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El efecto cucaracha

Miércoles 11 de enero, 2012.
 

Carlos A. Montaner

 

El periodista y escritor Carlos A. Montaner analiza el creciente y dramático fenómeno de la extorsión en Latinoamérica. “Todos los días hay decenas de miles de latinoamericanos que tienen que pagar para que no los maten a ellos o a sus hijos. A veces la extorsión se convierte en una pesadilla que destroza a familias completas”, advierte.

Por: Carlos Alberto Montaner *

Una patada en un nido de cucarachas lo que consigue es que los insectos que sobrevivan busquen otros escondrijos. El símil se lo escuché al politólogo alemán Volker Lehr a propósito de la persecución al narcotráfico. La presión sobre los cárteles de la droga ha generado una forma de crimen tan rentable como la venta de cocaína, pero mucho más sencilla, multitudinaria y difícil de combatir: la extorsión. Todo lo que se necesita es falta de escrúpulos y una ilimitada capacidad para hacer daño. Ni siquiera son imprescindibles las armas de fuego. Basta un buen cuchillo, un bate de béisbol y una gran dosis de maldad.

Todos los días hay decenas de miles de latinoamericanos que tienen que pagar para que no los maten a ellos o a sus hijos. A veces la extorsión se convierte en una pesadilla que destroza a familias completas. Conocí el caso, ocurrido en una cárcel venezolana, de un joven profesional condenado a una pena de pocos años por un delito de fraude. Cuando llegó al presidio, los matones del lugar, tras darle una paliza “para ablandarlo”, le explicaron que sus parientes debían pagarles tres impuestos: el de vivir, el de comer y el de no ser violado. Sus padres tuvieron que vender la casa para salvarlo.

Pero ni siquiera ahí terminó el martirio. Lo fue a visitar su novia, una bella muchacha. Cuando abandonaba el lugar, un oficial le notificó que, si quería ver vivo a su prometido, debía reunirse con cierta persona. Ella, llena de pánico, obedeció. Era un proxeneta. Para que no lo mataran, debía prostituirse. Si denunciaba el hecho, lo mataban. Si revelaba nombres, lo mataban. Si ella huía, lo mataban. Una joven bonita puede ser una fuente inagotable de dinero y estos policías corruptos no iban a dejar que escapara de sus garras.

La extorsión abarca a todas las clases sociales. Hay favelas o caseríos en los que los extorsionadores cobran peaje para transitar por las calles. Muchos microempresarios, desde taxistas hasta barberos, tienen que pagar para poder trabajar. Se sabe que en México hay zonas del país en las que los maestros deben abonar mensualmente ciertas cantidades de dinero a bandas mafiosas que los amenazan. Probablemente, los pobres y las clases medias, carentes de seguridad privada, están mucho más expuestos que los ricos.

En una oportunidad, en Guatemala, salía en un taxi de la Universidad Francisco Marroquín, cuando el chófer recibió una llamada por el móvil. Era un sujeto que lo llamaba desde la cárcel para amenazarlo con hacerle matar a un hijo si la familia no le entregaba el equivalente de doscientos dólares a un emisario. El chantaje venía acompañado de muchos datos sobre el niño y la escuela a la que acudía. El pobre hombre colgó y se echó a llorar desesperado. No tenía forma de saber si era una bravuconada sin consecuencias posteriores o una amenaza real. Si pagaba comenzaba un interminable calvario. Si decidía no pagar y un sicario le asesinaba a un hijo, no se lo perdonaría nunca.

Naturalmente, la extorsión, como todos los crímenes violentos, se combate con sociedades abiertas en las que existen oportunidades de prosperar honradamente, educación cívica desde la niñez, colaboración ciudadana, leyes severas, policías eficientes, tribunales ágiles y sistemas punitivos modernos que no generen más delitos, pero casi ninguno de esos elementos está presente en media América Latina.

Por el contrario, lo que abunda, de manera creciente, es todo lo opuesto: ausencia de valores que fomenten la convivencia civilizada, desprecio y desconfianza hacia Estados podridos por la corrupción, instituciones que no funcionan, sistemas judiciales inoperantes y cárceles convertidas en cuarteles generales de los delincuentes.

Esa es la atmósfera donde se incuban las dictaduras más crueles. Lo escribió Thomas Hobbes en el siglo XVII: “cualquier gobierno es mejor que la ausencia de gobierno. El despotismo, por malo que sea, es preferible al mal mayor de la anarquía, de la violencia generalizada y del miedo permanente a la muerte violenta”. O los demócratas son capaces de controlar a las cucarachas o vendrán otras criaturas más feroces y temibles a hacer ese trabajo.

 

Publicado por Infolatam.com

 

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