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¿Tiene sentido que Panamá adopte el euro?

Miércoles 31 de octubre, 2012.
 

Eloy Fisher.

 

 

En momentos en los que las dos monedas de mayor poder mundial  -el dólar y el euro-  están atravesando una profunda crisis, el presidente de Panamá sugirió la posibilidad de que la economía de su país (ya dolarizada) adopte también la moneda europea. ¿Es viable y conveniente este camino, en las actuales circunstancias de la economía global? El análisis del economista panameño Eloy Fisher.

Por: Eloy Fisher *

 

En su viaje por Alemania, el Presidente de Panamá, Ricardo Martinelli, suscribió  una declaración que tomó a los economistas y empresarios panameños por sorpresa: Panamá tomaría pasos a fin de que el euro se convirtiera, junto al dólar, en una moneda de libre circulación. Y si bien el clima político tiende a descalificar a la persona y no la idea, muchos asumieron que se trató de otro arranque impulsivo del mandatario. No obstante, a pesar de las profundas diferencias de criterio que mantengo con la presente administración, creo que en esta ocasión la idea amerita el beneficio de la duda.

A pesar de que muchos economistas (tanto de izquierda y de derecha) desestimaron la idea, la iniciativa no es novel ni original. Es más, me sorprendió que nuestra muy vocal comunidad de libertarios (amigos con quienes me peleo con cierta frecuencia) desestimara la idea tan rápidamente, cuando fueron precisamente ellos quien desarrollaron la idea de una “banca libre” anclada en el patrón oro.

En este sistema, que existió en EE.UU. entre 1837 y 1862 en su forma más pura, y con algunas modificaciones hasta 1913 con la creación de la Reserva Federal, cada banco emitía su propia “moneda” con el respaldo y la confianza de sus depositarios. Y si bien fue un sistema altamente inestable, no podemos desestimar que existió casi un siglo y en medio de las francas transformaciones productivas que trajo consigo la Revolución Industrial.

La inestabilidad de este arreglo radica en dos situaciones, una humana y otra lógica: la primera es que bajo un sistema de mínima regulación bancaria, es obvio que habrán fraudes cuando  un banco quiera emitir letras monetarias (a través de préstamos) sin mayor solidez y respaldo. El otro problema radica en la Ley de Gresham, que dicta que la moneda con más valor tiende a ser acaparada, mientras que aquella de menos valor circula. Sencillamente, si una moneda se deprecia, todo comprador querrá deshacerse de aquella y la trocará por aquella otra moneda que mantiene su valor a fin de ahorrarla.

En ese sentido, las declaraciones del Presidente están equivocadas: en efecto, tener dos monedas tan similares y enmarañadas en incertidumbre (producto de las tribulaciones en EE.UU. y en Europa) ocasionará que los panameños andemos con calculadoras, como correctamente identificó el Profesor Jované. Sin embargo, el Presidente, quizá inadvertidamente, identificó correctamente que existen serios problemas con el dólar, especialmente respecto al tema inflacionario, y esto merece más atención.

La inflación en Panamá tiene dos cabezas: la primera tiene que ver con los ambiciosos programas de inversión que lleva a cabo la presente administración, que en medio de un contexto laboral estrecho, tenderá a aumentar el nivel de precios. Sin embargo, el gobierno no quiere (y no puede, a riesgo de perder apoyo) bajar el nivel de gasto público, especialmente cuando los costos de fondeo aún no reflejan mayores riesgos de endeudamiento (producto de nuestras altas tasas de crecimiento, pero eso puede revertirse en cualquier momento, tal como apunté en otros artículos). Sin embargo, el otro motor de la inflación es la depreciación del dólar. Tras una inyección de más de 2 trillones de dólares (es decir 2 billones de millones, o casi 2% del producto bruto mundial), el dólar ha perdido valor respecto a muchos activos físicos y monetarios. Y al dólar perder valor, nuestras importaciones aumentan de precio – para un país que produce muy poco, esto asume proporciones preocupantes.

 

Volatilidad diaria del oro (medida por el Índice Vix del CBOE) y de la tasa de cambio entre el euro y el dólar (medida por el promedio anual diario de la desviación estándar promedio por cada observación diaria de la tasa de cambio) entre 2008/06/03 y 2012/10/5. Fuente: Reserva Federal de St. Louis.

 

La historia se presenta en la gráfica anterior. Visto que el precio del dólar y el euro dependen de los movimientos de ambas variables, lo mejor es comparar cómo ambas variables se mueven con respecto a un tercer bien, en este caso – el oro, que es una reserva de valor. Contrario lo que dicen muchos asesores de inversión, invertir en el oro conlleva riesgos (en efecto entre el 2008 y el 2009, y entre el 2011 y el 2012 invertir en oro era una cuestión arriesgada, tal como demuestra la gráfica), pero ciertamente los movimientos del oro son más estables que los movimientos del euro y el dólar. En efecto, problemas propios a las economías de EE.UU. y Europa propiciaron las oscilaciones entre a mediados del 2009 y a mediados del 2011. En ese sentido, no creo que acertado imputar que la incertidumbre mundial es una cuestión sistémica aplicable para cada país del globo, sino más bien una consecuencia de la parálisis política y económica en Washington, Berlín y Bruselas.

En el pasado, me he mostrado partidario de explorar alternativas del dólar a largo plazo, si bien no creo que el euro sea una alternativa – para eso nos quedamos con el dólar. Producto de la parálisis de los sistemas políticos en ambas lados del Atlántico, los bancos centrales asumieron la responsabilidad de intentar re-encender el motor de crecimiento para bajar el desempleo, pero a la vez abdicaron la responsabilidad de mantener monedas estables.

Estos métodos monetarios no son substitutos para las decisiones difíciles que deberán tomar ambos países en materia de reducir la desigualdad y a la vez, reformar sus economías e instituciones para hacerlas más competitivas. Por lo pronto, esta parálisis continuará, y nos corresponde como país explorar y consensuar otras opciones – como, por ejemplo, abogar por monedas internacionales y arreglos de integración a nivel latinoamericano, en atención el célebre documento del Premio Nobel Robert Mundell publicado en 1961.

Por eso, quizá en esta ocasión el Presidente está equivocado, pero por las razones correctas…

 

 * Eloy Fisher es abogado, sociólogo y economista, candidato doctoral en Macroeconomía y Econometría en The New School for Social Research, e investigador asociado al Consejo de Asuntos Hemisféricos en Washington D.C.

Su twitter es @eloyfisher

 

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