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Opinion
Fecha de publicación: 2017-01-31

La lógica de las caricias (para las empresas) 

La ausencia de las caricias positivas más temprano que tarde terminaran siendo toxicidad pura para quien las inhale (¿o no se han dado cuenta que hay salas de reunión u espacios de trabajo que es imposible respirar?).

Por: Óscar Rojas Morillo*

Ya les he hablado de mi abuela en otras oportunidades. Me marcó mucho cómo una señora sin estudios me empujó tanto a estudiar, cosa que creo que hizo con mucho énfasis y ahínco especialmente en mi hermano y en mí, y no en todos mis primos, que éramos muchos y todos contemporáneos. Sin restarle un ápice al empuje e ilusión de mi mamá, siempre preocupada por que leyera y lo hiciera mucho; o a mi papá y su extensa biblioteca que devoraba mientras mi hermano, igual de ingeniero mecánico que yo armaba y desarmaba cosas en el taller del viejo; yo adoraba que mi abuela me cantara mientras colaba el café en la cocina, que tarareara y bailara melodías que yo iba aprendiendo y que terminábamos cantando y danzando (hoy la artrosis de sus 94 años no lo permitiría) boleros y chachachás exquisitos del año del cataplum!, y aun así aun los recuerdo. Esas mismas canciones me ayudaron en su momento para rimar mis primeras letras de amor en las cartas que enviaba a jovencitas en el colegio, pero sobre todo, como lo describo en mi artículo La Cama del Miedo (publicado aquí también) la sapiencia de la abuela la sigo aplicando en situaciones muy disimiles a las que fueron recibidas (¡así de universales son!), y claro, muchas de estas venían también en forma de canciones y buñuelos fritos con azúcar espolvoreada. Ya verán por qué.

El roce hace el cariño

Todos buscamos de alguna manera reconocimiento, admitámoslo de una vez. No nos hagamos los Rambo que no necesitamos nada y estando solos estamos bien. Jason Bourne, el amnésico espía persigue básicamente eso, que lo vuelvan a querer y valorar. Llevemos esto al plano laboral y les pido por caridad olvidemos las frases tipo: yo no vine a hacer amigos a la oficina (respóndase por favor: ¿quién va a la oficina a hacer enemigos?). Otra: Yo vengo, hago mi trabajo, que para eso me pagan y me voy a casa (de nuevo: ¿y si hace su trabajo con amor quizá no estaría mejor hecho y usted más motivado?). ¿Sabe lo que sucede? No le están dando cariño desde el punto de vista de la teoría del análisis transaccional, y aunque suene a reguetón intelectual y alegórico, es cierto. Eric Berne propuso esta teoría en las relaciones humanas al darse cuenta que no podemos, desde que nacemos estar solos, o desarrollarnos siquiera, sin estímulos de los demás (entiéndase, del entorno). Que es cierto que necesitamos agua, aire, alimentos y ropa para vivir, pero que no nos desarrollamos si no se nos estimula apropiadamente. Berne se refiere a estos estímulos como caricias (positivas y negativas) y traza una idea que para mí es una ley, que dice que si no tenemos lo que necesitamos, lo buscamos inconscientemente, así sea de manera negativa para contar con la atención de la personas que adolecemos de su vista, palabras o atención. Tres ejemplos clásicos: (i) En la oficina es de la personas que de un día a otro pasa de ser estrella a uno más, o peor, a uno menos. Es lo que llamamos un working dead. Y pensar que él no era así, no contratamos a un zombi trabajador. Llega tarde, no entrega sus responsabilidades a tiempo, se pelea o comienza a no socializar como antes. (ii) Uno personal para variar: mi adolescencia fue un poco rebelde por desafiar todo lo que pudiera desde la razón (o eso pensaba yo). ¿Mi viejo no me oía mucho lo que le tenía que decir? Sin problema, me hice presidente de la clase y fui el abogado de todos los mal portados del salón. Lo hacía, ahora lo sé, para que alguien me oyera, en este caso el cura director, y me peleaba con él alegando que no nos daban libertad para crear nuestros propios espacios y que el sistema era una desgracia por lo anacrónico que resultaba y lo poco que daba para el desarrollo creativo de nuestras mentes con respecto a la modernidad (modernidad en ese momento era que en algún lugar del mundo había un teléfono celular… imagínense que hubiera podido alegar hoy). Respuesta feroz y reiterativa: a la casa expulsado por alebrestado e insurgente. (iii) Una de ciencia ficción. Obi Wan Kenobi, un jedi de pro fue el maestro del padowan más poderoso de su época, un tal Anakin Skywalker. Este último, joven, apuesto y con un pasado de dolor familiar no recibió las caricias que buscaba desde siempre de su maestro, que idolatraba pero que no entendía (eso y Natalie Portman también ayudó), ¿qué sucedió? La construcción de la estrella de la muerte, tres películas más y Darth Vader en el lado oscuro. Y una pregunta en el aire: ¿qué le sucedió a Anakin si era tan bueno?

El corazón del asunto

Si Bernees el padre de la teoría del análisis transaccional, un discípulo suyo (ojo que Berne a su vez era discípulo de Freud, así que la que cosa venía con linaje) Claude Steiner propuso en su libro The heart of the matter, que es una delicia leerlo, lo que hoy se conoce como la economía de las caricias basado precisamente en la manera en que interactúan dichas caricias en nuestro desarrollo como personas en todo ámbito. Como todo sistema económico que se precie tiene leyes que con vuestro permiso se las cuento sucintamente con ánimo de autoevaluación y espíritu de geolocalización personal.

Comencemos por la ley de la escasez de caricias y un breve ejemplo para la gestión de equipos de trabajo entre paréntesis y en cursiva para su mejor entendimiento: (i) No des las caricias positivas que corresponden (Por qué le voy a felicitar, si para eso se le paga). (ii) No aceptes las caricias positivas que merezcas (No me merezco lo que dicen de mi) (iii) No pidas las caricias positivas que necesites (Soy una persona fuerte, puedo seguir adelante solo). (iv) No te des las caricias positivas a ti mismo (Si no me animo yo, ¿quién?). (v) No rechaces las caricias negativas destructora (me regañan porque lo están haciendo por mi bien, o peor aún: el que te quiere te aporrea, que no es más que una variante del cada vez más extendido síndrome de Estocolmo laboral).

Por otra parte, la ley de la abundancia de caricias sería de la siguiente manera, siempre siguiendo la lógica anterior: (i) Da abundantes caricias positivas cuando corresponda (Qué buen trabajo estás haciendo! Muchas gracias!). (ii) Acepta las caricias positivas que mereces (Se nota el esfuerzo, sigue adelante). (iii) Pide las caricias positivas que necesitas (¿Quién me ayuda con esto para sacarlo mejor?). (iv) Date caricias positivas a ti mismo (Me merezco descansar sin culpa alguna). (v) No aceptes caricias negativas destructoras (si es una crítica destructiva ni caso).

Las caricias (y su impacto) en las organizaciones.

La ausencia de las caricias positivas más temprano que tarde terminaran siendo toxicidad pura para quien las inhale (¿o no se han dado cuenta que hay salas de reunión u espacios de trabajo que es imposible respirar?). Un liderazgo que se base en caricias negativas o en escasez suele llegar a insultos, falta de seguridad, humillación… miedo. No confundamos coaching con Bullying por favor, no pensemos que apretando hasta el límite -si no sale sangre no es foul- y utilizando caricias negativas vamos a conseguir a largo tiempo todo lo que quizá en un momento (inmediatez por desespero) un equipo de personas serán capaces de hacer. Eso sería meterle combustible de avión a un motor de cuatro cilindros. Correrá mucho pero ya para mañana no tendremos motor porque lo fundiremos. Las personas proclives a esto generan ante sus ojos y los de sus superiores el espejismo de la eficiencia a corto plazo, inclusive se hacen tiranos y déspotas ante sus equipos, y para sus jefes son lo máximo dando fuete, y eso a muchos les agrada, pero claro, esa no es la idea ni es bueno.

En contraposición, las personas si sienten que son oídas y atendidas y que cuando buscan caricias las consiguen en su justa medida comienzan a generar raíces profundas de sinergias y confianza, de la confianza en el otro viene el compromiso, el yo hago mi trabajo con el mayor esfuerzo porque no puedo defraudar la confianza que tienen en mí, y de allí ya podríamos ver de cerca la calidad y la excelencia en todo lo que hagamos. Comienza a crecer la creatividad y la innovación y como dice Peter Senge, generamos conocimiento y mecánicas internas fantásticas en forma de inercias positivas.

Entre la pena y la nada

Está claro que si no logramos las caricias o los estímulos que necesitamos para crecer los buscamos de la manera que sea. De nosotros queda o pedirlos a la buena o hacer exactamente lo contrario y hacer como el empleado estrella que es ahora un working dead y lo hace porque llama la atención de sus jefes desde su ausencia; o del muchacho que queriendo decirle a su papá que tenía mucho que hablar se hacía castigar por el colegio para que lo vieran en casa (cambio regaño por el que no me ignores); o por Anakin, que al sentirse incomprendido hizo exactamente lo que le dijeron que no hiciera y se peleó con su maestro.

El nobel William Faulkner en la novela Palmeras Salvajes deja una ilustración profunda e intelectual de lo que busco en esta columna: “entre la pena y la nada, elijo la pena. Necesitamos ser considerados aunque esto nos cause dolor.

Mi abuela me cantaba, y ahora lo entiendo en su extensión, un bolero peruano que en voz de Julio Jaramillo es visita obligada de cualquier serenata que se precie. En el se plantea el desamor de ser olvidado y con ello ignorado hasta los huesos. ¿Qué pide el poeta? Que lo odien con rabia porque prefiere una caricia negativa (o una pena) a la inmensa nada que sirve de poco. Seamos humanos y cumplamos con el precepto bíblico más básico, profundo y simple de todos, y es ley de convivencia y ahora que lo sabemos, también de desarrollo de personas: trata a tus semejantes como quieren que te traten a ti, así creceremos.

Mientras reflexionamos en ello, permítanme viajar en mi mente y ver a mi abuela que me baila y me canta desde la cocina el bolero que dice así…

Ódiame por piedad yo te lo pido

Ódiame sin medida ni clemencia

Odio quiero más que indiferencia…

*Cocinero por pasión, Profesor universitario y conferencista internacional e Ingeniero mecánico de profesión. Entre sus estudios cuenta con maestrías de administración de negocios (MBA) y gestión de proyectos (MPM); y con Robótica y Automática Industrial a nivel de doctorado. Agitador tecnológico y admirador del talento humano y de los sueños que conllevan los procesos creativos, cree en la innovación como llave de cambio a todo nivel. Está casado con una chapina y tiene un hijo chileno.

Pueden comunicarse con Oscar para comentar esta o cualquiera de sus columnas a su correo electrónico oscarrojasmorillo@gmail.com o a @oscarrojas13 en twitter.

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