Opinion
Fecha de publicación: 2017-10-06
Procrastinar es un vicio si está ligado a la productividad, de eso no hay duda alguna; pero no a la creatividad o a buscar horizontes diferentes. (Foto: iStock).

¿Es tan mala palabra Procrastinar? O ¿es mejor tarde que nunca?

La maduración no solo le da carácter al vino, también mejora las ideas.

Por: Óscar Rojas Morillo*

Hay cosas que no pueden esperar. Hay trabajo que suele tener una fecha de entrega o caducidad. De hecho, los procesos, si están bien pensados y diseñados tienen en términos temporales un momento en que se deben realizar. Prácticamente todo debe ser ejecutado no solo en un tiempo finito porque la eternidad gerencial no existe sino porque alguien del otro lado espera, en términos de BPM, ese output para que sea su input en algo, y vuelve la rueda a girar.

Lo que va a leer a continuación más que amable lector lleva un montón de tiempo escribiéndose… en mi mente (y al final entenderá por qué lo digo y lo mucho que me tardé en enviar esta columna) porque la maduración no solo le da carácter al vino, también mejora las ideas.

Cuando retrasarse no es para nada malo. Vamos a dejar claro ciertas cosas para evitar que se me tilde de promotor de no hacer las cosas a tiempo y ser estandarte del para qué hacer hoy las cosas si las podemos hacer mañana. Hay tareas que son del tipo corre que te alcanzo, que son para ya y no admiten dilación. En un mundo muy bien gestionado e ideal no deberían ser la mayoría de las cosas, pero en nuestras oficinas, negocios, salones de clase, casas y vida la verdad es que el apagar fuegos es la constante y no la excepción. Todo es urgente. Y eso entre otras cosas mata -porque literalmente aniquila y rompe- todos los circuitos posibles para pensar de manera creativa o deductiva y encontrar soluciones. Se ejecuta y muchas gracias, nada más. A veces respondemos a una orden, a veces a un ataque de desespero y en esos momentos por lo general trabajamos de manera catatónica y sumamente robotizada para entregar lo que prometimos o lo que otros juraron por nosotros que haríamos incluyendo fecha, lugar y hora para nuestro desespero o indignación (o ambas a la vez).

Pero este no es el caso de este párrafo (ni de la columna en si), porque de experiencias de apagar incendios, todos todos en mayor o menos medida, hemos sido bomberos. Me interesa más ver el otro lado, el que nos cuesta admitir que dejamos pasar el tiempo en pensar algo, simplemente pensar, como si nos sentáramos en un parque a ver la gente caminar, aquel donde ralentizamos -y podemos darnos el lujo de hacerlo- hasta más no poder, con el ánimo (muchas veces inconsciente) de ampliar, asegurar y cotejar datos con formas, ideas extraviadas y peregrinas para hacer match unas con otras e intentar conseguir resultados o ideas grandiosas o que se salen de lo común y que de estar inmersos en la urgencia de un corre que te alcanzo no hubiéramos pensado. Esto va de pensar lento.

Las idas y venidas de una idea (sobre todo si tenemos tiempo para pensar). Estanislao Bachrach, argentino, doctor en Biología molecular, profesor e investigador en Harvard y convertido en escritor best seller de libros de divulgación de neurociencia define que las ideas, hasta convertirse en algo concreto (un libro, un emprendimiento, un código, esta columna) pasan por cinco fases no necesariamente lineales (nada es método en nuestra cabeza, gracias a Dios). Una es la preparación, donde nos planteamos algo, ese no-se-qué que muchas veces ni sabemos para qué servirá o en qué ayudará, eso a lo que Bachrach llama desafio creativo. Son las bases de algo que está por venir. Luego viene la incubación, que es la turbulencia deliciosa de tener ideas en tropel una tras otra, esta etapa puede durar años o segundos en juntar la lumbre para que un chispazo encienda todo. En términos románticos: les hablo de la musa inspiradora. La tercera parte es la luz, el sol después de las nubes: la revelación. El momento Eureka! Que hizo correr según los cuentos a Arquímedes de Siracusa desnudo por la calle envuelto en la emoción de haber encontrado en su cabeza la pieza del rompecabezas que le faltaba a un problema de hidrostática. Este es el momento en que todo cuadra, que lo “vemos” u “oímos” en el aire. Es la nota de la melodía que faltaba, es el texto o la idea en la que girará todo el argumento. Es el chispazo en sí mismo. Luego dos fases más pasada la vorágine creativa… la evaluación de qué tan buena es la idea y finalmente la que emplea más sudor que inspiración, la elaboración de dicha idea que puede llevar años y mucho esfuerzo y dedicación de nuestra parte.

Vengo dándole vueltas a una idea. ¿Han oído de alguien esa expresión? Cambien idea por negocio o proyecto o proceso o lo que gusten y el resultado invariablemente será el mismo… el emisor está tomando aire creativo y eso lleva su tiempo, está en pausa para ver todos los ángulos y masticar mejor lo que en su mente se gesta: lo que compara, lo que suma de manera desquiciada pero hermosa, lo que asocia y lo que desafía. Hagan silencio, alguien está incubando una idea. Hay muchos ejemplos de genios tardíos, de los más interesantes para mi, está el de Joseph Conrad, el escritor polaco que publicó por primera vez a los 37 años y no solo eso, en inglés, que lo había aprendido como cuarta lengua después de su natal polaco, del ruso de la dominación y del francés como lingua franca de la época y con una soltura y prosa impresionante para un cuarto idioma aprendido solo en 17 años. Como siempre hay un cinéfilo entre ustedes amables lectores, valga decir que la gigantesca, brillante y brutal Apocalypse Now! de 1979 de Fracis Ford Coppola se basa en un texto de este lento escritor polaco (The Heart of Darkness, sobre un viaje al Congo y la barbarie que vio). Y solo como otro ejemplo de personas que se lo pensaron y mucho antes de comenzar, otro escritor: José Saramago ganó el Nobel de literatura solo 16 años después de haber comenzado a escribir a los 60 años!!!

La maduración de una idea muchas veces es más que la idea en sí misma. En el párrafo anterior me basé en escritores tardíos que fueron famosos luego de pensar, leer, criticar y madurar mucho su idea o estilo y solo después se aventuraron a publicar. Podríamos escribir de muchos ejemplos que en su madurez cronológica fueron unos novatos muy especiales. La razón es la multilateralidad con que se van armando sus cerebros, el cruce de información, la experiencia, reflexión y desinhibición para proponer estilos o argumentos altamente novedosos. Esta idea es trasladable inclusive al mito hoy ya desarbolado que los reales emprendedores se gestan al calor de una juventud rebelde. Hay que admitir que existe inclinación y relación entre la idea y la edad para determinado tipo de emprendimiento, por ejemplo: una aplicación muy millennial es más que probable que la diseñe alguien de esa generación, como muestra Nick D’Aloisio, que hasta hace poco iba al colegio y ya es millonario por el desarrollo de Summly (a sus 17 años); pero por ejemplo Twitter fue fundada por chicos que pasaban la treintena (Evan Williams tenía 35 por ejemplo) y Arianna Huffington fundó a los 54 años de edad uno de los diarios online más importantes de Estados Unidos, The Huffington Post. Si se trata de tecnología, es muy difícil encontrar startups o emprendimientos juveniles sobre negocios, fintech o biotecnología en la que sus fundadores no sólo hayan recopilado la más infinita gama de experiencias y conocimientos, sino que hayan esperado pacientemente el momento de soltar la rama en donde se mecían y buscar otra más lejana con la procrastinación necesaria para hacer de esa idea algo sostenible y exitosa en el tiempo.

El retrato de Lisa Gherardini. En 1503 se inició a trazar uno de los cuadros más famosos, enigmáticos y celebrados del mundo hasta el día de hoy. En una madera de álamo un tal Leonardo da Vinci comenzó a pintar a la esposa de Francesco del Giocondo, de allí que uno de sus nombres sea La Gioconda o la Mona (señora en italiano antiguo) Lisa. Terminó posiblemente en 1519 en el año de su muerte. 16 años haciéndola, en ese tiempo Leonardo pudo pulir y experimentar en el medio con cuadros tan influyentes como La virgen de las Rocas (1506), la Sagrada Familia (1508-10) y el fantasmal San Juan Bautista (1513-16), de mis favoritos. Amplió su conocimiento, maduró y pensó/aplicó/mejoró la idea del sfumato en esa obra y de las formas humanas (no olviden que Leonardo era también anatomista). Considerando todo lo que tardó hizo una obra maestra, mesurada y sumando y sumando ideas y técnicas que solo eran posibles con el tiempo. Pero la verdad no creo que se haya tardado, sencillamente estaba pensando mejor las cosas.

El cristal con que se ven las cosas. Hay una expresión que define a las empresas que superan el billón de dólares de valoración. Le dicen unicornios. Ahora suponga que esas empresas viven en un exclusivísimo vecindario. Pues en ese lugar donde vive Google, Palantir, Uber, Tesla y Facebook hay desde no hace mucho un new kids on the block al cual me gustaría referirme porque es exactamente lo contrario de lo que imaginaríamos como se gesta una startup exitoso y más aún, de jóvenes que se la juegan a todo o nada. Me refiero a Warby Parker. La empresa que vende lentes y le sacudió todo lo que se llama mundo a Luxottica, la empresa italiana que domina el 80%, léase bien, el 80% de los lentes de graduación o sol que se venden en el mundo. Si usted tiene lentes es posible que sea de una marca de ellos salvo que potencialmente los haya comprado en el site de los chicos de Warby Parker.

Cuatro amigos estudiantes con ideas de cómo romper el mercado casi monopólico de Luxottica, y sobre todo de los precios, puesto que a uno de ellos que usaba lentes se le habían roto y no tenía dinero (como el 97% mínimo de los estudiantes del mundo) para comprarse unos nuevos. Cuento corto: un semestre sentado en primera fila para ver qué escribían sus profesores hasta tener el dinero. Pero esa necesidad no fue rabia, sino fue pensamiento. Ya sabían de Zappos y su venta de zapatos en línea. Pero aun así no hicieron nada a lo loco, inclusive, estaban trabajando y tenían un plan B por si todo salía mal en el negocio de vender lentes en línea, donde la tasa de devolución podría ser elevadísima porque al fin de cuentas: ¿Cómo se miden unas gafas en línea para asegurarnos que nos quedarán bien? Un software de prueba por aquí, una página web sin complicaciones para el cliente (hoy llamado UX) y voilà! Después de mucho pensarlo, repensarlo, procastinar, sentir miedo y buscar alternativas hoy tenemos esta startup ya unicornio que no solo vende lentes a un precio muy inferior a su competencia, sino que además dona un par de lentes a zonas y personas en pobreza que lo necesitan por cada compra (no solo simpáticos sino también comprometidos ¿alguna cosa más?). No había un genio informático ni un chico prodigio, porque seamos claros: Sheldon Cooper no salvará al mundo, pero había algo que tenían estos cuatro amigos que se demostraron sin darse cuenta pero que hoy, Adam Grant, el niño consentido de Wharton explica: para ser mejores y originales no hay que ser los primeros sino mejores que los que fueron antes…y eso se logra procrastinando un poco para tener la paciencia de ver el espacio de innovación.

La Lección. Procrastinar es un vicio si está ligado a la productividad, de eso no hay duda alguna pero no a la creatividad o a buscar horizontes diferentes. No tiene que ser un genio, solo darse su tiempo de incubación si no debe salir a apagar un incendio. Si su caso es el segundo, en algún momento, de alguna manera, por favor, tómese un respiro y relájese, siéntese en un parque, no se preocupe, ya vendrá una mejor idea. Suele ser así. Si le da tiempo desde luego.

*Cocinero por pasión. Profesor universitario, consultor y conferencista internacional e Ingeniero mecánico de profesión, es además director ejecutivo en The Learning Group (www.thelearningroup.com). Entre sus estudios cuenta con maestrías de administración de negocios (MBA) y gestión de proyectos (MPM); y con Robótica y Automática Industrial a nivel de doctorado. Agitador tecnológico y admirador del talento humano y de los sueños que conllevan los procesos creativos, cree en la innovación como llave de cambio a todo nivel. Está casado con una chapina y tiene un hijo chileno.

Pueden comunicarse con Oscar para comentar esta o cualquiera de sus columnas a su correo electrónico oscarrojasmorillo@gmail.com

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