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No es un abismo fiscal, son cuatro

Martes 8 de enero, 2013.
 

 

El debate por el “abismo fiscal” en Estados Unidos, dejó una buena noticia y una mala. La buena es que el abismo se conjuró, la mala es que ésa fue sólo la primera de cuatro duras batallas que se vienen.

Por: Jorge Suárez Vélez – Socio fundador de SP Family Office.

Algo que hace particularmente relevante la disputa por el abismo fiscal en los Estados Unidos es el hecho de que, en el fondo, se está dirimiendo sobre uno u otro modelo de país.

Siendo simplistas, los republicanos creen que el gran déficit fiscal se generó porque el estado es demasiado grande y que, por ello, se gasta demasiado. Los demócratas creen que el problema proviene de que la recolección de impuestos no es suficiente porque los “ricos” y las empresas no pagan lo que deberían. Los republicanos creen que los programas sociales como Medicare (seguro médico para mayores de 65 años), Medicaid (seguro médico para gente pobre), pensiones de Seguro Social, pensiones para veteranos, etcétera, son insostenibles y tienen que ser revisados. Los demócratas creen que son derechos ya adquiridos que no admiten modificación alguna. Ambas plataformas están plagadas de contradicciones.

Los republicanos creen que el gasto público es excesivo, pero se rehúsan a reducir el colosal, inflado e ineficiente gasto militar; los demócratas creen que los programas sociales son sagrados, pero ignoran el hecho de que con toda certeza al estado no le alcanzará para cubrirlos cuando la población envejezca, independientemente de cuánto suban los impuestos.

Empecemos por el principio. Si bien el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos puede emitir deuda pública, la ley estadounidense establece que el poder legislativo autoriza el límite máximo de deuda que puede ser contraída por el gobierno. El llamado “abismo fiscal” fue un proceso que el propio gobierno estadounidense generó cuando en 2011 no llegaban a un acuerdo sobre qué impuestos aumentar y cuáles gastos recortar para que Estados Unidos volviera a la senda de la disciplina fiscal, después de haber saqueado las arcas federales para el colosal rescate a bancos, empresas automotrices, estados, municipalidades y demás beneficiarios de la generosidad gubernamental después de la crisis de 2008.

Para aumentar el “techo de endeudamiento”, el gobierno se autoimpuso una enorme sanción potencial, el famoso “abismo fiscal”, que reventaría el primer día de 2013. A no ser que se llegara a un acuerdo sobre cómo sanear las finanzas públicas, se dejaría que el primero de enero de este año expirara la reducción a la tasa de impuesto sobre la renta de los individuos que estableció George W. Bush en 2001 y 2003 en forma temporal (cuando buscaba estimular a la economía después de que reventó la burbuja de las “dot com”).

Adicionalmente, se establecía un “embargo” del gasto público en el cual se harían recortes automáticos en los presupuestos de alrededor de mil agencias y programas estatales, la mitad del recorte total provendría de reducciones al gasto militar (así se estableció, intencionalmente, para que la reducción automática de gasto le doliera también a los republicanos). Entre aumentos a impuestos y recortes al gasto, el déficit fiscal estadounidense se hubiera reducido en alrededor de 560 mil millones de dólares al año. Hacer esto de golpe hubiera garantizado una nueva recesión, al sacarle casi 4% a la economía del país que se espera crezca sólo alrededor de 2% en 2013.

En las primeras horas de este año, los legisladores estadounidenses lograron un acuerdo para permitir que la reducción temporal de impuestos expirara sólo para aquellos individuos que ganan más de US$ 400.000 al año (o familias que ganan más de US$450.000), volviéndose permanente para quienes ganan menos que esa cantidad. En el pacto, se acordó también posponer por dos meses el “embargo” al gasto público. Por ello, la segunda batalla de esta guerra ya tiene fecha, y ésta está programada para el primero de marzo, y promete ser mucho más encarnizada que la primera.

Esto se debe a que en la batalla que acaba de ocurrir, el presidente Barack Obama y los demócratas tenían una mucho mejor posición para negociar. La ausencia de un acuerdo provocaría un aumento automático de impuestos y una reducción del gasto público que en conjunto generarían una recesión de la cual se culparía a la “intransigencia republicana” en la cámara baja, bajo su control. Pero, la negociación reciente finalmente hizo que la reducción temporal de tasas impositivas que hizo Bush sea permanente para 99.5% de la población estadounidense. Los demócratas se han quedado sin la posibilidad de utilizar la expiración de ésta como amenaza latente.

Ahora, los republicanos esperan que los demócratas sean quienes cedan, accediendo a recortes en gasto y reformas a los programas sociales, para evitar el embargo. Sienten que al haber estado de acuerdo con un aumento de impuestos, el primero aprobado por una cámara bajo control republicano en más de 20 años, ya hicieron su parte. Ciertamente, esa aprobación les está costando sangre con su base más dura, y particularmente con los miembros del “Partido del Té”.

Pero, quizá haya otra batalla antes del primero de marzo. Ésta se debe a que el nuevo techo de endeudamiento de 16,394 millones de millones de dólares ha sido rebasado, según admitió el propio Secretario del Tesoro Tim Geithner la semana pasada. El Tesoro tiene facultades para emitir deuda por alrededor de 200 mil millones de dólares por “medidas extraordinarias”, lo cual les da un par de meses de margen antes de que la hoja de la guillotina caiga.

En estricto sentido, el incrementar el límite de endeudamiento no es un permiso para que el gobierno gaste más, sino simplemente el reconocimiento de que para pagar lo que ya se gastó es a veces necesario “aumentar el límite de la tarjeta de crédito”. Sin embargo, los republicanos están resentidos porque en la reciente negociación la inmovilidad les afectaba pues ésta provocaba aumentos automáticos de impuestos para todos. Ahora, una potencial falta de acuerdo le duele más a los demócratas, pues muchos programas públicos resultarían afectados (aunque, como dije antes, la parte militar afecte más a la base republicana).

Por último, la cuarta batalla viene porque el 27 de marzo se vence la “resolución de continuidad” establecida por seis meses en septiembre de 2011. Ésta proveyó al gobierno con los recursos necesarios para agencias programas y servicios federales, e incluso para poder hacer frente a emergencias y desastres naturales, pues el gobierno de Obama ha sido incapaz de lograr la aprobación de un presupuesto en tres años (en el último intento, el 16 de mayo de 2012, el senado de mayoría demócrata votó unánimemente en contra de la propuesta del presidente, cuya iniciativa de presupuesto para 2013 recibió cero votos a favor y 99 en contra, para el presupuesto de 2012 el resultado fue cero a favor y 97 en contra).

De no lograrse una nueva resolución, todas las agencias y servicios no esenciales del gobierno tendrían que suspender sus funciones después de esa fecha. Eso es algo que ocurrió dos veces en el gobierno de Bill Clinton, ante las confrontaciones que tuvo con la Cámara de Representantes republicana cuando Newt Gingrich era su líder. En la opinión de este último, parte del éxito fiscal de la administración de Clinton se debió a la férrea oposición republicana a mayor gasto público, la cual llevó a que el presidente eventualmente declarara que “los días del gobierno grande habían llegado a su fin”.

El presidente Obama declaró que no habrá negociación alguna para incrementar el techo de endeudamiento. En el extremo, hay quienes creen que el presidente podría acogerse a la 14ª enmienda de la constitución que, interpretada en forma “amplia”, le permitiría declarar inconstitucional el que el congreso se rehusara a proveerle con los recursos para pagar la deuda. Este argumento legal es, en mi humilde opinión, endeble porque lo que se está impidiendo no es que el gobierno pague la deuda sino que se siga endeudando. El gobierno tiene que hacer pagos de intereses sobre la deuda existente por alrededor de 300 mil millones de dólares en el año, y tiene ingresos por recaudación fiscal equivalentes a alrededor de ocho veces ese. Siempre está en la posibilidad de reasignar el gasto privilegiando el pago de la deuda, si esa es su prioridad.

Pero, sin duda, ese sería el argumento en contra de la Cámara de Representantes de mayoría republicana, si no se aprueba el aumento en el techo de endeudamiento.

Por ello, la posición más inteligente de los republicanos quizá sería concentrar su capital político en las otras dos batallas, amenazando con dejar que el “embargo” en el gasto público ocurra, y rechazando aprobar una nueva resolución de continuidad, forzando al cierre del gobierno federal, a no ser que obtengan promesas de reducción en gasto público que sean suficientes. Pero no hay evidencia en las negociaciones recientes de que los republicanos van a asumir una posición negociadora inteligente.

De hecho, cometieron un error garrafal, en mi opinión, al no apoyar al líder de la mayoría republicana en la cámara baja, John Boehner, cuando trató de que los representantes republicanos pasaran una iniciativa que limitaría el aumento de impuestos a quienes ganan más de un millón de dólares. Pasarla hubiera puesto a Obama contra la pared. Al no hacerlo, el límite se estableció simplemente en 400 mil dólares, afectando a un porcentaje mayor de la población con el incremento.

Parece un hecho que lo que acabamos de ver será sólo un tímida riña, relativa al tamaño de la brutal bronca que se avecina. Desafortunadamente, ésta retrasará cualquier discusión legislativa sobre la reforma migratoria, cuya aprobación parecía inminente; y, también, la posible negociación sobre la reanudación de la ley que prohibía la compra de armas de asalto, que sería de gran utilidad para el combate al crimen organizado en México, Centroamérica, Colombia y otros países.

 

 

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