad humana del cambio II: Un ejemplo pop fascinante. Corría el año 1995 cuando una canción muy extraña que se llama Scatman nos hacía bailar o tararear un coro que no creo que nadie supiera realmente lo que quería decir. Un señor comenzaba a decir silabas sueltas a toda pastilla en ritmo techno. 14 Discos de oro y 18 de platino por ventas y un auténtico éxito rompe discotecas. Lo curioso era que John Paul Larkin a.k.a. Scatman John, cantante, compositor y productor de esta pieza era tartamudo de nacimiento. Por esa tara se refugió en el jazz como pianista para atenuar su defecto vocal y estar cerca de su pasión musical. Sin embargo, y allí viene lo realmente interesante, en el jazz entendió y vio algo que a muchos ojos profanos a este ritmo suele llamar mucho la atención: los jazzistas suelen silabizar en sus bocas las notas o los sonidos que hacen con sus instrumentos. Eso de reproducir oralmente la música en jazz se llama scat. Scatman John ganó millones con su extraño talento para el scating, que no era más que hacer sonidos monosílabos con ritmo (el coro de la canción dice algo así como Ski Ba Bop Ba Dop Bop) y de ese problema y habilidad jazzística hizo una canción que si usted es generación tardia X o de los albores de los millenials lo hizo bailar sin ninguna duda.


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(*) El factor del cambio. La mejor versión de Larkin fue cantando como nadie lo había hecho antes y cambiando las reglas para tener la mejor versión de sí mismo. Fosbury sabía que no era el más talentoso saltador de la historia –de hecho no lo es- pero re-formateó la disciplina. IBM lo vio venir y buscó rápidamente el nuevo nicho y se adaptó a la nueva coyuntura. Kodak le costó tanto que terminó por casi desaparecer.

¿Qué tienen en común tanto los ganadores como los que no pudieron hacerlo? La actitud para cambiar. No cambiamos si solamente nos lo cuentan. No cambiamos porque vemos al vecino hacerlo. Cambiamos cuando finalmente tenemos la actitud para hacerlo (no antes, no después).

No siempre cambiamos porque queremos, porque sabemos el dolor que conlleva o la pérdida entrópica de energía que se desprende, pero ya que el río de Heráclito nos va a llevar si o si (es la vida), mejor que sea con la actitud correcta para nadar en él.

(*) El autor es Consultor y conferencista internacional. Director de RedDart boutique consulting. Especialista en generar valor en las empresas a través de la gestión de innovación, planteamiento estratégico, diseño de modelos de negocios y cambio evolutivo.

Ingeniero mecánico con maestrías de administración de negocios (MBA) y gestión de proyectos (MPM); y con Robótica y Automática Industrial a nivel de doctorado. Está casado con una chapina y tiene un hijo chileno.

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