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Unidos para el desarrollo

Viernes 13 de abril, 2012.
 

 

Los emprendimientos pueden ser una solución a una serie de problemas sociales. En América Central esta modalidad está despegando y por eso Ashoka quiere fortalecer su trabajo en la región.

Por: Emilio Godoy

En el 2009 la periodista guatemalteco-estadounidense Kara Andrade tuvo una especie de revelación en la cúspide de una pirámide maya en El Petén mientras observaba a sus acompañantes revisar sus teléfonos celulares.

Su visión consistió en cómo aprovechar esa tecnología para difundir información útil, precisa y actualizada a los usuarios en América Central, un pujante mercado de telefonía móvil, y tender vínculos entre sí.

Así nació HablaCentro, una plataforma digital beneficiada por Ashoka México y Centroamérica, la red mundial de emprendedores sociales.

“La tecnología está muy avanzada y está cambiando a los países. Quiero usar el periodismo para unir a la comunidad, y la educación para que la gente esté más comprometida cívicamente”, dijo Andrade, de 34 años, quien participó en el Primer Foro de Colaboración para el Emprendimiento, organizado a finales del 2011 por Ashoka para acercar a sus beneficiarios.

En México esa institución ha apoyado a 180 emprendedores y a 35 en Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, en temas de participación ciudadana, desarrollo económico, ambiente, salud, derechos humanos y educación.

La región es una mina para el emprendimiento social y posee una considerable franja de ampliación, por eso la oficina regional de Ashoka quiere fortalecer su interacción.

Ashoka México surgió en 1987 y fue el primer capítulo latinoamericano de la organización.

“El tema está desarrollándose, pero nos falta comunicarlo en México, falta el contacto directo para apoyar a la gente. En Centroamérica también hay potencial emprendedor, pero es necesario cultivar relaciones con los interesados y construir alianzas entre las empresas y las organizaciones sociales”, indicó Armando Laborde de la Peña, director de Ashoka para México y América Central.

Financiada por fundaciones internacionales como la Ford y la Knight, la entidad otorga una beca de unos US$1.850 mensuales durante tres años, para posibilitar que la idea madure y la gente la conozca. El beneficiario tiene que entregar un reporte trimestral sobre su trabajo. Además, el emprendimiento pasa a pertenecer a la red global de Ashoka.

La aceptación de un proyecto debe sortear cinco momentos: el primero consiste en una nominación, por cuenta del candidato o por una referencia. Luego viene una primera entrevista, para conocer al postulante y su idea. La tercera estación pasa por otra entrevista, a cargo de un experto de otra región, tras de la cual sigue un panel en el país del nominado con la participación de emprendedores de otras naciones. Finalmente, se elabora un informe del porqué el aspirante cumple con los requisitos y se envía a un panel internacional para la decisión final.

“Buscamos a gente en etapas tempranas de su idea y evaluamos si tiene un impacto social en el futuro”, explicó Laborde, ingeniero químico egresado del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (TEC) en su campus de Guaymas, Sonora –estado del noroccidente mexicano– y quien también cursó una maestría en Administración de Empresas en el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresas, la escuela de negocios de la privada Universidad Panamericana.

Ashoka fue fundada en 1981 por el estadounidense Bill Drayton, quien recibió en junio pasado el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.

El estadounidense acuñó el concepto “emprendedor social” para definir a personas que encaran con creatividad, energía, pasión y tenacidad los problemas más acuciantes en sus comunidades.

Ashoka tiene una membresía de casi 3.000 emprendedores en 70 naciones. En México la asociación entrega cada año, desde el 2003, junto con el banco suizo UBS, el Visionaris Premio UBS al Emprendedor Social, dotado con US$25.000 para el ganador y US$5.000 para cada uno de los tres finalistas.

Comunicando comunidades

La historia de Andrade es la de toda una emprendedora. Originaria de Bananera, Izabal –en el oriente guatemalteco–, emigró a los seis años de edad a Estados Unidos, luego de que su mamá se convirtiera en “coyote” (traficante de personas), cansada de trabajar en la empresa bananera local. Vivió en 23 estados, hasta que obtuvo sus documentos de residencia.

Cuando salieron de Guatemala, “me regaló una cámara, pues me dijo que quería que contara la historia de este viaje. Como no sabía, me acabé el rollo. Entonces me dio papel y lápiz para relatar las cosas”, contó Andrade.

La periodista, quien pudo retornar a Guatemala en el 2009 gracias a una Beca Fullbright, estudió literatura y periodismo en el New College de Florida y actualmente cursa ciencias sociales en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.

Luego de tener la idea en su periplo petenero, Andrade regresó a Estados Unidos en septiembre del 2009, diseñó un portal comunitario, basado en teléfonos celulares, para que cualquier usuario pudiera difundir información, con el que optó a una Beca Fullbright.

En mayo del 2010 recibió una respuesta positiva y en septiembre regresó a suelo chapín para echar a andar el proyecto y desarrollar una herramienta comunitaria de organización y destrezas computacionales, especialmente para los jóvenes guatemaltecos.

HablaCentro, cuyo equipo es de 13 personas –en su mayoría voluntarios–, ya tiene oficinas en Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica y Venezuela. Su plan futuro contempla la apertura en Nicaragua o Panamá.

Becaria de Ashoka desde el 2010, Andrade, con su equipo, ha desarrollado software libre que incluye dos aplicaciones para el teléfono Android y otra más para Blackberry. “En Centroamérica poca gente paga un plan de datos. Con la plataforma se pueden enviar historias o mensajes”, explicó Andrade, quien fundó la empresa HC LLC para alimentar financieramente el proyecto.

Andrade no ha sido la única emprendedora que promueve la información comunitaria. Luis Aguilar fundó en el 2009 el portal Noticias de mi Gente, mediante el cual distribuye noticias, fotografías y videos enviados por “info-activistas” a unos 7.000 chapines en 43 países. Desde ese año Ashoka le apoya.

“Luis tiene una red de activistas de la información, para quienes migran de la ciudad o al extranjero. De esa forma, se mantiene un vínculo con la comunidad”, explicó Laborde, quien dirige la oficina regional desde el 2006.

El estadounidense Greg Van Kirk es otro caso de inspiración. Luego de ser voluntario de los Cuerpos de Paz en El Quiché, en el occidente guatemalteco, fundó en el 2004 la organización sin fines de lucro Community Enterprise Solutions (Soluciones Comunitarias), basada en el modelo de la microconsignación.

De esa forma, habitantes rurales venden mercancías y servicios en sus propias comunidades bajo el mecanismo de consignación.

Asociado a Ashoka desde el 2008, ha capacitado a más de 150 emprendedores en más de 1.000 comunidades. Además, los emprendedores distribuyen un periódico gratuito bimestral de negocios entre 10.000 habitantes de zonas rurales.

La empresa vende lentes para leer y de sol, gotas para los ojos, purificadores de agua, focos ahorradores de electricidad, semillas de vegetales, guías para sembrar y estufas de madera.

Con el proyecto “ha generado, ingresos, empleo y canales de distribución”, subrayó Laborde, quien viaja al istmo tres o cuatro veces al año.

En Costa Rica, el biólogo marino Omar Rodríguez, director general de la Asociación Edumar, ha elevado la conciencia sobre la importancia de la protección marina.

Promueve un programa de educación marina para profesores de primaria, que enseña a los niños y, a través de estos a sus familias y comunidades, sobre la importancia de cuidar el océano y sus playas.

Mediante talleres, cursos, giras y charlas ha logrado que al menos 800 centros educativos incluyan actividades en sus planes anuales.

Rodríguez “va a una escuela y habla con los maestros. Les explica qué es el manglar y su importancia. Ellos desarrollan materiales educativos que incluyen esos elementos, los niños empiezan a recibir la información y se vuelven más conscientes”, en palabras de Laborde.

Se buscan aliados

Además del programa de becas, Ashoka administra “Avancemos”, dirigido a los jóvenes; “Transformadores”, una plataforma de Internet que lanza globalmente concursos sobre temas sociales; “Ciudadanía Económica para Todos”, que busca construir cadenas híbridas de valor en un nuevo modelo de negocios con alto impacto social, y la “Red de Apoyo”, un colectivo de empresarios y profesionales que asesoran y financian a los emprendedores.

Algunos de estos programas dan sus primeros pasos en Centroamérica. Por ejemplo, “Avancemos” ya arrancó en El Salvador y la intención es extenderlo a todo el istmo.

En Estados Unidos el programa “Transformadores del Campus” trabaja con 14 universidades y en México ya se acordó aplicarlo en el TEC de Guadalajara, el primero en iniciarse fuera de territorio estadounidense.

Una de sus pretensiones es capitalizar las ideas que generan las incubadoras empresariales universitarias, para complementar su desarrollo y su orientación como empresas sociales.

Ashoka se ha transmutado en varias fases. En lo que podría denominarse la versión 1.0, se concentró en los emprendedores individuales. En la edición 2.0 migró a la cooperación intersectorial e institucional. Y en la actual –3.0–, se preocupa por las alianzas con líderes de otros sectores.

El eslabonamiento entre las organizaciones sociales, las empresas y las comunidades de bajos ingresos puede derivar en sostenibilidad económica e impacto social.

En sitios como México y América Central el mercado de bajos ingresos es enorme y poco desarrollado. Pero históricamente los negocios y el sector social han estado divorciados y rebosantes de desconfianza mutua.

Mientras las corporaciones quieren expandir sus operaciones y mejorar su imagen, las organizaciones buscan fortalecer el impacto social y sostener sus programas.

Las compañías pueden aportar su habilidad para operar a escala, productos y servicios, cadenas de abastecimiento y capacidad de inversión, en tanto que las organizaciones pueden entregar su comprensión de las necesidades sociales, su movilización y soluciones en el terreno.

“En las empresas no hay conocimiento sobre estas alianzas. Hay una disociación entre los negocios y las organizaciones no gubernamentales (ONG)”, enfatizó Laborde.

“La gente empieza a entender que la tecnología está ligada al desarrollo democrático. Tenemos que mantener el espacio libre, porque la democracia se está construyendo ahí. La gente consigue información, pero no entiende el derecho que está alrededor de eso”, manifestó Andrade.

En el tema de alianzas, HablaCentro ha ejecutado los proyectos “Los jóvenes aprenden de los jóvenes sobre la radio”, “Por la paz de Guatemala”, “VOZZ” – una plataforma de periodismo en línea para formar reporteros ciudadanos en español y en lenguas indígenas– y “Mi aldea Lancetillo”, que consistió en capacitación a jóvenes de esa comunidad en El Quiché en periodismo, fotografía y video para contar historias de su pueblo.

“Ahora se van a formar organizaciones locales, para que la gente se apropie del proyecto”, adelantó Andrade.

El reto es diseminar este modelo de alianzas entre las corporaciones y los entes sociales, concluyó Laborde.

 

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