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Abandono oficialista y falta de democracia en Costa Rica

Miércoles 12 de marzo, 2014.
 
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Carlos Malamud

Más que de valentía y comprensión habría que haber hablado de la falta de responsabilidad democrática del ex alcalde de San José (Johnny Araya). Su actitud busca deslegitimar la elección y rebajar el apoyo popular que podría obtener Luis Guillermo Solís.

 

Por: Carlos Malamud (*)

Pese a su dilatada historia democrática Costa Rica es un país con limitados éxitos olímpicos. De hecho sólo ha obtenido cuatro medallas en los Juegos, todas en natación femenina. Por eso no es de extrañar que con ocasión de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, que deberán sustanciarse el próximo 6 de abril, no pueda aplicarse la famosa frase de Ethelbert Talbot generalmente atribuida a Pierre de Coubertin de que “Lo importante no es vencer, sino participar”.

Sin ningún sentimiento olímpico y escasos valores democráticos el candidato del oficialista Partido Liberación Nacional (PLN) Johnny Araya se ha tirado a la piscina, en la mejor tradición nacional, y ha renunciado a participar en los próximos comicios. Los argumentos esgrimidos (deseo de cambio de los costarricenses tras ocho años de gobierno del PLN, resultado cantado, gasto excesivo de la campaña) son bastante confusos y no van al fondo de la cuestión. Pese a ello hace un llamado a la sensatez al argumentar que “ahora más que nunca hay que sopesar los elementos de la realidad y actuar… La campaña hacia la segunda ronda se presenta muy difícil y llena de obstáculos”.

No es casual que la decisión de no implicarse en la campaña haya coincidido con la publicación de las primeras encuestas que vaticinan un rotundo triunfo de Luis Guillermo Solís, candidato del Partido Acción Ciudadana (PAC), con un 64,4% de intención de voto frente al 20,9% de Araya. En la reciente experiencia de la democracia latinoamericana no abundan ejemplos similares. El más publicitado de los últimos años fue protagonizado por Carlos Menem, quien en 2003 declinó presentarse a una segunda vuelta ya perdida frente a Néstor Kirchner. Finalmente Kirchner triunfó con un porcentaje muy escaso de votos, lo que minó su legitimidad de origen, aunque pudo desarrollar un gobierno exitoso.

La decisión de Araya es una afrenta a la democracia costarricense. Sorprende el pronunciamiento de muchos políticos respaldando o disculpando su conducta. El ex candidato del Movimiento Libertario Otto Guevara comprendió los motivos de Araya basándose en la imposibilidad de que triunfara “un proyecto político que era una extensión del gobierno de Laura Chinchilla”. El ex presidente Rafael Calderón (1990-1994) fue más lejos al manifestar que él “hubiera hecho lo mismo” dado el deseo de cambio imperante. Inclusive José María Villalta, del Frente Amplio (FA), que a lo largo de la campaña por la primera vuelta debió soportar acusaciones de “chavista”, le reconoció “a don Johnny la valentía para aceptar la realidad que le ahorra gasto de recursos al partido y evita un desgaste en una campaña política agresiva”.

“No es de extrañar que con ocasión de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, que deberán sustanciarse el próximo 6 de abril, no pueda aplicarse la famosa frase de Ethelbert Talbot generalmente atribuida a Pierre de Coubertin de que “Lo importante no es vencer, sino participar”.

El dos veces ex presidente Oscar Arias, que forzó al máximo la interpretación de la Constitución para poder ser reelegido, también se mostró complaciente: “Se puede esperar que haya gente muy desilusionada, triste, que posiblemente no esperaba esta decisión. Evidentemente, don Johnny no le ha podido consultar a todos los dirigentes sobre la decisión que iba a tomar. Para muchos ha sido una sorpresa y lo es para mí también”.

Lo que más llama la atención de una iniciativa semejante es que la haya impulsado el partido gubernamental, y más cuando constitucionalmente es imposible renunciar a la candidatura y la segunda vuelta debe celebrarse obligatoriamente con los dos candidatos más votados en la primera. El argumento del gasto excesivo y la campaña política agresiva es muy fácil de desmontar. En realidad habría bastado con una actividad de bajo perfil. El deseo de cambio de los costarricenses se veía venir desde hace tiempo. Por eso no se entiende la decisión de Araya, después de todo el capital político invertido para ser candidato de su partido y presentarse a la primera vuelta, aunque su espantada coincida con una encuesta que vaticina una probable y abultada derrota.

Más que de valentía y comprensión habría que haber hablado de la falta de responsabilidad democrática del ex alcalde de San José. Su actitud busca deslegitimar la elección y rebajar el apoyo popular que podría obtener Luis Guillermo Solís. Por eso no es de extrañar que el aparentemente mayor beneficiado, que ya tiene prácticamente asegurada la presidencia, sea el más contrariado por la decisión de su rival.

De ahí la contundencia de sus palabras al insistir en que “la contienda no ha terminado”: “Me siento sumamente honrado de que algunas personas piensen que ya soy el presidente electo, pero les digo que no lo soy porque para eso necesito el voto”. Continuó afirmando que las próximas elecciones no son “un mero formalismo o un mero trámite”, sino “el acto supremo democrático”, sin el cual un mandato “no estará legitimado de la manera adecuada”.

Solís llegó a la segunda vuelta contra todo pronóstico, ya que prácticamente ninguna encuesta lo incluía entre los dos candidatos más votados, aunque en las semanas previas a la elección su apoyo no dejó de crecer. Un fenómeno similar se podía observar en las redes sociales, donde hubo una importante movilización en favor del candidato del PAC, contra la corrupción política y en defensa de algunas libertades individuales que el PLN desconocía debido a sus compromisos religiosos. Pese a su triunfo en la primera vuelta, Solís es sumamente débil en el Parlamento, donde cuenta con un bloque minoritario.

La actitud del PLN puede deberse a motivaciones políticas, ya que un gobierno debilitado del PAC que no siente las bases de una profunda reforma de las instituciones costarricenses podría facilitar su retorno al poder dentro de cuatro años. No sabemos si con Araya o sin Araya, pero seguro que lo volverán a intentar y están en su legítimo derecho de hacerlo, aunque no al precio de deslegitimar a la que hasta ahora era una de las más avanzadas democracias de América Latina.

 

 

(*) Catedrático de Historia de América de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), de España e Investigador Principal para América Latina y la Comunidad Iberoamericana del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos.

 

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